Domingo de Pentecostés “A”
“Sopló sobre ellos y les dijo: Reciban el Espíritu Santo”
Estimados hermanos, hace una semana recibimos con mucha esperanza la promesa de Jesús, que al regresar a la casa del Padre y confiarnos su misión, nos invitaba a “aguardar” la llegada del Espíritu Santo: «Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo […] y seréis mis testigos hasta los confines de la tierra» (Hch 1,8). Fortalecidos por tal promesa y ante la necesidad de “regresar a Galilea”, a esa “normalidad” en nuestros días caracterizados por el confinamiento, hemos vivido esta semana a la espera, como los discípulos, de ese don de Dios necesario para nuestra “nueva normalidad”.
Hoy pues, después de cincuenta días de incertidumbre para los discípulos, llega Pentecostés; hoy, después de tantos días abrumados por esta crisis sanitaria, económica, social, humanitaria, llega Pentecostés. Los discípulos, que al principio estaban llenos de miedo, atrincherados con las puertas cerradas también después de la resurrección del Maestro, son transformados por el Espíritu y, como anuncia Jesús en el Evangelio de hoy, “dan testimonio de él” (Jn 20,19-23). De vacilantes pasan a ser valientes y, salen de la casa donde se encontraban y empiezan a “hablar en otros idiomas, según el Espíritu los inducía a expresarse” (Primera Lectura: Hech. 2,1-11). Llenos de temor cuando Jesús estaba con ellos; ahora son valientes sin él, porque el Espíritu cambió sus corazones. Así es hermanos, hoy necesitamos vivir nuestro pentecostés. El Espíritu libera los corazones cerrados por el miedo. Vence los miedos. Ensancha los corazones estrechos. Hace soñar al que cae en tibieza. He aquí el cambio del corazón que necesitamos, antes que nada, antes de salir de nuestras casas a querer recomenzar una humanidad nueva, una sociedad nueva. Es inútil salir siendo los mismos en nuestro interior y pretender cambiar nuestro exterior. Pero hoy es Pentecostés, el Espíritu del Señor está aquí para transformarnos, primero desde nuestro interior, desde nuestros corazones.
El evangelio que escuchamos (Jn 20,19-23) nos habla de paz y de soplo: “Se presentó Jesús en medio de ellos, les dijo: La paz esté con ustedes, dicho esto les mostró las manos y el costado”, es decir las muestras de su amor total por ellos; cuando alguien te demuestra su amor, tu corazón experimenta paz, se tranquiliza pues el ser amado está ahí, todo se olvida, todo recupera su normalidad, el amado está contigo. Por segunda vez les dice: “La paz esté con ustedes…, después sopló sobre ellos y les dijo: Reciban el Espíritu Santo”. Que hermosa figura, nos recuerda el día de la creación (Gen 2,7), cuando Dios crea al hombre del barro y luego sopla sobre él, es decir, le da su Espíritu y el ser humano toma vida, la humanidad nace; porque Pentecostés es un renacer de nuevo, es volver a la vida, es devolvernos la vida, ahora plena en Jesucristo y bajo la guía de su Espíritu. El soplo de Dios nos recuerda la imagen del Profeta Ezequiel (Ez 37,1-6) cuando Dios sopla sobre esos huesos calcinados, dando vida a una nueva humanidad. Que hermosa figura y que conexión tan importante con nuestra realidad. Jesús sopla sobre nosotros, humanidad de este siglo, enferma y temerosa, Jesús sopla la fuerza de su Espíritu y en él nos da la vida que necesitamos para recomenzar y regresar a esa “nueva normalidad”. Es el Espíritu que crea y da vida, el Espíritu de la verdad, el Espíritu que consuela y que impulsa, el que renueva la faz de la tierra y los corazones de todos los humanos. Es el Espíritu que nos transforma interiormente y nos hace dignos y capaces de continuar su historia en nuestra historia. Es el Espíritu que nos envía a la misión, a esta misión de reconstruir nuestra humanidad: “La paz esté con ustedes. Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo”, nos dice Jesús en el evangelio, renovados interiormente, con la fuerza de su Espíritu, somos enviados.
El Papa Francisco utiliza una imagen por demás significativa al hablar de esta acción del Espíritu que renueva nuestros corazones, nos dice: “Él traerá su fuerza de cambio, una fuerza única que es, por así decir, al mismo tiempo centrípeta y centrífuga. Es centrípeta, es decir empuja hacia el centro, porque actúa en lo más profundo del corazón. Trae unidad en la fragmentariedad, paz en las aflicciones, fortaleza en las tentaciones. El Espíritu regala la intimidad con Dios, la fuerza interior para ir adelante. Pero al mismo tiempo él es fuerza centrífuga, es decir empuja hacia el exterior. El que lleva al centro es el mismo que manda a la periferia, hacia toda periferia humana; aquel que nos revela a Dios nos empuja hacia los hermanos”. (Papa Francisco, homilía fiesta de Pentecostés 2018). En estos días que nos preparamos para “salir de nuevo” y regresar a la normalidad, que importante experimentar esta fuerza centrípeta, que nos une a Dios en nuestro caminar, y esta fuerza centrífuga que nos abre a la humanidad.
En las lecturas de este día, hay algunos signos del vigor con el que el Espíritu se manifestó: el ruido del cielo, el viento recio, las llamaradas de fuego que se posaban en cada uno de ellos. Uno de ellos, el primero que me llama la atención es ese “viento recio” que toca las puertas cerradas abriéndolas para que las maravillas de Dios sean oídas por todos. La Iglesia nace evangelizando. La evangelización es su denominación de origen, es misionera por naturaleza, porque habitada del Espíritu de Jesús. La Iglesia no se tiene como finalidad a sí misma, sino al mundo, donde se abre paso el Reino por la presencia activa del Resucitado. La Iglesia no es una organización sin más, sino el cuerpo de Cristo animado por el Espíritu. Se ha dicho que: “Sin el Espíritu Santo, Cristo pertenece al pasado; el Evangelio es letra muerta; la Iglesia, mera organización más; la misión, simple propaganda; el culto, una evocación mágica; la moral, una disciplina de esclavos” (Ignacio IV Hazin, patriarca de la iglesia grego-ortodoxa de Siria). Que importante que el Espíritu abra de nuevo las puertas de nuestras Iglesias, pero para lanzarnos más decididamente a la misión.
En segundo lugar, la pluralidad y la armonía: en esa comunidad nueva, cada uno conserva su personalidad y sus dones. La riqueza de la Iglesia es la riqueza de sus miembros. No todos hacemos lo mismo, ni pensamos o sentimos por igual, pero todos servimos a lo mismo. Pablo nos decía (segunda lectura 1 Cor 12,3-7.12-13) que: “en cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común”. Esto exige el respeto de cada uno al don de los otros, sin recelos, envidias, imposiciones o avasallamientos. La pluralidad interna de la Iglesia no es una amenaza, sino un obsequio de Dios. Al regresar a nuestra “nueva normalidad” necesitamos manifestar esta pluralidad de dones y esta armonía en la unidad que el Espíritu Santo nos da.
Por último, la primera comunidad cristiana es una comunidad que se hace entender en diversas lenguas. Que importante para nuestro “regreso a la normalidad” que seamos cristianos que se hacen entender en las realidades del mundo de hoy, capaces de hablarles a los hombres y mujeres de hoy. La Iglesia es una comunidad enviada a todos los pueblos y a todas las culturas. La evangelización no es tanto un ejercicio de elocuencia, para convencer de lo nuestro, sino más bien un ejercicio de humildad dialogante, para hacer experimentar a todos la belleza del mensaje de Jesús. Todo un programa para una Iglesia, la nuestra, necesitada de un renovado espíritu evangelizador que la saque de sus pequeñas y altivas seguridades y la resitúe en el mundo al que ha sido enviado por amor.
Hermanos, es Pentecostés, el Espíritu del Señor está en medio de nosotros con toda su fuerza, con todos sus dones. Vayamos pues, como los discípulos, salgamos de nuestros temores, regenerados por el soplo de vida, renovados en nuestro corazón y comprometidos con la nueva humanidad. “Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo”.
¡Feliz experiencia de Pentecostés!




