Ascensión del Señor “A”
Estimados hermanos, estamos llegando al final del tiempo de Pascua, hoy celebramos con alegría la fiesta de la Ascensión del Señor, una fiesta muy importante para toda la Iglesia, pero de una manera muy especial para nosotros, los misioneros xaverianos, para todos ustedes y nosotros que sentimos de manera particular esas palabras llenas de significado que Jesus nos dirige antes de regresar a la casa del Padre: “Vayan, pues, y hagan discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo cuanto yo les he mandado”. (Mt 28,16-20)
Como decía al inicio, estamos alcanzando el final de la Pascua, una Pascua extraña para todos, vivida en gran parte en nuestras casas, dada la situación sanitaria que todos sufrimos, así, con las puertas cerradas, no por miedo a los judíos, sino por defendernos de una micropartícula que se ha llevado la vida de personas, algunas muy cercanas a nosotros y ha revolucionado nuestra forma de vida más que ningún otro acontecimiento en los últimos años, o siglos.
Meditando los textos propuestos en este año litúrgico, señalo algunos detalles que recobran tanto significado en nuestro contexto actual de pandemia y de posible retorno a una supuesta “normalidad”, o como dicen “nueva normalidad”. Mateo, el evangelista que leímos hoy, nos presenta la Ascensión como el “encuentro del resucitado con los once, sobre el monte de Galilea”. Los discípulos “han regresado” a su Galilea natal, allí, donde el Resucitado, por medio de las mujeres, les había pedido que regresaran, ahí se vuelven a topar con él. Jesús se reencuentra con los suyos en lo cotidiano, en un lugar cercano a aquel donde lo encontraron por primera vez, donde “primerearon”, como diría Papa Francisco, donde escucharon por primera vez su voz y su llamada. Jesús ha querido que “regresen” a ese contexto -y que fuerte resuenan este hecho ante nuestra situación- para volver a verlos y hacerse presente en sus vidas aparentemente normales: aunque ya no son normales, no pueden serlo porque Él ha pasado por ellas y las ha transformado. Ellos son testigos de la resurrección. Lo han visto, se han alegrado al verlo vivo, todas sus enseñanzas recobran un significado transformador. Algo así nos sucede a nosotros ahora. Nuestras vidas ya no pueden ser como eran, después de haber vivido este confinamiento, tantas situaciones tan extrañas y, sin embargo, esta Pascua hemos sido invitados a seguir reconociendo al Resucitado y sus signos en nuestra “cotidianeidad extraña”, casi convulsa; a descubrirlo en los pequeños gestos de vida que han ocurrido a nuestro alrededor en estos días confinados, a seguir encontrándolo donde él quiere estar, es decir, entre la gente sencilla, en la vida “normal”, entre quienes trabajan y se entregan para que salgamos adelante y entre quienes más están sufriendo los embates de esta nueva crisis que, como todas, daña más a quien es más débil, a los pobres, a los millones de desempleados, a los marginados de nuestro mundo.
Otro detalle que me llama la atención, en el texto de la primera lectura (Hechos 1,1-11), es el hecho que el encuentro con Jesús, antes de subir al cielo, se realiza en una comida, “un día, estando con ellos a la mesa”. ¿Qué lugar más ordinario que este? Alrededor de la mesa. De nuevo en el banquete, en la comida fraterna se manifiesta, como tantas veces hizo durante su vida. Como lo hace aquí, en una eucaristía, hoy. ¡Qué importante es encontrarnos con él aquí! ¡Qué importante que, al recuperar nuestra “nueva normalidad” regresemos a este encuentro alrededor del altar! Bien, en este encuentro tan normal Jesús les hace una promesa fundamental y los envía a misión. Los discípulos parecen no entender lo que está pasando, ni siquiera el hecho de la resurrección y la presencia de Cristo resucitado en medio de ellos, a pesar de todo lo vivido con Jesús, todavía siguen sin comprender del todo la misión de Jesús –y, por tanto, su misma misión como continuadores de aquella–, esa misión que hoy Jesús les va a confiar. Al final de todo no se les ocurre más que preguntar si “¿es ahora cuando vas a restaurar la soberanía de Israel?”. De hecho, nuestro regreso a la normalidad, como en los mismos apóstoles, está lleno de incomprensiones, dudas, incertidumbres, sabemos que como cristianos tenemos una misión ante el reto de una nueva humanidad, de una “nueva normalidad”, pero ¿Cómo llevarla a cabo?
Jesús hoy pues, al subir al cielo nos hace una promesa, la promesa del Espíritu Santo: “Cuando el Espíritu Santo descienda sobre ustedes, los llenará de fortaleza y serán mis testigos en Jerusalén…y hasta los últimos rincones de la tierra”. Sólo la promesa del Espíritu Santo mantiene la esperanza de que los discípulos lleguen a comprender del todo la misión de Jesús y su propia misión. El periodo de pascua termina hoy, el periodo del encuentro con Cristo resucitado, termina hoy, pero el periodo de aprendizaje de los discípulos no ha terminado. Necesitamos recibir el Espíritu Santo que será el que nos haga conocer de verdad el significado de las palabras y de la vida de Jesús. Necesitamos recibir el Espíritu Santo para comprender y actuar la misión que Jesus nos confía hoy y que concierne este regreso a la “normalidad”, este regreso a una humanidad, ya no esclava del egoísmo, de la injusticia y del mal, eso que se había convertido en algo “tan normal” en nuestros días; nuestra misión nos lleva a esa “nueva normalidad” donde finalmente la humanidad podrá manifestarse como salvada y redimida por el resucitado, gracias a la solidaridad, al amor, al respeto, a la justicia y la paz.
San Pablo en la segunda lectura (Ef 1,17-23), al orar por la comunidad de los cristianos de Éfeso y pedir el don del Espíritu para ellos, nos revela la profundidad de este don que vamos a recibir y necesitamos recibir en nuestro “regreso a la normalidad”. Es un Espíritu de sabiduría y revelación, nos dice el texto, que nos ilumina la mente para comprender, en nuestro regreso a la normalidad, esos tres dones necesarios para construir esa nueva humanidad: 1) “La esperanza a la que Dios nos llama”; 2) “la gloriosa y rica herencia que Dios da a los suyos”; 3) “la extraordinaria grandeza de su poder en favor de nosotros, los creyentes». Así es hermanos, regresamos a esta “nueva normalidad” no como vagabundos errantes, desorientados, sin rumbo o meta, regresamos como seguidores de un Jesús (1) que nos llama y nos guía, fortalecidos con esta esperanza de quien escucha su voz y confía en ese rumbo, en ese caminar, en ese puerto al que Jesús nos lleva, una humanidad construida bajo su ley, la ley del amor; regresamos a la nueva normalidad, no como desprovistos, con las manos vacías, sino como herederos (2) portadores de esa riqueza que el mundo necesita para reconstruirse, la riqueza del amor, de la solidaridad, del perdón, de los valores evangélicos; finalmente, regresamos fortalecidos (3) ante los retos, no con la inseguridad y la fragilidad de quien nada puede ante las ideologías y la maldad de quienes quieren hacer de esta “nueva normalidad” una “copia renovada” de la maldad del ser humano y de su instinto depredador, sino fortalecidos por el poder de Dios en favor de quienes creen en él y caminan junto con él en la construcción de este nueva humanidad.
Hermanos, preparémonos a recibir ese Espíritu, ese don. Jesús nos invita a esperar el cumplimiento de su promesa, él no nos defrauda. Y preparémonos, hay una nueva humanidad a reconstruir, “vayan por todo el mundo” nos dice Jesús. Nos confía su misión y nos consuela: “Yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo”.
Que esta fiesta de la Ascensión despierte en nosotros la alegría de anunciar el evangelio a toda persona en nuestro regreso a esa normalidad renovada por la fuerza del Espíritu.




