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P. Rubén Antonio Macías Sapién

Homilía Dominical:"Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida"

Domingo 5º de Pascua A

“YO SOY EL CAMINO LA VERDAD Y LA VIDA”

Hermanos, nuevamente Jesús resucitado irrumpe en nuestras vidas y nos dirige palabras consoladoras, llenas de luz, de rumbos en estos tiempos de incertidumbre: “No se turbe vuestro corazón”, dice a Tomás, a Felipe, a los once, a los discípulos de todos los tiempos. Atravesamos tiempos difíciles, inciertos, experimentamos profundos cambios que nos obligan no solo a certificar la novedad y gravedad de la situación, sino también a proyectar, a imaginar, a diseñar cómo queremos que estos cambios se produzcan, a pensar en una nueva sociedad. “Ya nada será igual” oímos decir con frecuencia. Los caminos no parecen estar abiertos y los rumbos que necesitamos apenas si son vagamente intuidos, pero hoy escuchamos de nuevo: «No se turbe vuestro corazón».

Y no solo eso, Jesús, el resucitado, quien ha vencido la muerte, quien nos propone la vida en plenitud nos revela su deseo mayor: “permanezcan en mi…para que donde yo esté, estén también ustedes”; las lecturas de hoy pues, nos hacen caer en la cuenta de una necesaria disposición interior para acercarnos al Señor, para saber dónde se encuentra, para reconocerlo y para, finalmente, permanecer en él y en él encontrar el rumbo y tomar el camino seguro. “Yo soy el camino, la verdad y la vida”.

Hermanos, al leer este evangelio hubo dos palabras que me llamaron inmediatamente la atención, quizá por lo que estamos viviendo, dos palabras que provocan sentimientos distintos pero complementarios; quizá a ustedes también, esas dos palabras son: “Casa” y “Camino”.

Llevamos más de dos meses y medio en casa, “quédate en casa” hemos oído a diario; ¡eh si, muchos días en casa! A veces disfrutando, otras sufriendo. Pensando más allá de nuestros muros: Otros no tienen casa donde resguardarse de la pandemia. En fin, en casa, “Cada uno en su casa, y Dios en la de todos”, hemos dicho en nuestras celebraciones virtuales. Así es, estamos en casa, pero deseamos también el camino, salir, tomar camino, ¿pero, para ir a dónde? ¿A vagabundear? A mi en lo personal me gustaría tomar el camino para ir, por ejemplo, a la casa de mi mamá, a casa; a la casa de mis hermanos o de mi amigo fulano; ¿y ustedes? ¿por qué quisieran salir y tomar camino? ¿Para qué? Todos tenemos ganas de volver a esa “nueva” normalidad. Ganas de ponernos en camino. Pero conviene recordar que aquel que no sabe adónde va siempre acaba en otra parte. Jesús hoy se presenta como el camino que nos conduce al Padre, como la verdad que ilumina la vida de los pueblos, como la vida de un mundo que ha quedado en suspenso.

En el evangelio, Jesús nos habla de la “casa de su padre” y utiliza un lenguaje que nos estimula, una casa que no es solo para él, el hijo único del Padre, es una casa con “muchas habitaciones”, una casa donde las habitaciones están preparadas, porque ahí se te espera, se te desea, ahí eres acogido, recibido con la dignidad de hijo. ¡Que hermosa figura! Una pequeña explicación, el termino que usa San Juan para decir “habitaciones” (monai) más que aludir a un espacio físico, alude a un estado, a una situación de cercanía, pertenencia y protección en el ámbito de Dios, que aguarda a los discípulos. Más aun, cuando San Juan dice que Jesús va a prepararnos “un lugar” en la casa del Padre, usa el término “tópos” en griego, que en la Biblia designa al “templo”, pero en San Juan el “templo” es Jesus, nuevo y definitivo “lugar” del encuentro entre Dios y los hombres.

Hermanos, regresando a la imagen de la “Casa del Padre”, esa casa donde está todo preparado, no sé ustedes, pero al comprenderla, me viene también a mí la misma pregunta de Tomás y Felipe: ¡Señor muéstranos al Padre y eso nos basta! Señor muéstranos el camino para ir a esa casa, para descubrir ese rumbo que nos lleva finalmente a esa casa deseada. Hoy Jesús resucitado nos invita a “permanecer en él” para poder emprender el camino, el verdadero camino, el que nos lleva a esa nueva sociedad, a esa nueva vida, en fin, a la casa del Padre que quiere la vida del hombre, del Padre que creó este mundo, no para la muerte, sino para la vida en plenitud, para la felicidad del ser humano.

En esta invitación que Jesús nos hace, la de ir al Padre por Él, con Él y en Él, se revela su deseo más íntimo y su más profunda misión: «El que por nosotros se hizo hombre, siendo el Hijo único, quiere hacernos hermanos suyos y, para ello, quiere hacer llegar hasta el Padre verdadero su propia humanidad, llevando en ella consigo a todos los de su misma raza» (San Gregorio de Nisa).

Hermanos, esta sensación de querer salir e ir a la casa del Padre, esta sensación que sentimos después de tantos días de confinamiento nos ayuda a entender una realidad muy profunda de nuestra fe: “Dios nos creó para la vida, pero a ella sólo se accede por Jesucristo”, él es el camino, la verdad, la vida; aquí está la clave de la espiritualidad cristiana: la meta se va clarificando, pregustando en el camino, es decir, conforme la vida se va conformando con ella. Y el camino es Cristo mismo, su manera de vivir, su forma de ver la vida, sus valores, sus opciones y sus gustos, sus prioridades. Conforme el discípulo va asumiendo dicho camino, es decir, conforme va transformando sus criterios existenciales por los de Jesús, entonces y solo entonces, comienza a comprender la verdad de Dios y la verdad de su propia existencia; en esta verdad encuentra la vida plena, ese estilo de vida que lo lleva finalmente a su plenitud.

“Yo soy el camino la verdad y la vida. Estas palabras deberían convencernos del deber que tenemos de tener siempre fija nuestra mirada en Él, modelo incomparable al que hay que imitar”, nos dice San Guido María Conforti (Fundador de los Misioneros Xaverianos).

Hermanos, hay un mundo nuevo que construir, hay rutas que emprender, ya sabemos que el camino es para andar y llegar a una meta; la vida es para vivirla, gustarla y disfrutarla; la verdad es para experimentarla como bondad frente a la mentira, que engendra desazón e infelicidad. Camino, verdad y vida, son cosas concretas que se viven, que se hacen, que se experimentan. Estas son cosas que todos buscamos en nuestra historia: queremos caminos que nos lleven a la felicidad; amamos la verdad, porque la mentira es la negación del ser y de los buenos; queremos vivir, no morir, vivir siempre, eternamente.

Un Camino para andar, una Verdad que proclamar, una Vida para compartir y disfrutar: Jesucristo.

No puedo terminar mi reflexión sin enviar una felicitación sincera y profunda a todas las Mamás del mundo, las que nos dan la vida, como ese Padre del Evangelio, y que siempre nos esperan en “Casa”, ellas por las que todos sabemos emprender el camino. ¡Felicidades Mamás!

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