6º Domingo de Pascua “A”
¡DAR LAS RAZONES DE NUESTRA ESPERANZA!
Queridos hermanos, como cada domingo en este tiempo de Pascua, la Palabra de Dios nos invita a creer, a esperar, a confiar y a comprometernos con nuestra sociedad. También hoy, en este sexto domingo de Pascua, ¡cuántas palabras de aliento, confianza y promesa llegan a nosotros!
En medio de tantas preocupaciones cotidianas, Jesús nos invita a sentirlo siempre presente, a descubrir que está vivo y nos ama, y que está comprometido con nuestro mundo. Las palabras irrumpen con fuerza desde el Evangelio (Jn 14,15-21): “No os dejaré huérfanos, volveré a vosotros […] porque yo sigo viviendo”. Porque nosotros seguimos viviendo, porque hemos de seguir haciéndolo. Porque la vida sigue y además queremos transformar nuestra sociedad para hacerla nuevamente “habitable”, “espacio vital” para todos, junto con él y con la fuerza de su Espíritu. Queremos transformar el mar de la incertidumbre social que vivimos en Tierra firme de seres humanos que no están huérfanos de su Dios y luchan desde abajo por reconstruir el espacio social que compartimos. Por ello, Jesús no nos deja solos, nos invita a recibir “al otro Paráclito (intercesor, defensor) que mi Padre les enviará”; el Espíritu de la verdad que, junto con Jesús, siempre presente y vivo, nos acompañará y guiará en esta enorme tarea que nos espera: construir la nueva civilización del amor.
“Es el soplo del Espíritu que abre horizontes, despierta la creatividad y nos renueva en fraternidad para decir presente (o bien, aquí estoy) ante la enorme e impostergable tarea que nos espera. Urge discernir y encontrar el pulso del Espíritu para impulsar junto a otros las dinámicas que puedan testimoniar y canalizar la vida nueva que el Señor quiere generar en este momento concreto de la historia. Este es el tiempo favorable del Señor, que nos pide no conformarnos ni contentarnos y menos justificarnos con lógicas sustitutivas o paliativas que impiden asumir el impacto y las graves consecuencias de lo que estamos viviendo. Este es el tiempo propicio de animarnos a una nueva imaginación de lo posible con el realismo que solo el Evangelio nos puede proporcionar. El Espíritu, que no se deja encerrar ni instrumentalizar con esquemas, modalidades o estructuras fijas o caducas, nos propone sumarnos a su movimiento capaz de «hacer nuevas todas las cosas» (Ap 21,5).
Hermanos, la segunda lectura de hoy (1 Pedro 3,15-18) nos pide “dar razones de nuestra esperanza” a esta sociedad que quiere retomar la vida, que quiere alcanzar nuevamente una normalidad, que quiere vivir. Para nosotros, nuestra esperanza está en la certeza de la presencia de Jesús y la promesa del envío del Espíritu Santo quien será nuestro defensor, nuestro consolador, nuestra guía en esta tarea de reconstrucción. ¿Y cómo dar razón de esta esperanza? Las lecturas nos muestran el camino: vivir el mandamiento del amor y ser dóciles a la acción del Espíritu que nos es enviado para guiarnos en la transformación de esta realidad, para llevarnos a construir la civilización del amor. “Si me aman, cumplirán mis mandamientos” nos dijo Jesús en el evangelio. Fíjense que el amor viene primero, la obediencia después. El amor del discípulo por Jesús se traduce en una profunda identificación con Él, con su voluntad, con sus opciones radicales, con su ideal llamado “Reino”, con sus sueños de fraternidad y de justicia universal, con su causa de liberación. Amarle y dejarse fascinar por su manera de vivir son todo un solo movimiento del espíritu. Ser cristiano es hacer de Jesús el centro de la propia vida y amarle y amar a los hermanos con la fuerza de su ejemplo y de su espíritu, no es solo cumplir una serie de normas y mandamientos de forma automática, es más bien optar por su estilo de vida caracterizado por el amor, la solidaridad, la verdad, la compasión, la entrega al prójimo, al más necesitado, al ser humano en dificultad.
Hermanos estamos llamados a vencer esta pandemia y todas las otras pandemias que nos esperan, sobre todo la pandemia del egoísmo que desde siglos enferma nuestra sociedad. Como dice el papa Francisco, «una emergencia como la del COVID-19 es derrotada en primer lugar con los anticuerpos de la solidaridad», de igual manera todas las otras pandemias que puedan atacarnos deberán ser vencidas utilizando esos “anticuerpos” de nuestra fe: vivir en la lógica del amor y bajo la guía del Espíritu Santo, es así como lo lograremos, se los digo, “desde el Amor, desde el servicio, desde abajo, desde la dignidad, desde la equidad, desde el cuidado, desde el respeto, desde la justicia social, desde el trabajo digno, desde el reparto de la riqueza, desde la alegría de los jóvenes y los niños, desde la protección de nuestros mayores, desde las oportunidades, desde lo que es común… Transformad el mar en Tierra firme, ¡atreveos a hacerlo …, y hacerlo ya, no esperéis al próximo covid…!” (Ana Belén Cuenca)
Hermanos, Cristo ha resucitado, está vivo y presente en medio de nosotros; necesitamos ese “contagio”, el contagio de la esperanza, ese otro “contagio”, que se transmite de corazón a corazón, porque todo corazón humano espera esta Buena Noticia. Es el contagio de la esperanza: «¡Resucitó de veras mi amor y mi esperanza!». No se trata de una fórmula mágica que hace desaparecer los problemas. No, no es eso la resurrección de Cristo, sino la victoria del amor sobre la raíz del mal, una victoria que estamos llamados a manifestar en nuestro compromiso por transformar nuestra sociedad, ya desde ahora, sin esperar; Él resucitó, su Espíritu Santo nos es dado para hacerlo. Preguntémonos hermanos: “¿Seremos capaces de actuar responsablemente frente al hambre que padecen tantos, sabiendo que hay alimentos para todos? ¿Seguiremos mirando para otro lado con un silencio cómplice ante esas guerras alimentadas por deseos de dominio y de poder? ¿Estaremos dispuestos a cambiar los estilos de vida que sumergen a tantos en la pobreza, promoviendo y animándonos a llevar una vida más austera y humana que posibilite un reparto equitativo de los recursos? ¿Adoptaremos como comunidad internacional las medidas necesarias para frenar la devastación del medio ambiente o seguiremos negando la evidencia? La globalización de la indiferencia seguirá amenazando y tentando nuestro caminar… Ojalá nos encuentre con los anticuerpos necesarios de la justicia, la caridad y la solidaridad. No tengamos miedo a vivir la alternativa de la civilización del amor, que es «una civilización de la esperanza: contra la angustia y el miedo, la tristeza y el desaliento, la pasividad y el cansancio. La civilización del amor se construye cotidianamente, ininterrumpidamente. Supone el esfuerzo comprometido de todos. Supone, por eso, una comprometida comunidad de hermanos» (Eduardo Pironio, Diálogo con laicos Patria Grande, Buenos Aires, 1986)
Hermanos, amemos profundamente “en nuestros corazones a Cristo, el Señor, dispuestos siempre a dar, al que lo necesita, las razones de nuestra esperanza”. (Segunda Lectura) Jesús, siempre presente, y su Espíritu, “que habita entre ustedes y estará en ustedes” (Evangelio) son nuestra esperanza.


