4. La voluntad de Dios sobrepasa la de los hombres.
Lo precedente, nos lleva a decir que ciertas cosas ocurren para que se manifieste la voluntad de Dios. Aquí no quiero decir que lo que pasa hoy es porque Dios lo quiso, lejos de pensar que Dios nos castiga. El es amor, misericordia, verdad y camino que nos lleva a la vida plena. La idea del Dios castigador nos lleva a no tomar en cuenta las palabras de los llamados servidores de Dios que utilizan la Palabra de Dios a su propia conveniencia, y que interpretan de una manera errónea las Escrituras y toman la pandemia como un cumplimiento de la Palabra de Dios. No teman nos asegura Jesús, porque él está y estará con nosotros en los momentos difíciles de nuestra vida. El no temer significa amplificar nuestra fe, nuestra caridad hacía los demás que sufren y compartir los mismos dolores que están viviendo. Me alegra a mí, cuando escucho que países que todavía no viven esas situaciones drásticas ayudan a los demás en acoger en sus hospitales a enfermos de otros países victimas del coronavirus. Esa forma de actuar es la que siempre ha de caracterizarnos. Reconocer a Dios en el hermano y apoyarlo, es para nosotros cristianos un mandamiento supremo. De esta manera podemos luchar en contra de la pandemia y saber que si nuestros científicos se unen y que colaboren poniendo el bien común en primer lugar saldrán vencedores descubriendo la vacuna adecuada para irradiar esta pandemia. Así que dejemos de cargar en los hombros de Dios, lo que vivimos. Estemos listos a acoger la voluntad de Dios en nuestra vida, y no confundamos nuestra voluntad a la suya.

5. El valor del ser humano ante Dios.
Ante Dios, el ser humano vale más. En el evangelio de Mateo en su capítulo 10,31: “No temáis, pues, vosotros valéis más que muchos pajarillos”. Jesús hace todo para mostrar el amor que Dios le tiene al ser humano sobre todo a los más débiles de la sociedad. Pero eso no sólo inicia con Jesús, sino que desde el Antiguo Testamento Dios ha considerado el pueblo de Israel como el pueblo predilecto. “Vosotros que, en otros tiempos no erais pueblo, ahora sois pueblo de Dios” (1Pe 2,10). Jesús mismo es el modelo de esta opción evangelizadora que nos introduce en el corazón del pueblo. ¡Qué bien nos hace mirar cercano a todos! Si hablaba con alguien, miraba sus ojos con una profunda atención amorosa: “Jesús lo miró con cariño” (Mc 10,21). Lo vemos accesible cuando se acerca al ciego del camino (Cfr. Mc10, 46-52) y cuando come y bebe con los pecadores (Cfr. Jn 3,1-15), sin importar que lo traten de comilón y borracho (Mt 11, 19). Lo vemos disponible cuando deja que una mujer prostituta unja sus pies (Cfr. Lc 7, 36-50) o cuando recibe de noche a Nicodemo (Cfr. Jn 3, 1-15). La entrega de Jesús en la cruz no es más que la culminación de ese estilo que marcó toda su existencia. Cautivados por ese modelo de valorar al hombre que nos enseña Jesús, deseamos integrarnos a fondo en la sociedad, partimos la vida con todos, escuchamos sus inquietudes, colaboramos materialmente y espiritualmente con ellos en sus necesidades, nos alegramos con los que están alegres, lloramos con los que lloran y nos comprometemos en la construcción de un mundo nuevo, codo a codo con los demás . Pero no por obligación, no como un peso que nos desgasta, sino como una opción personal que nos llena de alegría y nos otorga identidad.
En efecto, la dolorosa situación del Covid-19 que estamos viviendo nos hace salir del sueño profundo en el que estamos y nos hace ver las debilidades de la ciencia y nos llama más a una confianza con Dios. Nos damos cuenta de que el ser humano es limitado en su integralidad. Habíamos creído tanto en la ciencia hasta que muchas personas han adoptado ser ateos por negar a Dios y afirmar su fe en la ciencia. Hoy han llegado limitaciones en la ciencia misma, que por tantos meses el coronavirus siga matando a gente falta de vacuna y saturación de instituciones sanitarias.
Eso es un signo de que el hombre ha siempre de confiar en Dios y junto con Él llegar a promover una sociedad digna, que reconozca a Dios como la guía de nuestro caminar aquí en la tierra y considerar a su próximo sin importar su rango social, con el que le tocó vivir en este mundo; y eso implica una colaboración mutua como la que Jesús tuvo con el ser humano, buscando la humanización de todos, sacando del polvo a los que la sociedad ha rechazado y discriminado. Sólo de esta manera podemos reconstruir la casa común que es la tierra, reconociendo y recobrando la dignidad a todo ser humano.
Así que no tengamos miedo porque Dios está con nosotros. Y Él hace que todavía haya personas como los médicos que aceptan dar su vida para los demás sin importar que se puedan a su vez contagiar por ese virus, pero siguen como Jesús tocando a esas personas enfermas. Jesús nunca tuvo miedo de tocar a un leproso que era una persona excluida de la sociedad por el tipo de enfermedad que tenía. Que siempre tengamos en nuestro mundo personas que sepan dar su vida para que otras recubran la suya. Los médicos son para nosotros un modelo a seguir y eso en todas las dimensiones de la vida. Así reconocemos el valor que todos tenemos ante nuestro padre celestial.
En conclusión creo que está enfermedad que ha atacado el mundo no debe bloquear nuestras relaciones humanas. Aquí lo más importante es renovar nuestro amor hacía Dios y hacía los demás. Retomando nuestra responsabilidad que habíamos recibido desde la creación del mundo, de cuidar la naturaleza y sus seres entre ortos los animales, las plantas, las aguas y incluso nosotros mismos. Hoy no podemos, no agradecer el esfuerzo que hacen nuestros médicos, nuestros gobiernos para tomar medidas preventivas y todo eso para proteger a la población de sus distintos países.
No podemos dejar de agradecer las confesiones religiosas por el esfuerzo que siguen haciendo dando una esperanza y un consuelo espiritual a las personas que sufren, abriendo en algunos países iglesias para acoger a enfermos por la saturación de los hospitales. El esfuerzo muy remarcable del papa Francisco que no se cansa de invitar a los cristianos a la oración en sus casas. El esfuerzo de muchas iglesias que siguen transmitiendo las misas en directo para que gente que se queda en su casa ore y comulgue espiritualmente. Hoy más que nunca, se ha sentido la solidaridad entre las personas por el cuidado de la vida del otro; esa ha de ser la manera con la que debemos de expresar nuestra cercanía y nuestro amor hacia nuestros semejantes. Sabiendo que la presencia de Dios se manifiesta también hoy, con serenidad, paz y tranquilidad en la vida de cada enfermo.
La esperanza de una creación renovada por el amor de Cristo es lo que Dios quiere de nosotros. Salir del miedo para poder enfrentar las situaciones que nos llegan en la vida, y saber que en esta lucha no estamos solos, sino que Dios está allá con nosotros diciéndonos “ánimo” que la vida no es nada más alegría, es también cruz cotidiana, que no estamos obligados a buscar, pero que viene de sí y nos toca en el momento justo. Busquemos formas de poder llevar nuestra cruz al ejemplo de Cristo en el calvario. Jesús, al ser hijo de Dios no escapó a esa cruz, la cargó hasta el calvario, pero al tercer día Dios lo rescató, de entre los muertos. Nosotros también a pesar de todos los que ya han regresado a la casa del padre, juntos con ellos creemos en la resurrección de la parte de Dios. Un respiro, una tranquilidad, una paz, un consuelo de la parte de Dios Padre. Desde entonces, nuestra manera de relacionarnos con los demás ha de cambiar, que las relaciones entre países ya no sean por intereses, sino por puro amor y para valorar la vida humana. Que Dios en su misericordia nos conceda su indulgencia y que su paz esté con todos los seres vivientes. No teman porque estoy con ustedes todo el día de su vida hasta el final del mundo, una seguridad de la parte de Dios que ha de borrar todo miedo en nosotros y poder seguir adelante sirviendo a nuestros hermanos en el nombre de Jesucristo. Esperamos de una manera unánime el fin de la pandemia y deseamos la paz al mundo entero.




