‘Pero llega la hora en que los adoradores verdaderos adorarán al Padre en espíritu y en verdad’ (Jn 4, 23).
Para entender esta frase, lo primero que tenemos que hacer es leer completo el relato de Juan capítulo 4 que narra el encuentro entre Jesús y la samaritana. En el pozo de Jacob, Jesús y la samaritana discutieron el asunto de la adoración. En la conversación, la mujer estaba diciendo que los judíos adoraban en Jerusalén, mientras que los samaritanos adoraban en el monte Gerizim. Los samaritanos creían que debían adorar en el monte Gerizim. En la antigüedad Dios había prometido bendiciones para el pueblo en Gerizim (Dt. 11:29; 27:12), mandó edificar altares allí (Dt. 27:4) e, inclusive, algunos sostenían que Abraham llevó a Isaac a Gerizim para sacrificarlo. Los judíos, en cambio, entendían que debería ser en Jerusalén.
La lección que Jesús le dejó a la mujer samaritana fue sencilla: que la adoración a Dios no debe limitarse a una única ubicación geográfica. Jesús con su presencia presenta una nueva idea, que la separación entre los judíos y gentiles ya no era relevante. El templo que era el centro de la adoración ha cambiado su perspectiva y Jesús consiguió que Él es el Nuevo templo. Esta conversación resulta fructífera, ya que toda Samaria queda ganada por el mensaje de Jesús a través de esta mujer samaritana.
La adoración de la que habla el Señor, es la que él produce en nosotros: es por su gracia que somos libres del pecado y que entendemos que en Él está la vida; es por el don de su Espíritu que comprendemos que debemos andar humillados delante de Él, que es el único que merece nuestra plena obediencia. Por lo cual, la adoración se convirtió en un asunto del corazón, dirigido por la verdad, no la ceremonia. Para poder adorar a Dios en espíritu y verdad necesariamente incluye amarlo con todo nuestro corazón, toda nuestra alma y toda nuestra mente.
Relacionando con el tiempo de cuaresma que estamos viviendo es importante valorar la fuerte llamada a la conversión. Una llamada a la conversión igual al de la mujer samaritana. Esta mujer vive en un proceso de conversión, pasa del agua que hay que sacar con dificultad de un pozo, a pedir el agua que sacia la sed para siempre. Su deseo a la conversión la lleva al de una fuente inagotable de la que brota un agua que salta hasta la vida eterna.
La conversión que debemos tomar no sólo en cosas materiales como el ayuno, la limosna, etc. La primera y más importante es tener la conciencia que somos pecadores y necesitamos recuperar la gracia a través de cosas espirituales (oración, adoración). En este tiempo se nos invita a escuchar y meditar con mayor frecuencia la palabra de Dios» (Papa Francisco), a participar en la Eucaristía, especialmente la del domingo y la adoración una vez al semana. No es cuestión de lugar, en un monte o en un lugar particular, lo importante es con nuestra propia vida, nuestra voluntad, nuestro cuerpo ofrecido en sacrificio vivo, santo, y agradable a Dios. Lo sagrado no son las cosas, los templos o las casas, lo sagrado somos nosotros cuando permitimos que Dios, por medio de la fe en Jesucristo haga su morada en nuestro corazón. Esta es una invitación a ser verdaderos adoradores de Dios, con nuestro espíritu unido a su Espíritu y en la verdad de Cristo, de su palabra. El verdadero adorador no adora solamente en un lugar, sino que adora a Cristo con su propia vida y expresa esta comunión cuando en armonía con otros creyentes, adoran y obedecen a su Rey.
La Casa de la Biblia, 'El Amor Entrañable del Padre', evd: 2003
http://siemprereformandose.com.ar/la-adoracion-juan-423/




