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Everson Luiz Kloster

Santa Teresita del niño Jesús: La brillante figura misionera

Octubre es un mes misionero para toda la iglesia, de modo especial este año el papa Francisco ha convocado un mes misionero extraordinario, en conmemoración a los 100 años de la encíclica del papa Benedicto XV “Maximum illud”. Corría el año 1919, cuando el Papa, tras un tremendo conflicto mundial que él mismo definió como una «matanza inútil» comprendió la necesidad de dar una impronta evangélica a la misión en el mundo, para purificarla de cualquier adherencia colonial y apartarla de aquellas miras nacionalistas y expansionistas que causaron tantos desastres. «La Iglesia de Dios es universal, católica y propia de todos los pueblos y naciones», escribió, exhortando también a rechazar cualquier forma de búsqueda de un interés, ya que sólo el anuncio y la caridad del Señor Jesús, que se difunden con la santidad de vida y las buenas obras, son la única razón de la misión.

Ser discípulos y misioneros de Jesucristo no es un privilegio sino un compromiso del ser cristiano: “Proclamar el evangelio es una necesidad que me impone” (I Cor. 9,16).

La brillante figura misionera para nosotros es Santa Teresita del niño Jesús, una monja carmelita francesa, que vivió concretamente en este mundo, conocía alegrías y tristezas y sabía cómo dar sentido a su vida, buscó la santidad en las pequeñas cosas. Es por eso que desde su muerte ha estado conquistando mentes y corazones. Necesitamos descubrir el verdadero rostro de esta grande santa e ir más allá de la imagen mal etiquetada que se le atribuye como de 'rosa y miel'.

La riqueza de la gracia de Dios en su alma es incomparable e imposible de no admirar. La originalidad de su doctrina, el abandono total en Dios, el testimonio de su vida y el deseo de anunciar el evangelio la convirtió en una maestra sin igual.

El Papa Juan Pablo II en la Carta Apostólica Divini Amoris, que la proclama doctora de la Iglesia no duda en escribir: "Teresa ofrece una síntesis madura de la espiritualidad cristiana: une la teología y la vida espiritual". Santa Teresita en la Iglesia divide dos épocas: la tridentina y la moderna que encuentra en el Concilio Vaticano II su vértice. La vida de esta santa monja dio lugar a "nuevos tiempos". No es de extrañar que el papa Pío X, incluso antes de su canonización, la llamará "la santa más grande de los tiempos modernos".

Un ejemplo de actividad misionera, Santa Teresita, incluso antes de ser carmelita, escribió en su carta de solicitud para ingresar en el carmelo, las dos razones por las que quería ser carmelita, a saber: “salvar almas y rezar por los sacerdotes”. Porque cuando uno ama a Dios, es imposible no amar al prójimo; quien sea, sin embargo, fue en el carmelo donde pudo ganar impulso con una audacia evangelizadora un poco inusual para una monja enclaustrada. Una gran contempladora de la experiencia de la misericordia de Dios, se dio cuenta de que tal experiencia estaba destinada a todos los hombres en la tierra. Y por esta razón, no podía volverse estática, por lo que su vida religiosa no se limitaba al claustro.

La imagen del Crucificado que derramó su sangre en la cruz le hizo comprender el misterio de la salvación y la necesidad de la cooperación humana para proclamar este Amor, que es capaz de morir por cada uno.

“¿Cuántas legiones de almas aún no conocen el maravilloso mensaje de salvación?” se preguntaba Teresa. Sabiendo que no estaba sola, estaba segura de que el mismo Señor que la llamó a ser misionera le concedía la certeza de su presencia y acción con los misioneros. Es el Señor que actúa por medio de sus misioneros.

La gran misionera Santa Teresita continúa sacudiendo el mundo con su intercesión, ayudando sobre todo a los diversos misioneros de todo el mundo a ganar sus mentes y corazones para Cristo.

Santa Teresita vivió en un momento en que la Ilustración estuvo marcada por la arrogancia de la masonería y una cultura hostil a la fe católica. Pero ella sabía cómo usar sus oraciones y sacrificios para difundir la Verdad del evangelio en este medio. Hoy vivimos en una sociedad, a veces hostil a la fe católica, en una sociedad líquida donde nada es definitivo. Y es precisamente en esta sociedad que el evangelio necesita hacerse eco.

Por lo tanto, somos los instrumentos para el anuncio de Jesús en este momento de la historia. Nuestro Señor no es propiedad privada de personas o grupos y si realmente hemos encontramos al Señor, no nos podemos quedar sin hacer nada. Él confía en nuestra colaboración en el campo de la misión, cuenta con nuestro testimonio de vida, con nuestra voz, para que sea conocido por aquellos que pasan por nuestras vidas. Estamos llamados a ser misioneros de manera concreta: en nuestro trabajo, en la universidad donde estudiamos, en el vecindario donde vivimos, en nuestro hogar y en muchos otros lugares. Sintámonos impulsados por el testimonio de Santa Teresita, con fe y alegría,

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