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Emmanuel Mushagalusa Bwalande

ESPERANZAS SOBRE EL MES MISIONERO EXTRAORDINARIO

Muchos hemos estado al tanto del mes de octubre; un mes establecido a nivel mundial en la Iglesia Católica como mes misionero. Es un tiempo durante el cual se realizan de manera especial actividades varias que tienen como tema central las misiones. El punto central del mes misionero es el tercer domingo cuando se celebra el DOMUND, una jornada dedicada a promover la oración, el testimonio, el sacrificio y la solidaridad material para con las misiones y las vocaciones misioneras. Este año, además, se nos invita a vivirlo de una manera extraordinaria. En las líneas que siguen intentaré presentar lo que se espera de cada uno de nosotros, que formamos la Iglesia, en la vivencia de nuestro ser misionero.

Este año 2019 celebramos el primer centenario de la encíclica Maximum Illud, el documento del papa Benedicto XV, que dio un nuevo impulso a la vitalidad misionera de la Iglesia. Es un documento que inspiró una apertura de la Iglesia hacia nuevos horizontes y que hasta hoy sigue siendo un punto de referencia en la actitud misionera de la Iglesia. En el marco de este aniversario se ve necesario enfocar todas las energías en la concientización de todos los que formamos la Iglesia para mejor vivir nuestro ser misionero.

Nos podemos preguntar, a 100 años del mucho empeño en la labor misionera ¿se debe de vivir de igual modo la misión hoy? En la respuesta a esta pregunta creo que se encuentra la clave de las esperanzas que tiene nuestra madre Iglesia respecto al acontecimiento del mes misionero extraordinario que, desde luego, no debe de ser considerado como un evento más en la Iglesia, sino como un nuevo impulso en la vida actual y futura de la Iglesia.

Es un impulso en la vida presente de la Iglesia en cuanto nos permite entender y vivir la misión no como una realidad lejana, fuera de nuestro contexto, ni mucho menos como una tarea que es “de los demás”; por el contrario, quiere ser una llamada a todo cristiano para vivir en un estado permanente de misión. No solo nos toca apoyar la misión a través de una colecta para las necesidades materiales de las misiones en las distintas partes del mundo, sino que, más bien, se nos invita a “vivir la misión” a través de nuestro testimonio de bautizados, es decir, a vivir nuestra vida de cada día con la conciencia y el dinamismo que brota de nuestro bautismo. “En el bautismo hemos recibido la vida divina, y, gracias a eso, somos:

  • profetas, es decir, anunciadores del misterio de Cristo, desplegando en la realidad cotidiana la vocación a ser sal y luz en la sociedad;
  • Sacerdotes, en la intercesión y haciendo de la vida un don;
  • Reyes, poniéndonos libremente al servicio de los demás”.

Esta vivencia coloca el bautismo como el comienzo de la apasionante aventura de amor que es ser discípulo misionero de Cristo; o más bien, como el punto de partida de nuestro envío al mundo.

El mes misionero extraordinario quiere ser, también, un nuevo impulso a la vida futura de la Iglesia en cuanto nos abre a una vida de testimonio desde una vida autentica de fe. Es decir, somos llamados a iluminar desde nuestra experiencia de fe nuestros pensamientos, comportamientos y estilos de vida, para que sean acordes con nuestro ser bautizados, realizando experiencias concretas de misión; una experiencia que podría transformar el hoy y el mañana de la Iglesia y del mundo; una experiencia capaz de romper las barreras entre el Evangelio y la cultura, impulsando el encuentro y el dialogo que son dos elementos necesarios en la evangelización de los pueblos.

En conclusión, podemos decir que, a través de este mes misionero extraordinario, la Iglesia nos ofrece una cita doble; una cita con nosotros mismos para reflexionar sobre nuestro modo de vivir la fe; una cita con Cristo mismo, a través de las obras que nos pide realizar la Iglesia a favor de los pobres, los necesitados, los enfermos, los excluidos, etc., que constituyen el “lugar teológico” por excelencia en la vivencia de la fe. Vivamos pues el mes misionero extraordinario como una oportunidad significativa para renovar los programas, objetivos y espacios de encuentro, además de renovación de nosotros mismos en vistas de un mayor compromiso personal y eclesial, de modo que la misión sea el fundamento de una Iglesia que actúa en el mundo.

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