Recuerdo con cierta nostalgia los encuentros ecuménicos de la juventud en la pequeña aldea francesa de TAIZÉ. Me tocó participar al primer concilio mundial ecuménico de la juventud (1972). Nos reunimos, entonces, miles de jóvenes de todo el mundo para escuchar los inspirados mensajes del ABBÉ ROGER SHUTZ, el profeta mártir del ecumenismo de los años 70, y para descubrir que no podía ser la religión piedra de división entre todos los participantes, sino, más bien, razón de unidad y vínculo de fraternidad.
Al Señor, desde entonces, agradecimos esa experiencia y el don del Espíritu que nos encaminó hacia la unión y la reconciliación espiritual de los presentes. Lo más dramático de ese encuentro, sin embargo, fue el momento en que, realísticamente, tomábamos conciencia de la separación andando, cada quien, a continuar la oración con el grupo religioso de pertenencia. Pasaron 40 años. Se han hecho pasitos hacia la unidad, sin embargo, no la hemos aún alcanzado. El “UT UNUM SINT” del Evangelio de Juan, sigue siendo reto y desafío. Para caminar hacia la unidad es necesario conocernos. Hay pequeñas o grandes verdades en cada una de nuestras doctrinas confesionales. El escucharnos pudiera ayudarnos a encontrarnos e integrarnos también doctrinalmente.
A manera de ejemplo, tomamos el tema de la “indisolubilidad del vínculo conyugal” en las tres principales confesiones cristianas: católica, protestante y ortodoxa. Las tres perspectivas en lugar de contraponernos, deberían ayudarnos a comprender mejor las situaciones de aquellos que, por alguna razón, no han permanecido fieles al vínculo y se han visto en la obligación moral de contraer otro. Se trata de los divorciados de un primer matrimonio religioso y vueltos sucesivamente a casarse.
Los ortodoxos, acerca de este fenómeno, reconocen el concepto de ‘justas causas’ para divorciarse en actitud de OIKONOMIA (bien común y superior). A la luz de las famosas ‘cláusulas mateanas’ (Mt. 19, 6) y del principio de la ‘misericordia’ divina, admiten una segunda o tercera boda con rito, sin embargo, diferente del primero.
Los protestantes, con una visión no sacramental del matrimonio, interpretan el principio de la indisolubilidad en sentido ‘moral-vocacional’ y, por tanto, potencialmente provisional. El fracaso matrimonial, en esta concepción, extingue lo religioso del vínculo y metaboliza, literariamente, la indicación de Mateo anulando la indisolubilidad en el caso del adulterio.
Sin entrar en el debate doctrinal y sin querer dar la razón a alguien, simplemente, nos impactan las diversidades de interpretación bíblica y, más aun, la praxis pastoral concreta. Desde el punto de vista del matrimonio sacramental católico, no hay razones para abaratar la doctrina del vínculo conyugal indisoluble, sin embargo, la praxis pastoral más humana y comprensiva de las otras dos confesiones religiosas, debería impulsarnos hacia actitudes menos radicales y más flexibles. En efecto, los teólogos moralistas católicos estamos sugiriendo caminos pastorales de acompañamiento para todos los fragmentos de familias, que se están dando entre los mismos practicantes, sin traicionar la fidelidad doctrinal.
La ‘pastoral de las minorías’ nos obliga a ser más abiertos hacia todas y cada una de las personas que nos piden misericordia y comprensión. Nuestras Iglesias, en fin, deben de madurar una atención tierna y un ‘corazón compasivo’ hacia todas las personas humanas que se nos acercan en situaciones particulares de dolor, angustia y sufrimiento.
¡Animo, hermanos! Rompamos la inercia que nos impide realizar el sueño de Cristo de que seamos uno. ¿No es acaso más atractivo permanecer en el ‘statu quo’, con algunos arreglos menores, con tal de no pagar el precio de la unidad? La tentación es fuerte y, para no ceder, urgimos de conversión: una conversión de todos a la verdad del Evangelio y a Cristo vida del mundo. La reconciliación de todas las Iglesias en la unidad, es decir, la restauración de la plena comunión entre ellas, será, seguramente, un signo profético, también, de la deseada unidad de este mundo resquebrajado y descompuesto.
La conversión de Saulo en el camino de Damasco, debida a su encuentro luminoso con Cristo, se erija antes nosotros como metáfora de nuestra vida. Sólo así “todos seremos transformados por la victoria de nuestro Señor Jesucristo” y, en la esperanza, seremos por Él salvados, ‘SPE SALVI FACTI SUMUS’ y entronizados juntos a Él: “al vencedor lo sentaré en mi trono” (Ap. 3, 19b).
En la Iglesia Católica, sin lugar a duda, hay actualmente bastante sensibilidad ecuménica. En efecto, con motivo del año de la fe de 2012, en conmemoración de los 50 años del Concilio Vaticano II y 20 del Catecismo de la Iglesia Católica, el Papa Benedicto, a demostración de su gran apertura espiritual, a través de la Carta Apostólica ‘PORTA FIDEI’, recomendó iniciativas ecuménicas para “Invocar de Dios y favorecer la restauración de la unidad entre todos los cristianos” y anunció una solemne celebración ecuménica para reafirmar la fe en el Cristo de todos los bautizados. Terminamos esta breve reflexión ‘ecuménica’ con las palabras de la oración eucarística de comunión de los días de octavario por la unidad de los cristianos: “Señor, al participar del sacramento de tu Hijo, te pedimos que santifiques y renueves a tu Iglesia, a fin de que todos los que nos gloriamos del nombre de cristianos podamos servirte en la unidad de la fe”. AMEN.




