“Con la profesión perpetua nos ponemos definitivamente al seguimiento de Cristo para el anuncio del Evangelio a los no cristianos en la familia xaveriana que nos acoge para siempre…” (Constituciones Xaverianas n o69). En efecto, durante la celebración eucarística nosotros Niyoyitungira Meldeus, Saleh Moll François, Bere Dina Arianto Dominggus, Nkem Epanda Jacques y Djounang Tiomou Evrard, nos sentimos emocionados, acogidos amorosamente por Jesucristo; acompañados, impulsados y guiados por la congregación y los familiares y amigos. En este día 03 de noviembre de 2018 llegó la hora de la generosidad del Señor con nosotros y de nuestro “sí” irrenunciable al proyecto de Dios para la realización de su reinado en el mundo contemporáneo.
Entregar nuestra juventud, nuestros ideales y toda nuestra vida al Señor de manera definitiva (sin tener otros planes) en la Congregación nos plenifica, nos llena de Dios, de alegría y de amor sincero. En este “sí” definitivo a Dios nos sentimos realizados y convocados para dejar alegremente y generosamente todo (novias, diplomas académicos, amores efímeros y pasajeros, etc.) para el servicio a los demás, fuera de nuestras culturas, familias y países. De hecho, tenemos la plena conciencia de que el mundo actual tiene sed de Dios, necesita a Dios a pesar de muchas ideologías que se imponen para alejarnos de Él.
Desde luego, nuestra profesión religiosa y todo lo que conlleva la vida misionera arraigada en Cristo se plantea como signo profético en contra de la devaluación de los valores humanos, morales y religiosos. Nuestra fe en Dios y nuestra fidelidad tanto a la Congregación como a la Iglesia y a la humanidad no nos dan chance de acomodarnos; así pues, el amor entrañable de Dios nos impulsa a testimoniar, predicar el Evangelio y encariñarnos del mundo desde la lógica divina.
Como lo ha querido nuestro fundador San Guido María Conforti, anunciar a Cristo y su Evangelio es el gran regalo que hemos de dar a la humanidad y al hombre moderno. Este Evangelio nos modela diariamente y purifica la mundanidad para hacer del mundo una sola familia en Cristo. Nuestra fuerza misionera viene del Evangelio y del Crucifijo. En efecto, el Crucifijo es el gran libro en el cual se han formado los santos; en él, vemos a “Cristo que indica a los Apóstoles el mundo a conquistar, no por la fuerza de las armas, sino por el amor y la persuasión”.




