“Les ruego, hermanos, en el nombre de Cristo Jesús, nuestro Señor, que se pongan de acuerdo y superen sus divisiones; lleguen a ser una sola cosa, con un mismo sentir y los mismos criterios” (1Cor 1, 10).
La invitación de Pablo, hoy, es para todos los que estamos buscando caminos de unidad. En el nombre de Jesucristo, en efecto, no podemos permanecer divididos. Más bien, debemos unirnos en una sola familia y en un mismo sentir. Lo que debe unirnos, según el pensamiento paulino, es ‘LO ESENCIAL’, o sea, EL AMOR: camino de perfección y salvación que Jesús nos ha llamado a proclamar con palabras y hechos.
La Iglesia de Corinto, en tiempos de Pablo, estaba absurdamente dividida entre quienes se declaraban pertenecer a Pablo, otros a Apolo, otros a Pedro y otros a Cristo. Un mundo de escandalosas rivalidades entre cristianos, que utilizaban, incoherentemente, el nombre de Cristo para dividirse, excomulgarse, odiarse. ¡Qué escándalo! Escándalo todavía actual. En el nombre de Cristo, en efecto, estamos aún divididos. Urge, por tanto, cambiar de rumbo; necesitamos vernos con más benevolencia y caminar hacia la unidad en Él realizando la utopía de Juan: “Que todos seamos uno”. Unidad que podemos realizar, por el momento, convergiendo hacia lo que nos une. Es decir, hacia la realización de los grandes valores evangélicos y hacia el alcance de metas comunes: salvar la creación, construir la paz, eliminar las injusticias, amar a los pobres y excluidos, etc.
¿Cómo logar las metas comunes? A través de un retorno urgente al estilo de vida profética de Jesús. Rescatando, personal y comunitariamente, un tantito del profetismo de Jesús. El retorno al estilo de vida profética de Jesús bien pudiera ser ‘nuestro nuevo camino de unidad’: el camino del ecumenismo actual.
Todos vivimos atrapados en una crisis global provocada por un sistema económico-financiero, que ha impuesto su dictadura, condicionando el futuro de la humanidad e hipotecando sus recursos.
Las promesas políticas del sistema son engañosas. Simulan suavizar el drama, sin embargo, la crisis sigue ‘desangrando’ a los más vulnerables de la humanidad. La fractura entre ricos y pobres es siempre más evidente y el precipicio, de la desesperanza y de la muerte, más profundo. Además, los cristianos, las religiones en general y la Iglesia católica andan ‘estáticos’ con sus tradiciones milenarias, ceremonias decorativas, divisiones y devociones piadosas sin implicaciones sociales. A la tentación del ‘inmovilismo’ religioso, el Papa Francisco contrapone la visión de unas Iglesias de ‘puertas abiertas’, expuestas tal vez a equivocarse, pero, siempre atentas al sufrimiento y hambre de nuestros pueblos. En efecto, así la sacude: “Más que el temor a equivocarnos –refiriéndose a la comunidad evangelizadora- espero que nos mueva el temor a encerrarnos en las estructuras que nos dan una falsa contención; en las normas, que nos vuelven jueces implacables y en las costumbres donde nos sentimos tranquilos, mientras afuera hay una multitud hambrienta y un Jesús que nos repite sin cansarse: «¡Denles ustedes de comer!» (Mc 6,37).
Cuando Jesús se encarnó en la tierra de Palestina encontró a un país también en crisis y en descomposición por culpa del sistema económico dominante del momento: del imperio y de la religión judaica corrupta. Él, sin embargo, nunca perteneció ni al sistema romano, con toda su eufemística ‘paz romana’, ni al sistema religioso del templo. A los suyos, concretamente, les pidió de estar en el mundo sin pertenecer a él, ni a su sistema de injusticia, opresión e inequidad. A través del testimonio, más bien, los incitaba a no someterse a la religión del templo.
Construir el Reino, sobre las indicaciones de las Bienaventuranzas de Jesús, sigue constituyendo la ‘propuesta social’, más audaz y utópica, de una historia sin injusticias, desigualdades, abusos, corrupción y dolor. Hoy en día, asistimos al mayor abandono de las Iglesias y religiones, que se ha dado en la historia. La gente se va de nosotros porque hemos perdido poder de convocación y de atracción. Las Iglesias, así divididas, no son ya creíbles. La verdadera vía, por tanto, para no quedar en el abandono, es la de unirnos en el mismo proyecto y recuperar, así, la fuerza de atracción de Jesucristo, de su presencia profética, genuina y audaz. Si queremos ser eficaces constructores del Reino de Dios, en fin, la solución es la de volver al Jesús que, proféticamente, nos grita tres mensajes:
- Que no se puede servir, simultáneamente, a Dios y al dinero;
- Que hay que sanar con compasión las heridas de los caídos del camino;
- Que, finalmente, los socialmente ‘últimos’ serán los primeros a entrar en su Reino.
Sólo Cristo, en fin, es el antídoto poderoso contra la avaricia de los hombres y el egoísmo de los países. Sólo Cristo es la esperanza para los excluidos de la tierra y es la razón para soñarnos unidos y, finalmente, con su estilo de vida profética, construir un mundo mejor, un mundo de paz, de armonía, de justicia y de amor. Un mundo feliz.
El cardenal ghanés Turkson, al abrir la sesión ecuménica de Asís de 2011, invitó a los representantes de todas las confesiones religiosas presentes, a ‘testimoniar’ la fuerza poderosa de la religión para promover el bien común, construir la paz, reconciliar a los que están en conflicto y custodiar la creación. También nosotros, desde nuestras trincheras y en razón de que compartimos la misma verdad de Cristo, sí podemos contribuir para que el mundo se vuelva más humano, justo y pacífico. La doctrina podrá seguir separándonos, pero, la lucha histórica, cotidiana y perseverante por un mundo mejor seguirá uniéndonos y proyectándonos, proféticamente, hacia un futuro de esperanza y de unidad.




