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P. Humberto Mauro Marsich

UT UNUM SINT: (Que sean uno)

Recordemos que el camino ecuménico que, como ‘signo de nuestros tiempos’, empezó ya desde la primera década del siglo XX, con la Primera Conferencia Misionera Mundial en Edimburgo (1910) se consolidó, luego, en el ‘Consejo Mundial de Iglesias’ (1938) en UTRECH y, entre avances y retrocesos, se fortaleció en la época del pontificado de S. Juan XXIII. En efecto, creemos en el ‘ecumenismo’, o sea, en el sueño de poder acercarnos siempre más hacia la substancial ‘unidad en la verdad’, aunque sea en la pluralidad de expresiones y vivencias.

Caminar ecuménicamente significa buscar juntos aquella ‘Verdad’ que nos acerque, cada día más, los unos a los otros, para dar, así, testimonio de caridad y fraternidad. Si, por cierto, los Papas preconciliares de la Iglesia Católica no se manifestaron muy entusiastas del ecumenismo, no fue lo mismo para Juan XXIII. Gracias a su buen corazón permaneció siempre abierto al diálogo entre las religiones, considerándolo como un ‘signo de los tiempos’. Produjo un cambio de rumbo con la creación del ‘Secretariado para la promoción de la unidad de los cristianos’, cuyo primer presidente fue el inolvidable Cardenal Bea: el mismo que presidió el proceso de elaboración del decreto conciliar sobre el Ecumenismo ‘UNITATIS REDINTEGRATIO’. Pablo VI, desde luego, como auténtico Padre del Concilio, le dio perfecta y dinámica continuidad, orientando el camino ecuménico de la Iglesia hacia la renovación espiritual, la conversión interior y la reconciliación fraterna.Vaticano

El conocimiento mutuo, la oración unánime y una mejora, en cuanto a la profundidad y exactitud en el lenguaje con que se expresa la doctrina de la fe, fueron resultados claros del trabajo conciliar. Con Pablo VI se renovó y consolidó un nuevo rumbo ecuménico de la Iglesia Católica.

En 1995, con la Carta Encíclica “UT UNUM SINT” S. Juan Pablo II impulsó, nuevamente, el ecumenismo y lo hizo por el camino de la fraternidad y de la ‘acción social’, en favor de la humanidad entera. Es sumando fuerzas como las Iglesias del Mundo entero, según su pensamiento, podían aportar beneficios reales y cambios significativos. Si, hoy, la doctrina todavía nos separa, los grandes valores sociales de la justicia, bien común, fraternidad, ecología y paz pueden unirnos.

No ha sido casualidad que el cardenal ghanés TURKSON, al abrir la famosa sesión ecuménica de Asís (27 Octubre de 2011), haya invitado a los representantes, de todas las confesiones religiosas, a ‘testimoniar’ la fuerza poderosa de la religión para promover el bien común, construir la paz, reconciliar a los países en conflicto y cuidar la casa común. Sobre estos grandes valores y desafíos sociales todas las religiones concordamos y, de facto, estamos unidos en la lucha. El mundo contemporáneo sigue, desafortunadamente, sumergido en la discordia, la injusticia social, la miseria y la violencia. Nosotros, desde nuestras trincheras, y en razón de que compartimos la misma verdad de Cristo, sí podemos contribuir para que el mundo se vuelva un tantito más humano, justo y pacificado.  

Estamos marchando, unidos en la fraternidad, hacia una purificación compartida y una meta común: dar testimonio, con palabra y vida, del amor de Dios y su proyecto. Los líderes religiosos mundiales, en el IV encuentro de Oración por la Paz, convocado por el Papa Benedicto XVI en Asís, testimoniaron esta fuerza social de la religión para el bien común planetario y para la liberación de los pueblos, injustamente oprimidos por la pobreza y diezmados por el hambre. Sólo la solidaridad con los pobres permitirá a las Iglesias considerarse espejo del Evangelio.

Uniendo fuerzas y energías sobre los grandes valores sociales de la humanidad, posiblemente, también nosotros podremos colaborar, en este nuestro país que es México, a construir la paz, promover más justicia social, alentar que se respeten los derechos humanos y que la educación sea de mejor calidad. Además, en un país donde se pretende descalificar a las religiones en el debate público, bajo el argumento de que es impropio en un estado laico argumentar sobre la base de una ética religiosa, es urgente unirnos para defender la inteligencia de nuestra fe y los derechos de todos a la libertad de conciencia, religiosa y de expresión. Los ciudadanos que profesamos una religión, por este hecho, no podemos ser rebajados a segundo plano. La exclusión social de la religión afecta la convivencia y lesiona la base axiológica de las culturas que han sido y son, en México, fundamentalmente, de inspiración judeo cristianas.

Para ser socialmente incisivos, nos hace falta conocernos más. Sólo así nos apreciaremos y respetaremos; únicamente así, compartiremos nuestras riquezas doctrinales, litúrgicas y las experiencias de fe en el único Señor de la vida y de la historia. En Asís, ha sido la oración el ‘nexo’ que ha unido a los representantes de las religiones del mundo.

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