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Pedro Viveros Viveros sx

El poder que se manifiesta en la misericordia

Vivimos en un país donde la injusticia se ha vuelto costumbre, donde la violencia parece haberle ganado la partida a la paz, y donde la debilidad de los pobres es vista como oportunidad para explotarlos, no para protegerlos. En medio de este escenario, la Palabra de Dios no es un consuelo barato, sino una interpelación profunda que nos sacude y nos llama a construir un mundo distinto.

El XVI Domingo del Tiempo Ordinario nos regala tres textos que, leídos desde nuestra realidad, tejen un mensaje contundente: el poder de Dios se manifiesta de manera radicalmente distinta a como lo hace el poder de este mundo. No es un poder que aplasta, sino que transforma; no es un poder que humilla, sino que levanta; no es un poder que destruye, sino que construye desde la paciencia y la misericordia.

El poder de Dios se fundamenta en la misericordia

El libro de la Sabiduría nos ofrece una de las afirmaciones teológicas más profundas de todo el Antiguo Testamento. El autor sagrado nos dice: «No hay otro dios fuera de ti que cuide de todo»(Sab 12,13). Esta declaración es radical: Dios es el único soberano de la historia, el único que tiene el control absoluto sobre todas las cosas. No hay poder terrenal que pueda reclamarle cuentas ni imponerle condiciones.

Pero lo sorprendente viene después: «Tu fuerza es el principio de la justicia y tu señorío sobre todo te hace ser indulgente con todos» (Sab 12,16). El texto revela una paradoja maravillosa: el poder infinito de Dios no se traduce en tiranía, sino en indulgencia. Cuanto más poder tiene Dios, más misericordioso se muestra. No es como los poderosos de este mundo, que mientras más poder acumulan, más crueles y despiadados se vuelven.

El versículo 18 profundiza esta idea: «Tú, dueño de la fuerza, juzgas con moderación y nos gobiernas con gran indulgencia, porque tienes el poder cuando quieres». Dios podría imponer su voluntad por la fuerza, pero elige gobernar con "moderación" e "indulgencia". Su poder no es la fuerza bruta, sino la capacidad de respetar la libertad humana y de esperar pacientemente la conversión.

Finalmente, el versículo 19 nos da la consecuencia práctica: «Con estas obras enseñaste a tu pueblo que el justo debe ser humano, y llenaste a tus hijos de la dulce esperanza de que das ocasión para la conversión de los pecadores». Dios no solo actúa con misericordia, sino que enseña a su pueblo a hacer lo mismo. El "hombre justo" no es el que aplica la ley con rigor implacable, sino el que, como Dios, sabe ser "humano", es decir, compasivo y misericordioso.

Este texto nos habla directamente a nuestra realidad mexicana. Vivimos en un país donde la justicia con frecuencia es selectiva o inexistente; donde los poderosos la evaden y los pobres la sufren. La lectura nos recuerda que la justicia de Dios no es como la nuestra. Es una justicia que no olvida al débil, pero que tampoco condena al pecador sin darle oportunidad de cambio. Es una justicia que, precisamente por ser verdadera, se manifiesta en misericordia.

El Espíritu sostiene nuestra debilidad

San Pablo nos regala uno de los pasajes más consoladores de toda la Escritura. El apóstol escribe: «El Espíritu acude en ayuda de nuestra debilidad, pues nosotros no sabemos pedir como conviene; pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables» (Rm 8,26).

La palabra griega que Pablo utiliza para "ayuda" es synantilambánomai, que significa literalmente "tomar la carga junto con otro". El Espíritu no ayuda desde fuera, sino que asume nuestra debilidad y la hace suya. Esta es la solidaridad divina: el Espíritu se identifica con nuestra condición frágil y limitada.

Pablo reconoce algo que todos experimentamos: "no sabemos pedir como conviene". Nuestras oraciones son torpes, limitadas, egoístas. Con frecuencia no sabemos qué pedir o cómo pedirlo. Pero el Espíritu, que habita en nosotros, intercede con "gemidos inefables" —palabra que también usó Pablo en el versículo 22 para describir los gemidos de la creación que sufre dolores de parto. Hay una conexión profunda: el gemido del Espíritu se une al gemido de toda la creación y al gemido de los creyentes. Todo el universo, en su sufrimiento y en su espera, se convierte en una oración.

El versículo 27 añade: «Y el que escruta los corazones sabe cuál es el deseo del Espíritu, y que su intercesión por los santos es según Dios». Dios, que conoce lo más profundo del corazón humano, conoce también la intención del Espíritu. Y esa intención está perfectamente alineada con la voluntad de Dios. Nuestras oraciones, incluso las que no sabemos expresar, incluso los gemidos que apenas podemos articular, son asumidas por el Espíritu y llevadas ante el Padre de manera perfecta.

Esta lectura tiene un eco profundo en nuestra realidad. ¿Cuántas veces hemos sentido que nuestras palabras no alcanzan para expresar nuestro dolor? ¿Cuántas madres que buscan a sus hijos desaparecidos han levantado su clamor sin encontrar respuesta? ¿Cuántos jóvenes sin empleo y sin futuro han perdido la capacidad de soñar? ¿Cuántas comunidades indígenas han visto arrebatar sus tierras sin que su grito sea escuchado? En esos gemidos, en ese silencio que parece vacío, está el Espíritu. No nos da respuestas mágicas, pero nos da la certeza de que no estamos solos y de que nuestro dolor no es indiferente para Dios.

El Espíritu no quita la debilidad, sino que la asume y la transforma en oración. No nos hace más fuertes según los criterios del mundo, sino que nos sostiene en nuestra fragilidad. Esta es la gran noticia para los pobres y oprimidos: su debilidad no es un obstáculo para la acción de Dios, sino el lugar donde el Espíritu elige actuar.

El Reino crece desde lo pequeño

El evangelio de Mateo nos presenta tres parábolas que forman parte del discurso de Jesús sobre el Reino de Dios. No se trata de explicaciones teóricas, sino de imágenes tomadas de la vida cotidiana que revelan cómo actúa Dios en la historia.

La parábola de la cizaña (Mt 13,24-30) nos muestra una realidad que todos experimentamos: el bien y el mal coexisten en el mundo. El trigo y la mala hierba crecen juntos, y el dueño del campo prohíbe arrancar la cizaña prematuramente: «No, no sea que al recoger la cizaña arranquéis también el trigo» (Mt 13,29). Esta instrucción revela la paciencia de Dios. No se trata de una paciencia pasiva que acepta el mal como inevitable, sino de una sabiduría que reconoce que el juicio final pertenece solo a Dios. La historia es compleja, y los seres humanos no tenemos la capacidad de distinguir perfectamente entre el bien y el mal. Arrancar la cizaña prematuramente podría causar más daño que bien.

La parábola del grano de mostaza (Mt 13,31-32) presenta el contraste entre los humildes comienzos del Reino y su magnificencia final. El grano de mostaza es la más pequeña de todas las semillas, pero cuando crece se convierte en un árbol lo suficientemente grande para que las aves aniden en él. Esta imagen evoca el lenguaje profético de Ezequiel (17,22-24) y Daniel (4,9.18), donde el árbol representa un reino que acoge a todas las naciones. El Reino de Dios comienza de manera insignificante, casi imperceptible, pero está destinado a crecer hasta abarcarlo todo.

La parábola de la levadura (Mt 13,33) es brevísima pero de una profundidad inmensa: «El Reino de los Cielos se parece a la levadura que una mujer toma y la mete en tres medidas de harina, hasta que todo fermenta». La levadura no actúa desde fuera, sino desde dentro. No es un poder visible que se impone, sino una fuerza oculta que transforma desde el interior. La mujer "esconde" la levadura en la masa, y su acción es silenciosa pero eficaz. El número "tres medidas" (aproximadamente 40 litros) es una cantidad enorme de harina, lo que subraya el poder transformador de la levadura: una pequeña cantidad puede fermentar toda la masa.

Al leer estos tres textos juntos, descubrimos un mensaje común que atraviesa toda la Escritura:

1. El poder de Dios es radicalmente distinto al poder humano. Mientras los poderes de este mundo aplastan, dominan y destruyen, el poder de Dios se manifiesta en misericordia, paciencia y respeto por la debilidad humana. En Sabiduría, el poder divino fundamenta la compasión; en Romanos, el Espíritu asume nuestra debilidad; en Mateo, el Reino crece desde lo pequeño y espera pacientemente la cosecha.

2. La debilidad humana es el lugar donde Dios actúa. No necesitamos ser fuertes, poderosos o perfectos para ser instrumentos del Reino. El Espíritu intercede precisamente en nuestra debilidad; el grano de mostaza es la semilla más pequeña; la levadura se esconde en la masa. Dios no elige a los que el mundo considera capaces, sino a los que confían en Él desde su pequeñez.

3. Dios respeta los tiempos de la historia. No arranca la cizaña prematuramente, no impone su voluntad por la fuerza, espera pacientemente la conversión. Esta paciencia no es indiferencia, sino respeto por la libertad humana y confianza en que la cosecha final será abundante.

4. La comunidad cristiana está llamada a vivir según esta misma lógica. Si Dios es misericordioso, nosotros debemos ser misericordiosos. Si Dios respeta la debilidad, nosotros debemos respetar al débil. Si Dios espera pacientemente, nosotros debemos aprender a esperar. La justicia cristiana no es implacable, sino compasiva; no es violenta, sino paciente; no excluye, sino que ofrece siempre una nueva oportunidad.

¿Cómo aplicar estas lecturas en nuestra vida?

1. Aprender a mirar con misericordia. Vivimos en una cultura que castiga el error sin piedad, que señala con el dedo al que cae y que exige resultados inmediatos. Dios, en cambio, nos enseña a ser pacientes con nosotros mismos y con los demás. Aplicar la misericordia en México significa no reducir a las personas a sus peores actos; significa ver más allá de la cizaña y confiar en que el trigo puede crecer. Significa tender puentes en lugar de cerrar fronteras, especialmente con aquellos que han sido marginados por su pobreza, su origen o su historia.

2. Confiar en la fuerza de lo pequeño. Estamos acostumbrados a esperar que los cambios vengan de los gobernantes, de los grandes empresarios o de las estructuras de poder. Pero el Reino de Dios irrumpe como una semilla que germina en la tierra árida. Un gesto de solidaridad en una colonia olvidada, una palabra de aliento a un joven sin rumbo, una comunidad que se organiza para defender el agua o el territorio: eso es el Reino haciéndose presente. No subestimemos lo que podemos hacer desde nuestra pequeñez. Una madre que educa a sus hijos en la justicia, un maestro que no se rinde ante la desesperanza, un vecino que cuida al vecino, están construyendo el Reino más que cualquier político con discursos vacíos.

3. Vivir la paciencia activa. Jesús nos advierte que no arranquemos la cizaña precipitadamente, porque podríamos dañar el trigo. Esta advertencia tiene una aplicación directa en nuestra vida social y política. Muchas veces, la impaciencia nos lleva a soluciones violentas, a linchamientos, a condenas sumarias, a la polarización que divide hermanos. La paciencia de Dios no es indiferencia; es la certeza de que la historia tiene un dueño y de que la cosecha llegará a su tiempo. Mientras tanto, estamos llamados a denunciar el mal sin odiar al que lo comete, a luchar por la justicia sin convertirnos en injustos, a construir la paz sin ignorar el conflicto.

4. Dejarnos sostener por el Espíritu. No estamos solos en esta tarea. El Espíritu intercede en nuestra debilidad, transforma nuestros gemidos en oración y nos asegura que nuestra lucha no es en vano. Cuando sintamos que no podemos más, cuando nuestras palabras no alcancen, cuando el desaliento nos invada, recordemos que el Espíritu está con nosotros, sosteniéndonos y guiándonos conforme a la voluntad de Dios.

5. Ser levadura en la masa. El llamado a ser levadura implica estar en el mundo sin ser del mundo, es decir, participar activamente en la vida social, política y económica, pero desde los valores del Evangelio. No se trata de imponer la fe desde arriba, sino de transformar la realidad desde dentro, desde la base, desde el compromiso cotidiano. Ser levadura significa no conformarse con un cristianismo de sacristía, sino involucrarse en la construcción de un mundo más justo y humano.

Las lecturas del XVI Domingo del Tiempo Ordinario no nos ofrecen un consuelo fácil, sino una esperanza que mueve a la acción. No es una esperanza ingenua que ignora el sufrimiento y el mal, sino una esperanza fundada en el carácter de Dios: un Dios que es soberano y poderoso, pero que elige manifestar su poder en la misericordia, la paciencia y la fuerza transformadora de lo pequeño.

Para las comunidades mexicanas, para los pueblos que sufren la opresión, para los que luchan por la justicia en medio de un mundo marcado por la cizaña, este mensaje es buena noticia:

No están solos. Dios está con ustedes. El Espíritu intercede en sus gemidos. Su pequeñez es la fuerza del Reino. La historia no termina en la injusticia. Los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre.

Esta es la esperanza que sostiene la lucha, que alimenta la fe y que hace posible seguir sembrando la buena semilla, incluso cuando la cizaña parece dominarlo todo. Porque, al final, la cosecha es de Dios, y su cosecha es vida, justicia y amor para todos.

La Palabra de Dios nos interpela hoy, nos llama a ser trigo en medio de la cizaña, a ser levadura en la masa, a ser grano de mostaza que confía en el poder de Dios. Que el Espíritu, que intercede con gemidos inefables, nos sostenga en esta tarea. Que la misericordia de Dios, que nos enseña a ser humanos, guíe nuestros pasos. Que la paciencia del dueño del campo, que espera la cosecha, nos dé la fortaleza para no desfallecer. 

El que tenga oídos, que oiga.

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