Un domingo para abrir los ojos
Imaginemos por un momento que caminamos por un campo cualquiera, tal vez un terreno olvidado, lleno de maleza y piedras. De repente, sin esperarlo, nuestros pies tropiezan con algo duro. Al levantar la tierra, descubrimos un tesoro enterrado, algo que vale más que todo lo que poseemos. ¿Qué haríamos? ¿Lo dejaríamos ahí, o venderíamos todo para quedarnos con ese campo y hacer nuestro ese tesoro?
Esta escena, que Jesús contó a sus oyentes hace dos mil años, no es solo una bonita historia. Es el corazón de lo que celebramos este XVII Domingo del Tiempo Ordinario. Las lecturas de hoy —1 Reyes 3, 5.7-12; Romanos 8, 28-30; y Mateo 13, 44-52— nos hablan de un tesoro aún más grande: el Reino de Dios, que se revela como sabiduría, como justicia y como llamado a transformar nuestra sociedad. Pero para encontrarlo, necesitamos aprender a mirar desde abajo, desde donde sufren los pobres, desde donde claman los que no tienen voz.
El rey que pidió un corazón que escucha
La primera lectura nos presenta a Salomón, un joven rey que acaba de heredar el trono de David. Está asustado, se siente pequeño, como un "muchacho" que no sabe gobernar. En sueños, Dios se le aparece y le dice: "Pide lo que quieras que yo te dé" (1 Re 3, 5). Salomón podría haber pedido poder, dinero, victorias militares. Pero pide algo sorprendente: un corazón que escuche, un corazón capaz de discernir entre el bien y el mal para gobernar con justicia. Él mismo confiesa: "Yo soy un muchacho joven y no sé cómo gobernar... Da, pues, a tu siervo un corazón que escuche para gobernar a tu pueblo y para discernir entre el bien y el mal" (1 Re 3, 7-9).
Dios se conmueve. Le concede esa sabiduría y, además, le da riquezas y gloria: "Porque has pedido esto, y no has pedido para ti muchos días ni riquezas ni la vida de tus enemigos, sino que has pedido discernimiento para escuchar la justicia, yo hago conforme a tus palabras" (1 Re 3, 11-12). La verdadera sabiduría no es para acumular riquezas, sino para servir al pueblo, especialmente a los más débiles. Salomón entendió que gobernar no es dominar, sino escuchar. La justicia de Dios no es un concepto abstracto: es la capacidad de ponerse en el lugar del otro, de defender al indefenso, de administrar el bien común.
Sin embargo, la historia de Salomón también es una advertencia. Al final de su vida, acumuló caballos, oro y mujeres extranjeras, y olvidó el corazón que escucha. ¿No nos pasa lo mismo? ¿No acumulamos riquezas y poder mientras el hermano sigue pasando hambre?
El designio de Dios: todo coopera para el bien
San Pablo, en la segunda lectura, va más allá. Escribe a los cristianos de Roma, una comunidad pobre y perseguida en el corazón del Imperio. Les dice algo que parece difícil de creer: "Sabemos que todas las cosas cooperan para el bien de los que aman a Dios, de los que han sido llamados conforme a su designio" (Rom 8, 28). ¿Cómo puede ser esto cierto cuando hay persecución, hambre, injusticia?
Pablo no está diciendo que el sufrimiento sea bueno. Está diciendo que Dios puede sacar vida de la muerte. Así como la resurrección de Jesús transformó la cruz en victoria, así también nuestro sufrimiento, nuestras luchas, nuestras derrotas, pueden ser fecundas si las unimos al proyecto de Dios. Y ese proyecto es claro: "A los que de antemano conoció, también los predestinó a ser conformes a la imagen de su Hijo" (Rom 8, 29). Ser conformados a Cristo, el Siervo Sufriente, el que se hizo pobre para enriquecernos (cf. 2 Cor 8, 9).
La "predestinación" de la que habla Pablo no es un decreto cruel de Dios que salva a unos y condena a otros. Es la elección gratuita de Dios para una misión: ser testigos de su amor en un mundo injusto, ser fermento de justicia en medio de la opresión. Los llamados, justificados y glorificados no son privilegiados, sino servidores: "A los que predestinó, también los llamó; a los que llamó, también los justificó; a los que justificó, también los glorificó" (Rom 8, 30). La justicia de Dios no es un premio, sino una responsabilidad.
El Reino como tesoro escondido
Y llegamos al Evangelio según san Mateo, que nos regala tres parábolas breves pero profundas. La primera: "El Reino de los cielos es semejante a un tesoro escondido en el campo, que al encontrarlo un hombre, lo oculta de nuevo y, lleno de alegría, va, vende todo lo que tiene y compra aquel campo" (Mt 13, 44). La segunda: "El Reino de los cielos es también semejante a un comerciante que anda buscando perlas preciosas; y al encontrar una perla de gran valor, fue, vendió todo lo que tenía y la compró" (Mt 13, 45-46). La tercera: "El Reino de los cielos es también semejante a una red que, echada al mar, recoge toda clase de peces" (Mt 13, 47).
El tesoro escondido es el Reino de Dios, que está presente en medio de nosotros, pero oculto. No es un futuro lejano, sino una realidad que irrumpe aquí y ahora. Para quien lo encuentra, la alegría es tan grande que vende todo lo que tiene para poseerlo. La perla preciosa nos habla de la búsqueda sincera: no todos encuentran el Reino por casualidad; algunos lo buscan con el corazón, y cuando lo hallan, saben que vale la pena darlo todo.
La red que recoge toda clase de peces nos recuerda que el Reino es universal: acoge a todos, buenos y malos, justos e injustos. Pero al final, llega el juicio: "Así será al final de los tiempos: saldrán los ángeles, separarán a los malos de entre los justos y los arrojarán al horno de fuego"(Mt 13, 49-50). ¿Qué juicio? El que separa lo que sirve a la vida de lo que la destruye. Los que han oprimido, los que han acumulado riquezas a costa del sufrimiento ajeno, los que han cerrado su corazón al clamor del pobre, serán arrojados al "horno de fuego", es decir, a la nada, a la autodestrucción de quienes han vivido para sí. Pero los que han compartido el pan, los que han defendido al débil, los que han luchado por la justicia, serán recogidos como el fruto bueno. La justicia de Dios no es venganza, sino restauración: la certeza de que el mal no tendrá la última palabra.
¿Y hoy? El Reino en nuestra sociedad
Hermanos y hermanas, estas lecturas no son cuentos antiguos. Son palabra viva para nuestro mundo, para nuestra sociedad marcada por la desigualdad, la corrupción, la violencia, el descarte de los pobres. Dios sigue ofreciendo su sabiduría: un corazón que escuche. Sigue llamándonos a ser conformes a Cristo, el crucificado que resucitó. Sigue mostrándonos el tesoro escondido en medio de nuestra historia.
¿Dónde está ese tesoro? Está en los barrios marginales, en las luchas de los pueblos indígenas, en las organizaciones populares que defienden la tierra y el agua, en las comunidades cristianas que acogen al migrante, en las madres que buscan a sus hijos desaparecidos, en los jóvenes que sueñan con un mundo más justo. El Reino de Dios ya está ahí, escondido como una semilla, pero dispuesto a florecer si tenemos el coraje de vender todo, de desprendernos de nuestros ídolos, de optar por los pobres.
El papa Francisco nos recuerda que la Iglesia es una "Iglesia en salida", que no tiene miedo de ensuciarse las manos en la historia. La justicia de Dios no es una idea, es una práctica: compartir, denunciar, construir alternativas. El Reino no es un premio para después de la muerte, es un proyecto de vida plena para todos, aquí y ahora. Como dice el Catecismo de la Iglesia Católica, "el Reino de Dios es la justicia, la paz y la alegría en el Espíritu Santo" (CIC 2819), y esta justicia se construye en la historia concreta de los pueblos.
Jesús mismo nos enseñó a pedir en el Padrenuestro: "Venga a nosotros tu Reino" (Mt 6, 10). Pero ese Reino no es algo que esperamos pasivamente: es un don que acogemos y una tarea que construimos. Como escribió san Pablo: "El Reino de Dios no consiste en comida ni en bebida, sino en justicia, paz y alegría en el Espíritu Santo" (Rom 14, 17). La justicia de Dios, el Reino de Dios y la sociedad que construimos están íntimamente ligados. No podemos amar a Dios sin amar a nuestro hermano, especialmente al que sufre (cf. 1 Jn 4, 20). No podemos proclamar el Reino sin luchar por la justicia. No podemos decir que creemos si no transformamos nuestra realidad.
¿Qué tesoro estamos dispuestos a buscar?
Las lecturas de este domingo nos desafían. Nos preguntan: ¿Qué estamos dispuestos a dejar para encontrar el tesoro del Reino? ¿Nuestras comodidades? ¿Nuestras seguridades? ¿Nuestras riquezas mal habidas? ¿Nuestras indiferencias? Pero también nos llenan de esperanza: Dios no nos pide que seamos héroes solitarios. Nos llama a ser comunidad, a caminar juntos, a sacar del tesoro "cosas nuevas y cosas viejas" (cf. Mt 13, 52): la tradición de nuestros mayores y la novedad del Evangelio.
El Catecismo nos enseña que "la Iglesia recibe del Señor el tesoro del Reino" (CIC 765) y que todos los bautizados estamos llamados a ser "luz del mundo y sal de la tierra" (Mt 5, 13-14), transformando la sociedad desde la justicia y el amor. Este es el desafío del XVII Domingo: no quedarnos con las manos vacías, sino salir a buscar el tesoro que Dios ha escondido en el campo de nuestra historia. Y al encontrarlo, compartirlo con alegría, porque el Reino no es para unos pocos, sino para todos.
Al terminar esta reflexión, te invito a hacerte una pregunta sincera, de esas que remueven el corazón:
Si el Reino de Dios es el tesoro escondido en el campo de nuestra vida cotidiana, ¿qué es lo que todavía no estoy dispuesto a vender para poseerlo? ¿Cuál es mi ídolo, mi seguridad, mi excusa que me impide abrazar la justicia de Dios en favor de los pobres?
No tengas miedo de la respuesta. Quizás sea el primer paso para encontrar el tesoro que cambiará tu vida y la de los que te rodean. Porque el Reino está aquí, a tu alcance, esperando que lo descubras y lo compartas.
"El Reino de los cielos es semejante a un tesoro escondido en el campo..." (Mt 13, 44). ¿Te animas a buscarlo?




