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Cuando el Reino de Dios irrumpe como un sembrador que siembra a manos llenas

XV Domingo del Tiempo Ordinario (Ciclo A)

El Reino de Dios irrumpe como un sembrador que sale a sembrar. No se queda en su casa, no espera a que el campo venga a él. Salió confiado, con las manos llenas de semilla, y la lanzó a diestra y siniestra. Algunas cayeron junto al camino, otras en terreno pedregoso, otras entre espinos. Solo una parte, la menor, dio fruto.

Esta parábola, que la Iglesia nos propone en el XV domingo del tiempo ordinario, no es un manual de agricultura ni un tratado sobre técnicas de evangelización. Es una ventana abierta al misterio del Reino. Jesús no está dando consejos sobre cómo sembrar mejor; está revelando cómo actúa Dios en la historia. Y lo hace de una manera sorprendente, casi imprudente: derrochando la semilla incluso donde sabe que no dará fruto.

Porque el Reino de Dios no funciona como el mundo. El mundo calcula, invierte solo donde hay seguridad, exige garantías. Pero el sembrador del Evangelio derrocha la semilla sin calcular el terreno. Lanza la Palabra por igual sobre el camino, la piedra, los espinos y la tierra buena. Y esta es la primera gran noticia del Reino: Dios no es un empresario que hace números; es un padre que derrocha su amor sin medida, aunque muchos no lo reciban.

El profeta Isaías lo había anunciado: "Como desciende la lluvia y la nieve del cielo, y no vuelve allá sino que empapa la tierra, la fecunda y la hace germinar, para que dé semilla al sembrador y pan al que come, así será mi palabra que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que cumplirá mi deseo y realizará mi encargo" (Is 55,10-11). La Palabra del Reino es como la lluvia: cae sobre todos, sin preguntar si la tierra es digna. Y siempre, siempre, cumple su misión. Aunque nosotros no veamos el fruto. Aunque el terreno parezca árido. Porque la eficacia del Reino no depende de nuestra respuesta, sino de la fidelidad de Dios que lo envía.

Sin embargo, el Reino de Dios también irrumpe como un terreno que debe decidir si recibe la semilla. Jesús explica que hay semillas robadas por el maligno, otras que germinan rápido pero se secan ante la tribulación, y otras que son ahogadas por "los afanes del mundo y la seducción de las riquezas" (Mt 13,22). Espinos, las llama. No son malas hierbas que vienen de fuera; son las que crecen en el mismo terreno que la semilla. Y aquí emerge el misterio de la libertad: el Reino se ofrece a todos, pero no todos lo acogen. La soberanía de Dios no anula nuestra capacidad de respuesta. La gracia es gratuita, pero no es forzada.

Cada persona, al escuchar esta parábola, puede encontrar su propio mensaje. Quien ha sido herido por la vida, quien ha visto cómo su esfuerzo parece no dar fruto, quien ha sembrado bien y ha recibido espinos a cambio, encuentra en esta historia un espejo donde mirarse. Porque el Reino de Dios no promete que la siembra sea fácil. Promete que la cosecha llegará. Pero entre la siembra y la cosecha, el terreno debe ser trabajado. La tradición espiritual llama a esto ascética: el combate contra los afectos desordenados que ahogan la semilla.

Y entonces, la pregunta del Reino nos interpela: ¿qué clase de tierra queremos ser? ¿Permitiremos que la amargura endurezca nuestro corazón como el camino? ¿Dejaremos que el resentimiento nos convierta en tierra pedregosa, donde todo germina rápido pero muere ante la primera dificultad? ¿O, por el contrario, permitiremos que el Señor arranque los espinos del rencor y prepare nuestro interior para dar fruto?

Porque el Reino de Dios irrumpe como un perdón que no exige condiciones. Perdonar no es fácil. Quien te ha mentido, quien te ha utilizado, quien te ha destrozado la vida, quizá nunca te pida perdón. Quizá ni siquiera sea consciente del daño que causó. Pero el perdón no es un sentimiento; es un acto de la voluntad iluminado por la fe. Es abrir la mano y soltar el derecho a la venganza. Es decir: "Ya no cargaré más con esta piedra; se la devuelvo a Dios, que es el único que puede hacer justicia".

El perdón no significa que lo ocurrido esté bien. No significa que confíes de nuevo en esa persona. Significa que dejas de ser prisionero de esa historia. Porque el rencor, al final, no daña al otro; se clava en ti como una espina y te impide crecer. Perdonar es arrancar esos espinos que ahogan la semilla de la vida nueva que el Reino quiere hacer germinar en ti. Es dejar que la gracia haga su obra en el terreno de tu corazón.

San Pablo, en la carta a los Romanos, nos da la fuerza para esta tarea: "Pues tengo por cierto que los sufrimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria que se nos ha de revelar"(Rom 8,18). Y añade: "La creación entera está gimiendo con dolores de parto" (Rom 8,22). El universo mismo sufre. No estamos solos en nuestro dolor. Cada lágrima, cada falsedad que hemos recibido no es un accidente en la historia; es parte del gemido de un mundo que espera ser redimido. Pero ese gemido no es el estertor de un mundo que muere, sino el dolor de parto de un mundo que está naciendo a la vida nueva. Porque el Reino de Dios no ha llegado todavía en su plenitud. Vivimos en el tiempo de la siembra, en la tensión entre el ya y el todavía no. Ya el Reino está presente en la semilla; todavía no vemos la cosecha completa.

Los que hemos recibido el Espíritu como "primicias" (Rom 8,23) tenemos la certeza de que nuestra siembra no es en vano. Porque el Espíritu que hemos recibido es la garantía de que la cosecha llegará. No sabemos cuándo. No sabemos cómo. Pero sabemos que llegará. Porque la Palabra del Reino no vuelve vacía. Porque la lluvia del cielo siempre fecunda. Porque la muerte no tiene la última palabra. Porque la resurrección de Cristo es la primicia de una nueva creación.

En una sociedad que nos empuja al individualismo, el sembrador del Reino nos enseña a mirar al otro. En una sociedad que nos invita a acumular, el sembrador nos enseña a compartir. En una sociedad que nos dice que todo es efímero, el sembrador nos enseña que el amor eterno está sembrado en el tiempo. En una sociedad que nos miente, el sembrador nos enseña a ser testigos de la Verdad. En una sociedad que ha perdido la esperanza, el sembrador nos enseña que la esperanza es la virtud de los que siembran sin ver la cosecha.

Los Padres de la Iglesia vieron en esta parábola una imagen de la economía de la salvación. San Juan Crisóstomo decía que el sembrador es Cristo, que sale del seno del Padre y se encarna para sembrar el Reino en el mundo. Y nosotros, sus discípulos, hemos sido hechos partícipes de esta misión. No estamos llamados a ser dueños del campo, sino colaboradores en la siembra. No estamos llamados a controlar el resultado, sino a confiar en el Dueño de la cosecha.

Por eso, querido lector, si te sientes cansado de sembrar sin ver fruto, si te duele que la semilla haya caído en tierra dura, si has sido herido por aquellos a quienes quisiste ayudar, si la sociedad te parece cada vez más complicada y el Evangelio más contracultural, recuerda: la lluvia del Reino sigue cayendo. El Sembrador sigue en su barca. El Espíritu sigue intercediendo con gemidos indecibles. Y la Palabra de Dios, pase lo que pase, no volverá vacía.

Pero déjame hacerte una pregunta, de esas que se quedan resonando en el corazón y no te dejan dormir tranquilo: Si el Reino de Dios está irrumpiendo en tu vida como ese sembrador que siembra a manos llenas, ¿qué clase de tierra estás dispuesto a ser hoy para que la semilla pueda dar en ti el fruto que el mundo, que gime esperando la redención, tanto necesita?

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