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La lógica del Reino: perder para vivir

Una reflexión desde las lecturas dominicales

Hay preguntas que nos persiguen toda la vida. Preguntas que no se responden con un simple "sí" o "no", sino que exigen que nos detengamos, que miremos el fondo de nuestro corazón. Una de esas preguntas es: ¿Qué vale realmente la pena en esta vida?

La respuesta que el mundo nos ofrece es clara y constante: vale la pena lo que asegura, lo que protege, lo que acumula. Vale la pena el éxito, la estabilidad, el reconocimiento. Vale la pena cuidar lo propio, asegurar el futuro, construir murallas alrededor de lo que amamos.

Pero las lecturas que hemos escuchado hoy nos dicen exactamente lo contrario. Nos proponen una lógica radical, contracultural, que nos sacude los cimientos y nos invita a vivir de una manera que parece irracional. Es la lógica del Reino:

"El que halla su vida, la perderá; y el que pierde su vida por causa de mí, la hallará" (Mt 10,39).

La hospitalidad que no espera recompensa

Todo comienza con una mujer en Sunem. Una mujer importante, de posición social elevada, que un día ve pasar a un profeta. No sabe que ese encuentro cambiará su vida. Lo reconoce como "varón santo de Dios" y decide hacer algo sin esperar nada a cambio: le ofrece comida, le construye un aposento, le da descanso (cf. 2 Re 4,8-11).

Ella no negocia. No dice: "Te doy hospitalidad para que me des algo a cambio". Simplemente da, porque ha reconocido la presencia de Dios en aquel hombre. Y cuando el profeta le ofrece intercesión ante el rey o el general, ella responde con humildad profunda: "Yo habito en medio de mi pueblo" (2 Re 4,13). No busca poder, no busca privilegios. Está contenta con lo que tiene.

Sin embargo, Dios conocía el deseo más profundo de su corazón —aquel que ni siquiera se atrevía a pedir. Y le concede un hijo. La esterilidad se convierte en fecundidad, la muerte en vida. Porque la lógica de Dios es así: cuando das sin esperar, recibes lo que ni siquiera imaginabas.

¿Cuántas veces nosotros, en cambio, damos calculando? ¿Cuántas veces nuestra generosidad escondé un "te doy para que me des"? La sunamita nos confronta con una pregunta incómoda: ¿Qué estamos dispuestos a dar sin esperar nada a cambio?

El bautismo: morir para vivir

San Pablo nos lleva más hondo. En la carta a los Romanos, nos recuerda que nuestra vida cristiana no comenzó con una decisión moral o con un esfuerzo humano. Comenzó con un bautismo: fuimos sumergidos en la muerte de Cristo.

"¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte?" (Rm 6,3).

El bautismo no es un rito bonito, un recuerdo familiar o un trámite eclesiástico. Es el momento en que nuestro viejo yo fue enterrado. El ego con sus ambiciones, el orgullo con sus pretensiones, el miedo que nos paraliza —todo eso fue sepultado en las aguas. Y al salir de ellas, no salimos iguales: salimos a una vida nueva, una vida que ya no se rige por las leyes del egoísmo, sino por el amor de Cristo.

"Así como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva" (Rm 6,4).

Pero hay una trampa: muchos hemos olvidado nuestro bautismo. Vivimos como si no hubiera pasado nada. Seguimos aferrados a nuestras seguridades, a nuestras pequeñas muertes cotidianas, al pecado que nos atrapa. Pablo nos grita desde el siglo I: ¡ustedes ya no son esclavos del pecado! ¿Por qué siguen viviendo como si lo fueran?

La pregunta nos atraviesa: ¿Qué parte de nuestro viejo yo sigue sin querer morir?

El discipulado: amar por encima de todo

Y entonces viene Jesús en el evangelio de Mateo, y sube la apuesta hasta el extremo:

"El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama a hijo o hija más que a mí, no es digno de mí" (Mt 10,37).

No está diciendo que no amemos a nuestra familia. Está diciendo que nada ni nadie puede ocupar el lugar de Dios. En un país como México, donde la familia es sagrada, esta palabra nos sacude. ¿Cómo es posible que Jesús nos pida amarlo por encima de nuestros padres, de nuestros hijos?

Porque Jesús no es un maestro más. Es el Enviado del Padre, y en Él se juega nuestra vida eterna. Si colocamos algo o alguien por encima de Él, ese algo se convierte en ídolo. Y los ídolos, por muy buenos que sean —la familia, el trabajo, el éxito—, siempre terminan esclavizándonos.

Jesús también dice:

"El que no toma su cruz y sigue en pos de mí, no es digno de mí" (Mt 10,38).

En el México de hoy, la cruz tiene muchos rostros: la inseguridad que nos arrebata a los seres queridos, la corrupción que nos roba la esperanza, la pobreza que humilla a millones, la indiferencia que endurece el corazón. Pero Jesús no nos promete una vida sin cruces. Nos promete que la cruz no tiene la última palabra. Nos promete que si la cargamos con Él, nos llevará a la resurrección.

Y luego viene la promesa más hermosa y más desconcertante:

"El que recibe a un profeta por cuanto es profeta, recompensa de profeta recibirá; y el que recibe a un justo por cuanto es justo, recompensa de justo recibirá" (Mt 10,41).

Es decir: tu hospitalidad no es insignificante. Cada vaso de agua fría que das a un hermano por amor a Cristo, tiene valor eterno. Cada persona que acoges, cada migrante al que abres la puerta, cada niño que abrazas, es Cristo en persona.

En un país donde millones han tenido que emigrar para sobrevivir, donde las familias están rotas por la distancia, donde hay hermanos que llegan a nuestras ciudades buscando un poco de paz, esta palabra es un llamado urgente: México necesita hospitalidad. México necesita corazones que sepan acoger, que sepan dar un vaso de agua sin preguntar de dónde vienen.

La lógica del Reino para nuestros días

Las tres lecturas nos dicen lo mismo con diferentes voces:

La vida no se guarda, se entrega. No se acumula, se comparte. No se protege, se arriesga.

La sunamita dio hospitalidad y recibió vida. El bautizado muere al pecado y resucita a vida nueva. El discípulo pierde su vida por Cristo y la encuentra en plenitud.

Esta lógica es la única que puede salvar a México. No con discursos vacíos, no con promesas políticas, no con violencia que solo engendra violencia. La salvación viene por el camino de la entrega, de la hospitalidad, de la vida entregada por amor.

En un país donde el miedo nos hace encerrarnos, el Evangelio nos abre. En un país donde el individualismo nos aisla, el Evangelio nos reúne. En un país donde la desconfianza nos separa, el Evangelio nos reconcilia.

Una pregunta para seguir reflexionando

Al terminar esta reflexión, cada uno de nosotros lleva una mochila cargada de miedos, de apegos, de seguridades. Jesús nos invita a soltarla. Nos invita a confiar en que soltar no es perder, sino encontrar.

Y entonces, la pregunta final:

¿Qué es aquello que todavía no estás dispuesto a soltar para seguir a Cristo?

No respondas rápido. Deja que la pregunta haga eco en tu corazón. Porque en esa respuesta —en aquello que más te cuesta entregar— tal vez está tu verdadera cruz. Y en esa cruz, tu resurrección.

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