Un domingo para vencer el miedo
El XII Domingo del Tiempo Ordinario del Ciclo A nos ofrece un tríptico litúrgico de una coherencia sorprendente: el profeta Jeremías acosado por sus enemigos; el apóstol Pablo desentrañando el misterio del pecado y la gracia; y el mismo Jesús exhortando a sus discípulos a no tener miedo. Las tres lecturas —Jeremías 20,10-13; Romanos 5,12-15; Mateo 10,26-33— no fueron escogidas al azar. La Iglesia, guiada por el Espíritu Santo, nos invita a escuchar un mismo mensaje que atraviesa los siglos: en medio de un mundo hostil, la fidelidad de Dios es más fuerte que el miedo, y el creyente está llamado a responder con un testimonio valiente.
Vivimos en una sociedad que experimenta miedos de todo tipo: miedo al fracaso, a la soledad, a la violencia, a la muerte, a un futuro incierto. Pero también, y quizá más sutilmente, miedo a confesar nuestra fe, a llevar el Evangelio a la esfera pública, a parecer "anticuados" o "intolerantes". Las lecturas de este domingo son un bálsamo y, al mismo tiempo, una exigencia: nos muestran que la raíz del miedo es la falta de fe en un Dios que nos ama con locura, y que la cura está en el testimonio valiente de quien sabe que su vida está en manos del Padre.
El profeta que confía en medio del cerco
El profeta Jeremías experimenta en carne propia lo que significa ser fiel a la palabra de Dios en un entorno hostil. Sus palabras resuenan con una crudeza que no podemos dulcificar: "Oigo las calumnias de la gente: «¡Terror alrededor! ¡Delatadle! ¡Delatémosle!». Todos mis conocidos aguardan mi tropiezo" (Jr 20,10). No se trata de enemigos anónimos, sino de quienes compartían su vida, sus amigos, su círculo de confianza. La traición más dolorosa es la que viene de los nuestros.
Sin embargo, Jeremías no se hunde en la desesperación. Su grito se convierte en un acto de fe: "Pero el Señor está conmigo como bravo guerrero" (Jr 20,11). La imagen es poderosa: Dios no es un espectador pasivo, sino un combatiente que se pone al lado del débil. El profeta, que se identifica como un "pobre" (Jr 20,13), es decir, alguien que no tiene recursos humanos para defenderse, irrumpe en alabanza: "Cantad al Señor, alabad al Señor, que libró la vida de un pobre de mano de los malvados" (Jr 20,13).
¿Qué nos dice esto a nosotros, hombres y mujeres del siglo XXI? Que la fe no es la ausencia de problemas ni de enemigos. La fe es la certeza de que, aunque todos nos fallen, Dios permanece fiel. En una sociedad que margina a quienes defienden la vida, la familia o la verdad, el cristiano no puede rendirse al "qué dirán". Como Jeremías, estamos llamados a alabar a Dios antes de ver la liberación, porque sabemos que Él ya está actuando. La alabanza profética, que brota en medio de la angustia, es el arma más poderosa contra el desaliento.
La sobreabundancia de la gracia que vence el pecado
San Pablo, en la segunda lectura, nos eleva a una comprensión más profunda de por qué podemos tener esta confianza. El Apóstol establece un paralelismo entre Adán y Cristo que ilumina toda la historia de la salvación: "Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, y así la muerte pasó a todos los hombres, porque todos pecaron..." (Rm 5,12).
Pablo nos revela que el mal no es un accidente ni un simple error humano. El pecado es una fuerza que ha invadido la humanidad, una realidad ontológica que nos afecta a todos. No nacemos inocentes y puros en un mundo neutral; nacemos en un mundo herido, marcados por una condición que nos inclina al mal y nos separa de Dios. Pero aquí está lo asombroso: Pablo no se detiene en el diagnóstico, sino que anuncia la terapia. "Pero no sucede con el don gratuito como con el pecado; porque si por el pecado de uno solo murieron todos, ¡cuánto más la gracia de Dios y el don gratuito de la gracia que viene de un solo hombre Jesucristo ha sido derramada sobre todos en abundancia!" (Rm 5,15).
La lógica de Pablo es una lógica de la sobreabundancia. Cristo no se limita a reparar el daño de Adán; va mucho más allá. Así como el pecado tenía un alcance universal, la gracia tiene un alcance mayor. No hay ningún mal, ninguna herida, ningún pecado que la gracia de Cristo no pueda sanar. En una sociedad que a menudo se siente abrumada por la injusticia, la corrupción y la violencia, este mensaje es liberador: el mal no tiene la última palabra. La última palabra la tiene la misericordia de Dios, que se derrama abundantemente. Esta es la roca sobre la que el cristiano construye su vida y su testimonio.
Confesar a Cristo sin miedo
Jesús, en el Evangelio, aplica estas certezas teológicas a la vida concreta de sus discípulos. Les dice, y nos dice a nosotros: "No los temáis, pues; porque nada hay cubierto que no llegue a descubrirse, ni oculto que no llegue a saberse" (Mt 10,26). El miedo paraliza. El miedo hace que ocultemos la verdad, que disimulemos nuestra fe, que adaptemos el Evangelio a los criterios del mundo. Pero Jesús nos llama a la valentía de la transparencia: "Lo que os digo en la oscuridad, decidlo en la luz; y lo que oís al oído, proclamadlo desde las azoteas" (Mt 10,27).
Y entonces pronuncia la frase que debería grabarse en el corazón de todo creyente: "No temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; temed más bien a aquel que puede arrojar alma y cuerpo a la gehena" (Mt 10,28). Jesús no está incitando al miedo a Dios, sino a la fidelidad: si Dios es el único que tiene poder sobre nuestro destino eterno, entonces no debemos traicionarlo por salvar una vida temporal que de todos modos se nos escapará.
La imagen de los pajarillos es conmovedora: "¿No se venden dos pajarillos por un as? Y, sin embargo, ni uno de ellos cae en tierra sin el permiso de vuestro Padre" (Mt 10,29). En una sociedad que cosifica a la persona, que mide el valor por la productividad o la apariencia, Jesús proclama la dignidad inalienable del hijo de Dios. Si el Padre cuida hasta del pájaro más insignificante, "¡cuánto más valéis vosotros!" (Mt 10,31). La confesión pública de Cristo no es un acto heroico reservado a los mártires; es la respuesta natural de quien sabe que es amado con un amor sin medida.
¿Qué significa todo esto para nosotros hoy? En un mundo que proclama el relativismo como religión oficial, confesar a Cristo implica decir que hay verdades absolutas, que el bien y el mal no son opiniones, que la vida humana es sagrada desde la concepción hasta la muerte natural, que el matrimonio es la unión de un hombre y una mujer, que la justicia y la caridad no son opcionales. Este mensaje es incómodo para una sociedad que ha hecho de la "tolerancia" (a menudo mal entendida) su valor supremo.
Pero no se trata de imponer una ideología. Se trata de testimoniar con mansedumbre y valentía. El papa Francisco nos recuerda constantemente que la Iglesia no es una "aduana" de la fe, sino una "casa de puertas abiertas" donde todos pueden encontrar la misericordia. Sin embargo, la misericordia no es complicidad con el pecado. La verdadera caridad dice la verdad, aunque duela, como un médico que no oculta el diagnóstico para no angustiar al paciente.
El creyente de hoy está llamado a ser como Jeremías: un profeta que no calla aunque todos lo acosen. Como Pablo: un teólogo que anuncia la sobreabundancia de la gracia, más poderosa que cualquier pecado. Como Jesús: un maestro que invita a no tener miedo, porque el Padre cuenta nuestros cabellos y nos ha prometido la vida eterna. En la esfera social, esto se traduce en un compromiso activo por la justicia, la defensa de los pobres y la construcción de una civilización del amor, sin dejarnos intimidar por las corrientes dominantes.
Las lecturas de este domingo nos confrontan con una decisión fundamental: ¿Vivimos con miedo o vivimos con fe? ¿Ocultamos nuestra identidad cristiana por temor al rechazo, o la proclamamos desde las azoteas, confiando en que el Padre nos sostiene?
Si el mal, la muerte y el pecado ya han sido vencidos por Cristo en su resurrección, ¿qué nos impide realmente vivir y anunciar el Evangelio sin miedo en nuestro entorno cotidiano?
Esta pregunta no es retórica. Es el examen de conciencia que cada uno debe hacerse ante el espejo de la Palabra. Que la respuesta no sea el silencio cómplice, sino el grito gozoso de quien ha sido rescatado de la muerte y ha recibido la vida eterna. Como Jeremías, alabemos al Señor; como Pablo, confiemos en la gracia sobreabundante; como Jesús nos manda, confesémosle sin miedo. Porque el que confiesa a Cristo ante los hombres, será confesado por Él ante el Padre. Amén.




