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Pedro Viveros Viveros sx

“Dios no te sacó de Egipto para dejarte en el sofá”

Las tres lecturas de este domingo no son un discurso bonito. Son un diagnóstico del mundo y una orden directa para tu vida. No hay espectadores en el Reino.

Dios te cargó como un águila antes de pedirte algo

“Ustedes han visto lo que hice con Egipto y cómo los he llevado sobre alas de águila y los he traído a mí.” (Ex 19,4)

Cuando Dios habla así, Israel lleva siglos de esclavitud. Han conocido el látigo, el barro de los ladrillos, el llanto de sus hijos arrojados al Nilo. Han conocido la humillación de ser propiedad de otro. Y apenas acaban de salir: están en el desierto, con miedo, con hambre, con la tentación de regresar a lo conocido aunque fuera doloroso.

En ese momento, Dios no les dice: “Primero compórtense, luego los rescato”. No. Les dice: ustedes ya vieron lo que yo hice. La gracia ya actuó. La salvación ya ocurrió. Ustedes están aquí porque yo los traje, no porque ustedes lo merecieran.

“Sobre alas de águila” no es un adorno poético. En el antiguo Cercano Oriente, el águila era símbolo de fuerza, pero también de ternura protectora. Deuteronomio 32,11 describe al águila que “despierta a sus polluelos, revolotea sobre ellos, extiende sus alas, los toma y los lleva sobre sus plumas”. Es un Dios que no esconde su poder para aplastar, sino para cargar.

Y ¿hacia dónde los lleva? “Los he traído a mí”. El destino final no es la tierra prometida material, sino la presencia de Dios mismo. La meta del Éxodo no es Canaán, es el Sinaí. No es un territorio, es una relación.

Luego viene el versículo 5: “Ahora, si escuchan mi voz y guardan mi alianza, ustedes serán mi propiedad personal entre todos los pueblos”. Parece una condición, pero no lo es en el sentido mercantil. Es una condición de respuesta, no de acceso. Como cuando un esposo dice: “Si me amas, seremos felices”. El amor ya está; la condición es para el desarrollo, no para el inicio.

Dios ya los eligió. La alianza es la forma de vivir esa elección, no el precio para conseguirla.

Vivimos en una cultura de desempeño. Desde la escuela nos miden con notas. En el trabajo, con resultados. En la familia, con expectativas. Hasta en la iglesia a veces escuchamos: “Dios te bendice si eres fiel”. Y esa presión aplasta.

Esta lectura viene a romper ese esquema: Dios te amó cuando no tenías nada que ofrecerle. No necesitas limpiar tu vida para que Él te mire. Él te miró en tu esclavitud. La santidad no es el boleto de entrada, es el camino de salida. No es el requisito, es el destino.

Y si esto es verdad, entonces dejas de vivir angustiado por “merecer” el amor de Dios. Empiezas a vivir agradecido. Y la gratitud es mucho más revolucionaria que el miedo.

Te reconcilió cuando todavía eras su enemigo

“Si siendo enemigos fuimos reconciliados con Dios mediante la muerte de su Hijo, mucho más, reconciliados, seremos salvados por su vida.” (Rm 5,10)

El Éxodo ya nos mostró un Dios que rescata esclavos. Pero Pablo va más allá: nosotros no éramos solo esclavos, éramos enemigos. La palabra griega echthroi no es un tecnicismo. Significa que estábamos en guerra con Dios. No una guerra simétrica, sino una rebelión: nosotros levantando el puño contra el único que nos puede salvar.

Y aquí viene lo escandaloso: “Cristo murió por los impíos” (v. 6). “Siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (v. 8). La muerte de Cristo no ocurrió porque hubiera un grupo de buenos candidatos esperando. Ocurrió cuando el expediente humano era desastroso.

Pablo construye un razonamiento que es pura lógica pascual: si Dios hizo lo más difícil —justificar a pecadores mediante la sangre de su Hijo—, ¿cómo no va a hacer lo más fácil —salvarnos de la ira final mediante la vida del Resucitado?

No es que la “ira” de Dios sea un berrinche divino. Es la consecuencia real de rechazar la vida. Pero Pablo dice: si el problema más grave (la enemistad) ya fue resuelto en la cruz, el futuro está asegurado. La reconciliación no es un sentimiento pasajero; es un nuevo estatus ontológico: pasamos de enemigos a amigos, de deudores a hijos, de condenados a herederos.

Hoy vivimos en sociedades fracturadas. Familias divididas por herencias. Países con heridas de dictaduras o guerras civiles que nunca cicatrizaron. Iglesias rotas por luchas internas. Y la cultura del rencor nos dice: “él tiene que pedir perdón primero”, “ella no merece que la busques”.

Pero el Dios de Romanos 5 no espera que el enemigo deponga las armas. Él da el primer paso mientras el otro aún dispara. La reconciliación divina es unilateral en su iniciativa, bilateral en su recepción. Dios ya hizo todo; nosotros solo tenemos que aceptar.

Eso tiene consecuencias explosivas: los cristianos estamos llamados a ser expertos en dar el primer paso. No porque el otro lo merezca, sino porque nosotros ya recibimos lo inmerecido. No podemos predicar reconciliación con Dios y vivir enemistados con nuestro hermano.

La compasión que te mueve a la calle

“Al ver a las multitudes, sintió compasión de ellas, porque estaban exhaustas y abatidas, como ovejas sin pastor.” (Mt 9,36)

Jesús no ve masas anónimas. Ve personas. Y lo que ve le produce esplanchnizomai: un dolor en las entrañas, como un calambre de misericordia. No es lástima superficial. Es la reacción visceral de quien reconoce el sufrimiento real.

¿Y qué ve? Gente “exhausta y abatida”. La primera palabra griega (eskylmenoi) significa “desollados, acosados, como por lobos”. Son víctimas. La segunda (errimmenoi) significa “tirados en el suelo, derribados”. No es cansancio de fin de semana largo; es agotamiento de quien ha sido golpeado por la vida y por los líderes que debían cuidarlos.

“Como ovejas sin pastor” es una frase con profunda raíz en el Antiguo Testamento. Números 27,17 la usa Moisés al pedir un sucesor. Ezequiel 34 la desarrolla largamente: los pastores de Israel (reyes, sacerdotes, profetas) se han comido la leche, vestido con la lana, matado a las engordadas, pero no han buscado a las descarriadas. Por eso Dios mismo promete venir a pastorear.

Jesús es ese pastor. Pero no viene a hacerlo solo.

“La mies es mucha, los obreros pocos. Rueguen, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros”(9,37-38). Parece una oración segura: pedimos que Dios mande otros. Pero en el contexto de Mateo, la oración es el paso previo a ser enviado uno mismo. Así como Moisés oró y luego fue enviado, así los discípulos piden obreros y al versículo siguiente Jesús los envía a ellos.

El que ora por misioneros debe estar dispuesto a ser el misionero. No hay oración de intercesión que no comprometa al que ora.

Jesús da exousía (10,1). No es poder mágico. Es autoridad delegada. Los apóstoles no hacen nada por sí mismos; todo lo que hacen, Jesús ya lo hizo antes en los caps. 8-9: sanó leproso, paralítico, endemoniado, resucitó a la hija de Jairo, calmó la tempestad. Ahora ellos hacen lo mismo. Porque el discípulo no está por encima del maestro (10,24).

Pero atención: no reciben autoridad para dominar, sino para servir. Sanar, resucitar, limpiar, expulsar —todas son acciones de liberación, no de opresión. El poder en el Reino es siempre al revés.

“Gratis recibieron, den gratis” (10,8). No es solo sobre dinero. Es sobre toda forma de mercantilización de la gracia. No puedes usar los dones de Dios para hacerte un nombre, construir un imperio, cobrar por oraciones, vender “milagros”. Lo que recibiste como regalo —salvación, sanidad, perdón— debe darse como regalo.

Esto es una crítica radical a cualquier industria religiosa. La iglesia no puede ser una empresa. Los pastores no pueden ser gerentes. Los dones no pueden ser moneda de cambio.

Hoy las ovejas sin pastor están en las calles. En los hospitales públicos con listas de espera infinitas. En las escuelas de barrios marginales donde los niños llegan sin desayunar. En los ancianos abandonados en asilos. En los jóvenes que se matan porque nadie los escuchó. En los migrantes que cruzan fronteras como si fueran animales.

Y la pregunta del evangelio es: ¿quién va a ir? ¿Quién va a sanar? ¿Quién va a resucitar esperanzas? ¿Quién va a limpiar la lepra de la exclusión? ¿Quién va a expulsar los demonios de la desesperanza?

La respuesta es: . No porque seas súperdotado. Sino porque recibiste gratis.

Elegido para servir, no para quedarte quieto

Las tres lecturas forman una trayectoria:

  1. Dios te rescata sin mérito (Éxodo): no eres un esclavo, eres un hijo cargado sobre alas de águila.
  2. Dios te reconcilia siendo enemigo (Romanos): no hay rencor que Él no haya sanado primero.
  3. Dios te envía a sanar (Mateo): no hay salvación privada, no hay fe sin misión.

Y todo esto ocurre porque Dios tiene compasión. No es un juez distante. Es un pastor que sufre con sus ovejas. Es un padre que carga a su hijo. Es un reconciliador que abraza al enemigo.

Si Dios te amó sin condiciones, te reconcilió siendo su enemigo y te dio autoridad para sanar, ¿a quién estás esperando para empezar a hacer lo mismo?

No necesitas un título. Necesitas mirar a tu alrededor y ver lo que Jesús ya vio: una multitud exhausta y abatida. Y necesitas dar el primer paso. No mañana. Hoy.

Porque el mismo Dios que te llevó sobre alas de águila (Ex 19,4), que mandó a su Hijo cuando aún eras su enemigo (Rm 5,10), y que te da autoridad para sanar (Mt 10,8), te está diciendo: No te elegí para que te quedes quieto.

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