Skip to main content
Pedro Viveros Viveros s.x.

La misericordia que libera: seguir a Jesús en medio del sufrimiento y la injusticia

X Domingo del Tiempo Ordinario

Tres lecturas bíblicas —Oseas, San Pablo y el Evangelio de Mateo— nos interpelan este domingo desde el corazón de la fe. No son textos abstractos. Son Palabra viva que ilumina el sufrimiento concreto de nuestros pueblos: violencia, desigualdad, migración, despojo, exclusión. Ante ese dolor, la fe no puede callarse. La liturgia nos ofrece hoy una teología de la misericordia que exige un seguimiento comprometido de Jesucristo.

Conocer a Dios es practicar la justicia

El profeta Oseas denuncia que Israel ha reducido su relación con Dios a un culto vacío. Ofrecen sacrificios, pero han roto la alianza oprimiendo al pobre y al indefenso. La palabra clave en hebreo es jesed: lealtad misericordiosa, fidelidad activa al pacto que exige justicia social. Cuando Dios dice “Misericordia quiero, y no sacrificios; conocimiento de Dios, más que holocaustos” (Os 6,6), no rechaza el culto legítimo, sino que lo pone en su lugar: sin misericordia con el necesitado, el culto se vuelve mentira. Conocer a Dios, en la Biblia, es comprometerse con la liberación del oprimido.

El seguidor de Jesucristo, en una sociedad herida, no puede contentarse con actos religiosos desencarnados. La primera obra de misericordia espiritual es enseñar al que no sabe, pero también la primera obra de misericordia corporal es dar de comer al hambriento y defender al desvalido. Como nos recuerda el Papa Francisco en Evangelii Gaudium“Tantas heridas, tanto dolor. Hay que salir al encuentro, tender la mano, levantar al caído”. Concretamente, el discípulo de Jesús se organiza con los pobres para transformar las estructuras que generan pobreza.

La fe que resucita esperanza en la historia

San Pablo presenta a Abraham como padre de todos los creyentes. Abraham cree en el Dios “que da vida a los muertos y llama a la existencia lo que no existe” (Rom 4,17). Su fe no es un sentimiento individualista. Es la certeza de que Dios puede hacer nacer un pueblo nuevo (descendencia como las estrellas) allí donde solo hay esterilidad: tierras confiscadas, salarios injustos, sistemas que excluyen. “Contra toda esperanza, creyó con esperanza” (Rom 4,18). Y esa misma fe se aplica a nosotros: Jesús “fue entregado por nuestras transgresiones y resucitado para nuestra justificación” (Rom 4,25). La resurrección es la garantía de que la injusticia y la muerte no tienen la última palabra.


El seguidor de Jesús, ante contextos de muerte —violencia institucional, pobreza extrema, desapariciones, sufrimiento inocente— no sucumbe al cinismo ni a la desesperanza. Su fe se traduce en lucha por la vida, resistencia pacífica, construcción de alternativas económicas solidarias y memoria profética de las víctimas. La resurrección impulsa a levantar a los caídos, a denunciar las tumbas encubiertas del poder y a anunciar que otro mundo es posible. Como dice el Catecismo de la Iglesia Católica (n. 1821): “La virtud de la esperanza nos mantiene en la alegría” incluso en medio del sufrimiento.

La mesa que subvierte el orden excluyente

Jesús ve a Mateo, un publicano —colaborador del imperio romano, despreciado social y religiosamente— y le dice: “Sígueme”. Sin condiciones previas. Mateo se levanta y lo sigue. Después, Jesús se sienta a la mesa con muchos publicanos y pecadores. En la cultura judía, compartir la mesa significaba comunión, amistad y alianza. Los fariseos preguntan escandalizados: “¿Por qué come vuestro Maestro con publicanos y pecadores?” (Mt 9,11). Jesús responde con una enseñanza central de nuestra fe: “No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. Vayan, pues, y aprendan qué significa: ‘Misericordia quiero, y no sacrificios’. Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores” (Mt 9,12-13). Jesús no condena la práctica religiosa en sí misma, sino su perversión: convertir las normas en barreras para excluir a quienes más necesitan a Dios.


El seguidor de Jesús está llamado a romper las mesas de la exclusión (discriminación de clase, etnia, origen migrante, situación penal o condición social) y a construir mesas de comunión con los despreciados por el sistema. Esto implica:

  • Acoger al migrante no como un problema, sino como un hermano que comparte la misma mesa.
  • Visitar al preso no para “convertirlo”, sino para reconocer su dignidad y, si es necesario, denunciar las injusticias del sistema penal.
  • Comer con el pobre, no solo darle comida, sino compartir la vida.
    El Papa Francisco, en Fratelli Tutti, nos recuerda que la verdadera caridad es la que “integra, incluye y levanta al que sufre”.

Misericordia como liberación

Las tres lecturas convergen en un mensaje central:

La verdadera práctica religiosa no es un culto desencarnado, sino el seguimiento de Jesucristo que se hace carne en los crucificados de la historia. La misericordia divina es justicia que restaura, comunidad que acoge, lucha por la vida donde el poder instaura la muerte.

El seguidor de Jesús, iluminado por estas lecturas, no puede mirar para otro lado. La misericordia de Dios no es un sentimiento piadoso. Es un compromiso concreto con la dignidad de todo ser humano, especialmente del más débil.

¿Qué “publicanos” de tu barrio, tu parroquia o tu ciudad —los que el sistema descarta y tu comodidad evita— está llamando Jesucristo a sentar a tu mesa, y qué estructuras de pecado tendrías que cuestionar para que esa mesa sea posible?

¿Te ha gustado este artículo?

¡Compártelo!

Cd de México - Teología

Teologado Internacional San Francisco Xavier

C. Canarias 410 Col Portales Del. Benito Juárez 033000 Ciudad de México