La tentación de mirar al cielo
El relato de Lucas comienza con un gesto muy humano: los discípulos, después de ver a Jesús ascender, se quedan «con la mirada puesta en el cielo» (Hch 1,10). Es comprensible. Acaban de perder —otra vez— la presencia física de su Maestro. Pero los dos varones con vestiduras blancas los interpelan con una pregunta que resuena hasta hoy: «Varones galileos, ¿por qué estáis mirando al cielo?» (Hch 1,11).
La pregunta es teológicamente brutal. No es que el cielo carezca de importancia; es que mirar al cielo puede convertirse en una forma de huir de la tierra. Los discípulos estaban cayendo en una espiritualidad de la ausencia, del recuerdo, de la espera pasiva. Jesús, en cambio, les había dicho claramente: «No os toca a vosotros saber los tiempos o las sazones que el Padre puso en su sola potestad; pero recibiréis poder cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra» (Hch 1,7-8).
Nótese el movimiento: del cielo a la tierra, de la especulación a la misión, de la pasividad al testimonio. Los discípulos querían saber cuándo se restauraría el reino de Israel (una pregunta política, nacionalista, de restauración de poder terrenal). Jesús desactiva esa lógica: no se trata de fechas, ni de recuperar glorias pasadas, ni de imponer un reino por la fuerza. Se trata de recibir poder del Espíritu para ser testigos.
La autoridad que fundamenta la acción
Pablo —o el autor paulino— no nos deja en la mera exhortación moral. Nos ofrece el fundamento teológico más sólido posible. En Efesios 1,17‑23, su oración por la comunidad es que Dios les conceda «espíritu de sabiduría y de revelación» para comprender tres cosas: la esperanza del llamamiento, las riquezas de la herencia y, sobre todo, «cuál la supereminente grandeza de su poder para con nosotros los que creemos, según la operación del poder de su fuerza» (Ef 1,19).
¿Y dónde se manifestó ese poder de manera más plena? En la resurrección y entronización de Cristo: «resucitándole de los muertos y sentándole a su diestra en los lugares celestiales, sobre todo principado, autoridad, poder, señorío, y todo nombre que se nombra, no solo en este siglo, sino también en el venidero» (Ef 1,20-21).
El texto es revolucionario en un contexto social como el nuestro. Vivimos en una época donde los poderes parecen absolutos: el poder económico de las grandes corporaciones, el poder político de los populismos y autoritarismos, el poder mediático que manipula emociones, el poder tecnológico que vigila y controla, el poder simbólico de las ideologías que se presentan como únicas verdades. Frente a todo eso, Pablo afirma que Cristo está por encima de todo principado, autoridad, poder y señorío.
Esto no es un consuelo espiritualista. Es una declaración de guerra en el terreno de las realidades. Significa que ningún sistema totalitario tiene la última palabra. Significa que la injusticia, la opresión, la corrupción y la muerte no son señores absolutos. Significa que, por más que la historia parezca avanzar en dirección contraria, ya hay un Señor entronizado que gobierna el cosmos. La Iglesia no es una minoría asustada; es el «cuerpo de Cristo» y su «plenitud» (Ef 1,22-23). Es decir, la Iglesia es la prolongación visible de ese gobierno de Cristo en la historia.
Aplicación social hoy:
¿Cómo se traduce esto en la vida cotidiana? En que los cristianos no tenemos derecho a la desesperación. Podemos denunciar la injusticia sin cynismo, trabajar por la paz sin ingenuidad, resistir a los poderes opresores sin miedo paralizante. Porque sabemos que el poder de Cristo resucitado está operando ya. No se trata de triunfalismo —muchas veces seremos derrotados en el plano inmediato— sino de esperanza pascual: la última palabra no es del Imperio, sino del Cordero.
Además, Pablo ora para que los creyentes conozcan «las riquezas de la gloria de su herencia en los santos» (Ef 1,18). Hermoso giro: no se trata de lo que nosotros heredamos, sino de que nosotros somos la herencia de Dios. Él nos ha elegido como su tesoro. Eso significa que cada persona, cada comunidad, cada pobre, cada marginado, es propiedad sagrada de Dios. Y eso funda una ética social innegociable: ningún ser humano puede ser tratado como desecho, como mercancía o como enemigo.
En nuestras comunidades eclesiales, a menudo caemos en el mismo error. Nos pasamos el tiempo discutiendo sobre el futuro de la Iglesia, añorando el pasado, elaborando diagnósticos sin fin, o esperando que Dios resuelva mágicamente los problemas del mundo. Mientras tanto, la pobreza crece, la desigualdad se profundiza, los migrantes son rechazados, la casa común arde y los jóvenes se alejan no por maldad, sino porque no ven una fe que transforme la tierra. La Ascensión nos dice: deja de mirar al cielo como un lugar de escape. El Señor no está allá arriba esperando que le admires; está ya en la tierra, esperando que le sirvas en el hermano.
Y ese servicio no es cualquier cosa: es testimonio. Ser testigo no es imponer verdades, sino vivir de tal manera que otros puedan decir: «Ahí hay algo distinto. Ahí hay esperanza real». En un mundo saturado de discursos vacíos, el testimonio de una comunidad que ama sin cálculos, que perdona sin condiciones, que trabaja por la justicia sin buscar protagonismo, sigue siendo el mejor argumento para la fe.
El envío a todas las naciones
Finalmente, Mateo 28,16‑20 nos sitúa en el monte de Galilea. No es un lugar casual. Galilea era la periferia, la región despreciada, tierra de gentiles, donde Jesús comenzó su ministerio. Allí, los once discípulos —el colegio apostólico restaurado pero aún frágil— se postran ante Jesús resucitado, «pero algunos dudaron» (Mt 28,17). Mateo no oculta la duda. Incluso en presencia del Resucitado, la fe es una lucha.
Jesús no los reprende. No les dice: «Primero resuelvan sus dudas, después les envío». Al contrario, se acerca —gesto de iniciativa divina— y declara: «Toda potestad me ha sido dada en el cielo y en la tierra» (Mt 28,18). Sobre esa autoridad universal, no sobre la perfección de los discípulos, funda la misión: «Id, pues, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado» (Mt 28,19-20).
El mandato es estructuralmente universal. No se puede encerrar la fe en una cultura, una nación o un grupo étnico. El evangelio no es propiedad privada de Occidente ni de ninguna tradición religiosa. Es para todas las naciones (panta ta ethnē). Eso significa, en términos sociales, que la Iglesia debe ser intercultural, acogedora de la diversidad, incapaz de identificarse con ningún nacionalismo o proyecto de poder excluyente.
Pero el mandato no termina en el bautismo. Incluye «enseñarles a guardar todo lo que os he mandado». Es decir, la misión es ética y catequética. No basta con incorporar gente a la comunidad; hay que formar discípulos que vivan como Jesús vivió: el perdón sin límites, el amor a los enemigos, la opción por los últimos, la justicia del Reino. Una fe sin ética es una religión vacía. Y una ética sin fe corre el riesgo de quedarse en humanismo sin raíces.
Aplicación social hoy:
La Gran Comisión nos saca del templo y nos lanza a la calle, al mercado, a la política, a la universidad, al barrio, a la fábrica. No se trata de hacer proselitismo agresivo, sino de hacer discípulos: personas que aprenden a vivir según Jesús en medio de este mundo. Y eso requiere presencia real, compromiso sostenido, paciencia pedagógica.
Además, el texto incluye la fórmula trinitaria del bautismo. No es un dato menor: significa que el discípulo no actúa solo, sino inserto en la comunión del Padre creador, del Hijo redentor y del Espíritu santificador. La misión es trinitaria, es decir, relacional, comunitaria, no individualista. En un contexto social donde el individualismo y la soledad son pandemia, esta dimensión comunitaria del discipulado es un antídoto profético.
Finalmente, la promesa final: «Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo» (Mt 28,20). El que ha ascendido al cielo no está ausente. Está presente de otra manera: no físicamente limitado, sino gloriosamente universal. Cada Eucaristía, cada oración, cada acto de amor al hermano, es encuentro con el Resucitado. La Ascensión no nos deja solos; nos multiplica su presencia.
Del monte a la calle, de la Ascensión a Pentecostés
La Ascensión no es un final, sino un puente. El que sube al cielo —como vimos en Hechos— es el mismo que desde los cielos gobierna la historia —como vimos en Efesios— y nos envía a todas las naciones con su presencia asegurada —como vimos en Mateo.
Por eso, en medio de un mundo herido por la guerra, la desigualdad, el descarte y la desesperanza, los cristianos no podemos permitirnos el lujo de mirar al cielo. No podemos quedarnos encerrados en sacristías, en debates intraeclesiales estériles o en espiritualidades que evaden los problemas reales.
La Ascensión nos devuelve a la tierra con poder. El poder de saber que no estamos solos. El poder de saber que Cristo reina. El poder de saber que su Espíritu está a punto de ser derramado.
Porque sí: dentro de pocos días es Pentecostés. El que subió, enviará al Consolador. Y entonces, lo que comenzó como un grupo de dudosos en un monte de Galilea se convertirá en un movimiento imparable que cambiará la historia.
No te quedes mirando al cielo. Baja del monte. Vuelve a tu casa, a tu trabajo, a tu barrio. Y allí, con la autoridad del Resucitado y la fuerza del Espíritu que viene, sé testigo.




