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Pedro Viveros Viveros s.x.

El Espíritu no deja huérfanas a las madres que luchan

“No les dejaré huérfanos; vendré a ustedes” (Jn 14,18)

Este VI Domingo de Pascua, la liturgia nos regala tres textos que parecen escritos pensando en el corazón de las madres mexicanas. Madres que buscan a sus hijos desaparecidos. Madres solteras que cargan solas con el peso del hogar. Madres que reciben golpes en lugar de caricias. Madres que madrugan para llevar el pan a la mesa mientras el mundo las ignora. A todas ellas, la Palabra de Dios les dice algo que la sociedad aún no termina de comprender: no están solas, no son huérfanas, el Espíritu de Jesús habita en medio de su lucha.

Los Hechos de los Apóstoles nos cuentan que “Felipe bajó a la ciudad de Samaria y les predicaba al Mesías. La multitud prestaba atención porque oían y veían las señales que realizaba: de muchos endemoniados salían los espíritus y muchos paralíticos y cojos quedaban curados. Y hubo gran alegría en aquella ciudad” (Hch 8,5-8). Samaria era tierra de excluidos, de los que la sociedad religiosa daba por perdidos. Allí fue Felipe. No esperó a que vinieran a Jerusalén: bajó. Hoy, Dios sigue bajando a las periferias donde viven las madres que nadie visita: colonias sin agua, cuartos de renta, filas interminables en el transporte público. Y sucede lo mismo que entonces: hay sanación, hay liberación, hay alegría. No una alegría ingenua, sino la que nace de saber que Dios no ha olvidado tu dirección.

Más tarde, “cuando los apóstoles oyeron que Samaria había aceptado la Palabra de Dios, les enviaron a Pedro y a Juan. Estos bajaron y oraron por ellos para que recibieran el Espíritu Santo […] entonces les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo” (Hch8,14-17). Las madres solteras, las madres maltratadas, las que buscan un hijo en el anonimato de una fosa o en las calles de otro estado, también necesitan que alguien imponga las manos sobre ellas. No solo ayuda material, sino una comunidad que ore, que acompañe, que no las deje solas. El Espíritu Santo no es un lujo para perfectos. Es el aliento de Dios para las que ya no tienen fuerzas. Es quien susurra en la madrugada: sigue caminando, yo voy contigo.

San Pedro, por su parte, escribe a comunidades perseguidas y calumniadas, y sus palabras resuenan con fuerza entre las madres que sufren en silencio: “Esten siempre preparados para responder a todo el que les pida razón de nuestra esperanza. Pero hacedlo con mansedumbre y respeto” (1 Pe 3,15-16). ¿Cómo pedir a una madre que ha sido golpeada, abandonada o ignorada que tenga esperanza? Porque la esperanza cristiana no es optimismo barato. Es saber que el mal no tiene la última palabra. Es haber visto, en medio del infierno, un gesto de solidaridad, una mano tendida, una oración compartida. San Pedro les dice que pueden responder con mansedumbre. No con violencia, no con resignación, sino con la fuerza de quien ha sido sostenida por Dios. La sociedad necesita escuchar su testimonio. Porque una madre que lucha y no se rinde es el signo más claro de que el Resucitado sigue vivo.

El evangelio de Juan recoge entonces la promesa más hermosa para una madre que tiene miedo de dejar solos a sus hijos o que siente que el mundo los ha abandonado. Jesús dice: “Si me amán, guardarán mis mandamientos. Y yo rogaré al Padre, y les dará otro Paráclito, para que esté con ustedes para siempre […] No los dejaré huérfanos; vendré a ustedes” (Jn 14,15-16.18).

Esta palabra es un manantial en medio del desierto. “No los dejaré huérfanos” es una promesa que se enfrenta directamente a la realidad que viven muchas madres en México: la orfandad de un hijo que se fue y no volvió, la orfandad de una pareja que huyó y dejó el vacío, la orfandad de un Estado que no protege, la orfandad de una sociedad que mira hacia otro lado. Jesús no promete que el sufrimiento desaparezca, pero promete que no estaremos solos en él. El Paráclito es el Consolador, el Abogado, el que está siempre al lado. No es una idea abstracta. Es una presencia real que se hace carne en cada abrazo de una vecina, en cada palabra de aliento en la comunidad de fe, en cada gesto de solidaridad que rompe el silencio. Por eso Jesús añade: “El que tiene mis mandamientos y los guarda, ese es el que me ama; y el que me ama será amado por mi Padre; y yo le amaré y me manifestaré a él” (Jn 14,21). Guardar los mandamientos no es otra cosa que amar como Él amó: con ternura incondicional, con entrega sin medida, con gratuidad absoluta. Y ese amor se manifiesta, se hace rostro concreto, especialmente en el servicio a los más pequeños, a los que sufren, a los que lloran.

Apreciadas madres, querida sociedad mexicana: no basta felicitar a las madres con un pastel y una rosa. La comunidad cristiana está llamada a ser hoy “Pedro y Juan” que salen al encuentro de las madres samaritanas de nuestro tiempo: las que buscan en fosas, las que huyen de su casa con sus hijos, las que trabajan doce horas y llegan a una casa vacía. La Iglesia está llamada a ser Paráclito para ellas: consuelo que no juzga, defensa que no abandona, comunidad que no excluye. El VI Domingo de Pascua no termina en el templo. Termina en la calle, en la fila del comedor comunitario, en la marcha de madres buscadoras, en la casa de la vecina que ya no sabe cómo pedir ayuda. Porque el Resucitado sigue vivo, y su Espíritu sigue actuando. Como dice la Escritura: “Porque yo vivo, ustedes también vivirán” (Jn 14,19).

¿Qué madre samaritana, herida o huérfana está esperando hoy que yo sea para ella el Espíritu que consuela y la mano que impone esperanza?

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