Una palabra para quien ya no quiere seguir
Tal vez llegaste aquí sin ganas. Tal vez hoy te levantaste preguntándote para qué. Tal vez sientes que no encajas, que sobres, que nadie te entiende. Tal vez has pensado que ya no vale la pena. Tal vez eres víctima del narco, del abandono, de una familia rota, de una Iglesia que te juzgó, de una sociedad que te escupió.
Quiero que sepas algo antes de seguir: este artículo no es para darte consejos baratos. Es para que escuches una voz que viene de más allá de la muerte. Es la voz del Resucitado.
El V domingo de Pascua no es un domingo bonito. Es el domingo donde Jesús, que ya fue torturado, ejecutado y sepultado, está de pie. Y te dice a ti, joven mexicano, el que se siente solo, el que ya no soporta, el que piensa que Dios lo abandonó: “No se turbe tu corazón” (Jn 14,1).
No es una frase mágica. Es una orden dicha con la boca rota por los golpes. Es alguien que sí sabe lo que es querer morir. Y sin embargo, dice: no te turbes. Porque Él pasó por la turbación más grande y la venció.
Para el que se siente invisible
La primera lectura nos habla de unos que se sentían invisibles: los helenistas, judíos de habla griega, migrantes, desplazados. Ellos también creían, también estaban en la comunidad, pero sus viudas no recibían comida. Eran los que no encajaban. Los que la sociedad dejaba fuera.
Y la comunidad primitiva, guiada por el Espíritu Santo, hizo algo que ninguna sociedad hace normalmente: los vieron. No les dijeron “toleren”. No les dijeron “tengan fe, Dios proveerá”. Les dijeron: “Vamos a elegir a siete de ustedes, llenos del Espíritu, para que nadie quede fuera” (Hch 6,3).
Eso es el Evangelio cuando no es mentira: los que sobran para el mundo son los primeros para la Iglesia.
Joven que te sientes invisible: el Resucitado te ve. No eres un número más en la lista de desaparecidos estadísticos. No eres una carga para tu familia. Tú eres de los siete. Tú puedes estar en la mesa del servicio. No porque seas perfecto, sino porque el Espíritu quiere llenarte.
Si has pensado en suicidarte, escucha esto: tú eres necesario en esta mesa. La comunidad necesita tu lugar vacío lleno de ti. La Iglesia de México no será completa sin tu voz, tu dolor, tu rabia, tu ternura.
Para el que se siente desechado
La segunda lectura es un balazo de esperanza para el que se siente basura. El mundo te ha dicho que no sirves, que eres un estorbo, que no das el ancho, que eres raro, que tu forma de ser o de amar no es aceptable. El mundo te ha escupido.
Pedro, que también falló, que también negó a Jesús, escribe: “Acérquense a Él, piedra viva, desechada ciertamente por los hombres, pero para Dios escogida y preciosa. Ustedes también, como piedras vivas, sean edificados” (1 Pe 2,4-5).
¿Te das cuenta? Cristo mismo fue desechado. Los hombres dijeron de Él: “Sobra, estorba, muérete”. Y lo colgaron en una cruz. Pero Dios dijo: “Él es mi escogido, mi precioso”. Y lo resucitó.
Tú eres como Cristo en eso: el mundo te desecha, pero Dios te escoge. No importa si te sientes raro, si piensas que no encajas en tu escuela, en tu familia, en tu parroquia, en tu género, en tu barrio. Para Dios, tú eres piedra preciosa.
Y más todavía: “Ustedes son linaje escogido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido por Dios” (1 Pe 2,9). ¿Qué significa eso para alguien que piensa en matarse? Significa que tu vida no te pertenece para tirarla. Tu vida le pertenece a Dios para anunciar. Anunciar que de las tinieblas se puede salir. Que la luz admirable existe. Que la oscuridad no tiene la última palabra.
Para el que no encuentra camino
Llegamos al Evangelio. Jesús está a punto de morir. Sus amigos están destrozados. Tomás, el que siempre ve el lado oscuro, dice: “Señor, no sabemos a dónde vas; ¿cómo vamos a saber el camino?” (Jn 14,5). Felipe, el que busca pruebas, dice: “Muéstranos al Padre” (Jn 14,8).
Jesús no se enoja con su duda. No los regaña por tener miedo. Les responde: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn 14,6).
Joven perdido: no necesitas tener claro todo el mapa. No necesitas saber qué estudiar, si vas a encontrar trabajo, si alguien te va a amar, si vale la pena seguir. El camino no es una meta, es una persona. Y esa persona está contigo aunque no lo sientas.
Si eres víctima de los acontecimientos sociales –desplazado por el narco, hijo de un desaparecido, testigo de violencia–, el mundo te ha robado el camino. Pero el Resucitado te dice: “Yo soy el camino”. No el camino fácil. El camino real, el que pasa por la cruz y llega a la vida.
Y luego lo más fuerte: “El que cree en mí, las obras que yo hago también él las hará, y más grandes que éstas hará” (Jn 14,12).
Joven que se siente pequeño: tú puedes hacer obras más grandes que Jesús. No en poder, sino en testimonio. Un joven que decide no matarse está haciendo una obra más grande que resucitar un muerto, porque está eligiendo la vida en medio de la muerte. Un joven que sale de la depresión y ayuda a otro está haciendo una obra gigante. Un joven que perdona a su agresor está haciendo algo que ni el imperio romano pudo hacer.
Lo que el Resucitado te dice directamente
Joven que estás leyendo esto con lágrimas en los ojos:
No se te turbe el corazón. No te turben tus propios pensamientos. No te turben las voces que te dicen que no vales. No te turben las pesadillas, los ataques de pánico, las ganas de desaparecer.
Yo soy el camino. No necesitas saber todo el futuro. Un paso a la vez. Un día a la vez. Un respiro a la vez.
Yo soy la verdad. La verdad sobre ti es que eres amado. No es verdad que eres un error. No es verdad que Dios te odia. No es verdad que nadie te va a llorar.
Yo soy la vida. Y no la vida a medias, la vida aplastada, la vida gris. La vida en abundancia. La que empieza hoy, aunque hoy duela.
Joven rechazado: tú eres piedra viva. No piedra muerta. No estadística de suicidio. No nombre en una lista de desaparecidos. No caso clínico.
Joven víctima: no cargues solo con el dolor. La comunidad de los siete te recibe. La casa espiritual tiene un cuarto para ti. El sacerdocio real te ordena para anunciar, desde tu herida, que Dios no abandona.
Joven que piensa en el suicidio: quédate. Un día más. Una hora más. Un minuto más. El Resucitado no te juzga por tu dolor. Él también sudó sangre. Él también gritó “¿por qué me has abandonado?”. Y sin embargo, al tercer día, resucitó. Tu tercer día va a llegar. No te vayas antes.
Como decía Pedro Casaldáliga: “La fe no es la certeza de que todo irá bien; es la certeza de que Dios va con nosotros aunque todo vaya mal”.
Dios va contigo. Aunque no lo sientas. Aunque te hayan dicho lo contrario. Aunque la Iglesia te haya herido. Aunque tu familia no te entienda. Aunque la sociedad te haya escupido. El Resucitado va contigo.
i Cristo resucitado está hoy frente a ti, con las manos llenas de llagas por haberte amado, y no te pide que seas perfecto, ni que tengas la fe resuelta, ni que finjas que no duele; si Él, que también fue desechado, incomprendido, traicionado y muerto, te mira a los ojos y te dice: “Yo sé lo que es querer que termine todo. Yo sé lo que es sentir que el Padre me abandonó. Y aún así, me quedé. ¿Te quedas conmigo, aunque sea un día más, aunque no sientas nada, aunque sólo sea por no dejarme solo a Mí también?”, ¿qué parte de ti, esa que ni tú conocías, va a responder? ¿Y qué vas a hacer con esa respuesta mañana, cuando el sol salga y el dolor siga ahí?”




