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Pedro Viveros Viveros s.x.

Dios no abandona: El arte de florecer donde duele

Una mirada desde el IV domingo de Pascua a la juventud mexicana

Cada año, el IV domingo de Pascua —conocido como el “Domingo del Buen Pastor”— la Iglesia nos regala tres lecturas que parecen escritas pensando en nuestra realidad mexicana. Hechos 2, 1 Pedro 2 y Juan 10 no son textos ingenuos ni lejanos. Hablan de jóvenes perseguidos, de esclavos maltratados, de ovejas descarriadas. Es decir: hablan de nosotros.

Hoy, jóvenes de México, quiero invitarlos a escuchar de nuevo estas palabras. No como un recordatorio piadoso más, sino como una inyección de esperanza para un país donde el cansancio, el miedo y la indiferencia quieren robarles la alegría.

Porque esto es lo que Dios les dice hoy: No han sido abandonados. Aún se puede florecer donde duele.

Lo que duele no es el final: Pentecostés en tierra de nadie,

Cuando Pedro se levanta a hablar en Pentecostés (Hch 2,14a), los apóstoles eran en su mayoría jóvenes. Galileos sin títulos, sin dinero, sin influencia. Días antes habían huido por miedo. Ahora, de pie ante una multitud hostil —la misma que había pedido la cruz de Jesús—, algo cambió.

¿Qué pasó? El texto lo dice: recibieron el Espíritu (Hch 2,1-4). No un espíritu de venganza, sino de verdad. Y Pedro, con esa fuerza inesperada, clama: “A este Jesús, a quien ustedes crucificaron, Dios lo ha hecho Señor y Mesías” (Hch 2,36).

La reacción: un corazón atravesado

El versículo 37 usa una palabra griega brutal: katenygēsan, que significa “ser perforado por dentro”, como un cuchillo que entra hasta el fondo. Esa es la experiencia de quien ha sido herido por la vida, pero también de quien reconoce que su dolor no es gratuito.

Jóvenes mexicanos, ¿se han sentido atravesados? Quizá por:

  • La violencia que arrancó a un amigo o familiar.
  • La falta de un trabajo que les devuelva la dignidad.
  • El silencio de un Estado que no los escucha.
  • La soledad de una cuarentena o de una depresión que nadie entiende.

El texto no minimiza ese dolor. Lo asume. Pero no se queda ahí. Porque esos mismos jóvenes heridos preguntan: “¿Qué haremos?” (v. 37). Y la respuesta de Pedro no es un sermón vacío: “Arrepiéntanse, y bautícese cada uno en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados, y recibirán el Espíritu Santo” (v. 38).

La conversión como giro, no como sometimiento

“Arrepentirse” (metanoeō) no significa odiarse a uno mismo. Significa dar la vuelta. Cambiar la dirección. Dejar de caminar hacia el abismo y empezar a caminar hacia la vida. Y el bautismo no es un trámite religioso: era, en aquel mundo, un acto de pertenencia a una nueva familia, la única que podía protegerlos del imperio romano y de sus propias culpas.

Pedro les dice: “Salvaos de esta generación perversa” (v. 40). No los invita a huir del mundo, sino a no dejarse arrastrar por la lógica del sistema que mata, excluye y miente. Y al final del día, tres mil jóvenes se sumaron. Tres mil personas dijeron: “Basta. Vamos a intentar algo distinto”.

Mensaje para hoy: Tu dolor puede ser semilla

En México, el dolor puede paralizar o puede movilizar. Pentecostés nos enseña que el mismo corazón atravesado por el sufrimiento puede abrirse a la gracia. No necesitas tener la vida resuelta para seguir a Cristo. Necesitas estar vivo, aunque estés roto. Y atreverte a preguntar: “¿Qué hago, Señor?”. Esa pregunta es ya el principio de la esperanza.

Cuando el maltrato te desgasta: la resistencia del Cordero,

La segunda lectura del IV domingo de Pascua es durísima. Porque está dirigida a esclavos (oikétai, 1 Pe 2,18). Personas sin derechos, cuyo cuerpo no les pertenecía, que trabajaban bajo látigo y capricho ajeno.

El autor les dice algo aparentemente escandaloso: “Si haciendo el bien y sufriendo lo soportan, eso es grato a Dios” (1 Pe 2,20b). Cuidado. Esto no es un manual de sumisión. Es un manual de supervivencia digna. Porque en un mundo donde no puedes cambiar tu condición de esclavo, sí puedes cambiar cómo respondes al maltrato.

Cristo, el esclavo modelo (pero no cualquier modelo)

Luego viene la clave: “Cristo sufrió por ustedes, dejándoles hypogrammos (ejemplo) para que sigan sus huellas” (v. 21). Hypogrammos era la hoja de caligrafía que los niños copiaban letra por letra. Jesús es el trazo perfecto. ¿Y qué trazo dejó?

  • No pecó (v. 22): no respondió con la misma moneda.
  • No devolvía ultraje por ultraje (v. 23): no entró en el círculo vicioso de la violencia.
  • No amenazaba (v. 23): no recurrió al miedo como arma.
  • Se encomendaba al que juzga justamente (v. 23): confió en Dios, no en su propia fuerza.

Y luego la declaración más poderosa: “Él mismo llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, muertos a los pecados, vivamos a la justicia” (v. 24).

¿Qué significa esto para un joven mexicano hoy?

No eres esclavo, pero quizá te sientes esclavo de la desesperanza. Esclavo de un sistema educativo deficiente, de un mercado laboral que te excluye, de una cultura de la violencia que te normaliza, o de adicciones que te consumen.

El texto no te dice que te resignes. Te dice: no te conviertas en lo que odias. Si respondes con odio, con violencia, con corrupción, estás perdiendo tu alma. Cristo te ofrece otro camino: el del Cordero que no embiste, pero tampoco se deja aniquilar. Un Cordero que, desde la cruz, ganó la batalla más grande.

La sanación llega por las heridas

Lo más increíble es el versículo 24c: “Por cuya herida fueron ustedes sanados” (citando Is 53,5). La palabra griega mōlōpi significa “cardenal, marca de latigazo”. Es decir: las marcas de la violencia sobre Cristo se convierten en medicina.

Esto es profundamente sanador para un país como el nuestro, lleno de cicatrices. Dios no nos ofrece borrar el dolor, sino transfigurarlo. Tus heridas de abandono, de violencia familiar, de exclusión, pueden volverse fuente de comprensión para otros. Puedes ser consuelo porque fuiste consolado. Puedes ser voz porque te silenciaron.

Finalmente, el texto termina: “Ustedes andaban descarriados como ovejas, pero ahora han vuelto al Pastor y Obispo de sus almas” (v. 25). “Obispo” (episkopos) significa “supervisor, guardián”. Cristo no es un jefe lejano. Es alguien que vigila tu sueño, que atiende tu noche, que camina a tu lado en el barrio más peligroso

No eres cualquier oveja: te llama por tu nombre

En el evangelio del IV domingo de Pascua, Jesús mezcla dos metáforas. Primero, habla del pastor que entra legítimamente por la puerta (Jn 10,1-5). Luego, cambia y dice: “Yo soy la puerta” (v. 7). ¿Contradicción? No. Es una estrategia de enseñanza: primero describe la relación pastor-ovejas, luego se auto-designa como el único acceso.

Esto era explosivo en su contexto. Porque los líderes religiosos de Israel se consideraban pastores del pueblo. Jesús les dice: “Ustedes son ladrones y salteadores” (v. 8). Y la palabra lēstēs no es solo “ratero”, sino insurrecto violento, como Barrabás. Acusación política y religiosa.

El redil, la voz, el nombre

El redil es el espacio de protección. En Palestina, era un corral de piedra con una única puerta. El pastor se acercaba, el portero abría, y las ovejas escuchaban su voz (v. 3). No cualquier voz: la voz de quien las llama por su nombre.

Joven, escucha esto con atención. En un país donde los jóvenes somos estadística, donde las desapariciones convierten a las personas en números, donde las redes sociales nos etiquetan pero no nos ven, Cristo te llama por tu nombre. No “usuario 274”. No “expediente 36”. No “el hijo del problema”. Tu nombre. El que tu mamá pronunció con ternura. El que tienes grabado en el corazón de Dios.

La vida abundante: ¿qué es realmente?

El versículo 10 es uno de los más malinterpretados de la Biblia. Jesús dice: “Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia.”

No es prosperidad económica. No es éxito sin problemas. En el evangelio de Juan, “vida abundante” (zōēn perisson) es conocimiento íntimo de Dios (Jn 17,3), comunión fraterna, valentía para testificar, capacidad de amar hasta el extremo. Es la vida que florece incluso entre ruinas.

Salir y entrar: libertad con raíces

“Entrará y saldrá y hallará pastos” (v. 9). Hermosa imagen: el cristiano no está encerrado en un redil opresivo, con miedo a salir. Tampoco anda suelto sin rumbo. Entra para descansar y salir para misionar. Entra para orar y sale para transformar su entorno.

En México, muchos jóvenes se sienten atrapados: en su casa violenta, en su colonia tomada por el crimen, en su trabajo explotador. Jesús te dice: “Mi redil no es una cárcel. Mi puerta es ancha para entrar y salir. Y fuera hay pastos —justicia, comunidad, esperanza—. No estás condenado a quedarte donde te duele, pero tampoco a huir sin rumbo.”

Los ladrones de hoy

Jesús nombra a los enemigos: los que saltan la cerca (v. 1), los que vinieron antes (v. 8), el ladrón que roba, mata y destruye (v. 10). En México, los ladrones tienen nombre:

  • El crimen que roba futuro.
  • La corrupción que mata la confianza.
  • El individualismo que destruye la comunidad.
  • La apatía de los adultos que no ven a los jóvenes.
  • Y también la voz interna —la depresión, la ansiedad, la desesperanza— que te dice que no vales nada.

Frente a todos ellos, Jesús declara: “Yo soy la puerta. El que por mí entre, se salvará.” No hay otra salida. No hay otra entrada. Pero la buena noticia es que esa puerta está abierta, siempre, para quien quiera cruzarla. Sin credencial, sin currículum, sin récord limpio.

Hemos recorrido tres textos. Tres respuestas de Dios a tres situaciones humanas:

  • Hechos 2: Jóvenes heridos por su propia culpa y por el sistema, encuentran en la comunidad un nuevo comienzo.
  • 1 Pedro 2: Esclavos maltratados, sin derechos, descubren que seguir las huellas de Cristo es la forma más digna de resistir sin odiar.
  • Juan 10: Ovejas descarriadas, confundidas por falsos pastores, escuchan una voz que las llama por su nombre y las invita a una vida que no se acaba.

Lo que no te dirán otros discursos

Tal vez hoy estás pensando: “Todo esto suena bonito, pero mi realidad es otra. Mi novia me dejó. Mi papá me golpea. No encuentro trabajo. Me quiero morir.” Te escucho. Por eso no te vendo falsas promesas. El evangelio no promete que dejarás de sufrir. Promete que el sufrimiento no tendrá la última palabra.

Porque Cristo sufrió. Cristo fue esclavo en su pasión. Cristo fue oveja llevada al matadero. Pero al tercer día, resucitó. Y esa resurrección no es solo un dogma: es una fuerza que puede levantar tu cama, tu salón de clases, tu cuadra.

Tres desafíos concretos para esta semana

  1. Atrévete a preguntar como en Hechos 2: “¿Qué hago, Señor?” No necesitas respuesta inmediata. Solo hacer la pregunta ya te pone en camino.
  2. No devuelvas el mal con mal. Es difícil, pero es revolucionario. El que insulta no te quita la dignidad. El que pega no te anula. Tú decides si entras en su juego o sigues las huellas del Cordero.
  3. Escucha atentamente. Apaga un rato el celular, sal al patio o a tu cuarto, y pregúntate: ¿Qué voz me está guiando? ¿La del miedo, la del odio, la de la indiferencia? ¿O la del Buen Pastor?

La alegría no es ingenua , es resistente

Los jóvenes mexicanos pueden ser la alegría del país. No porque ignoren la crudeza de la realidad, sino porque saben que la vida es más fuerte que la muerte. Porque han visto a sus madres levantarse a las 5 am para llevar comida a la mesa. Porque han aprendido a reír en medio del lodo. Porque saben que un abrazo sincero sigue siendo gratis y poderoso.

Esa alegría no es ingenua. Es pascual. Nace del sepulcro vacío. Y es contagiosa.

Hermano, hermana joven: No importa cuántas veces te hayan herido. No importa si sientes que ya no puedes más. No importa si has saltado la cerca o si te has quedado fuera del redil.

Cristo sigue llamándote por tu nombre. Y te dice: “Ven. Entra. Aquí hay pastos. Aquí hay vida. No te voy a fallar.”

Esa es la palabra del IV domingo de Pascua para México. Una palabra que no es ingenua, sino firme. Una palabra que no promete cielos sin nubes, pero sí un compañero de camino que sabe de dolores y de cruces.

¿Te animas a entrar por la puerta? Ella está abierta. Y no tiene candado.

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