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Pedro Viveros Viveros SX

No todo termina en un ataúd: tres lecciones de los primeros cristianos para un mundo roto

Vivimos rodeados de noticias que duelen. Guerra tras guerra. Cuerpos sin nombre en fosas comunes. Personas que desaparecen y nunca vuelven. Amigos que optan por la muerte porque la vida perdió sentido. Familias divididas por ideologías que se odian. Y, en medio de todo, una pregunta incómoda: ¿dónde está Dios?

No es nueva. Los primeros cristianos también la hicieron. Ellos vieron a su líder ejecutado como un delincuente. Vieron a los suyos perseguidos, apedreados, decapitados. Y sin embargo, algo los transformó. Las lecturas de este Tercer Domingo de Pascua —Hch 2,14.22-33; 1 Pe 1,17-21; Lc 24,13-35— guardan esa chispa. No son relatos ingenuos. Son respuestas para un mundo roto. Como el nuestro.

Hoy millones de personas buscan a un ser querido que la guerra o el crimen se llevaron sin dejar rastro. Familiares de desaparecidos viven en un infierno de preguntas sin respuesta. La primera lectura, Pedro en Pentecostés, habla de un hombre que también fue entregado a la muerte violenta: «A este hombre, entregado por un plan decidido y por la voluntad de Dios, ustedes lo mataron clavándolo en una cruz por manos de los paganos» (Hch 2,23). Pero luego añade algo revolucionario: «Pero Dios lo resucitó, librándolo de las angustias de la muerte, porque no era posible que la muerte lo tuviera dominado» (Hch 2,24). La noticia no es que Jesús resucitó como un hecho aislado. La noticia es que la muerte ya no tiene derecho de retención sobre ningún ser humano. Pedro cita al salmista: «No abandonarás mi alma en el Abismo, ni dejarás que tu santo experimente la corrupción» (Hch 2,27). Quienes han sido devorados por la violencia, la fosa común o el olvido no están perdidos para siempre. Dios los reclama. Para un padre que busca a su hijo desaparecido, esta fe no es un consuelo barato. Es la única certeza que se atreve a decir: tu hijo no está en el poder definitivo de la muerte. Dios es más fuerte. Eso no quita el dolor, pero le pone un límite. La violencia no gana. La última palabra la tiene la resurrección.

Las estadísticas de suicidio crecen, especialmente entre jóvenes. Detrás de cada número hay alguien que sintió que su vida no valía la pena. La sociedad les dijo: vales por lo que produces, por tu imagen, por tu éxito. Un día no pudieron más. La segunda lectura, la primera carta de Pedro, habla de otra cosa: «Ustedes saben que no fueron rescatados de su vana manera de vivir, heredada de sus padres, con cosas corruptibles, como el oro o la plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como la de un cordero sin mancha y sin defecto» (1 Pe 1,18-19). ¿Qué significa esto? Que tu valor no está en tu cuenta bancaria, ni en tus likes, ni en tu cuerpo perfecto. Tu valor es infinito porque el precio que pagaron por ti es infinito: la sangre del Hijo de Dios. El mismo texto añade que Cristo fue «destinado ya antes de la creación del mundo, pero manifestado al final de los tiempos por amor a ustedes» (1 Pe 1,20). Cuando alguien está al borde del abismo, no necesita frases hechas. Necesita saber que su existencia es irremplazable. Necesita saber que no es un accidente cósmico ni una carga para los demás, sino alguien por quien Dios pagó con su propia sangre. Frente a la cultura de lo desechable —donde se tira todo, incluso a las personas—, Pedro proclama la dignidad irrenunciable de cada ser humano. Nadie es un estorbo. Nadie sobra.

Hay una imagen muy actual en el evangelio de Emaús: dos discípulos que abandonan la comunidad, frustrados. «Nosotros esperábamos que él sería el que iba a liberar a Israel. Pero con todo eso, ya es el tercer día desde que sucedieron estas cosas» (Lc 24,21). En otras palabras: nos ilusionamos, pero todo fue mentira. Nos vamos. Hoy hay millones de “emausitas”: bautizados que dejaron la Iglesia por escándalos, por homilías vacías, por hipocresía. O simplemente porque ya no creen. Familias divididas donde un padre no habla a un hijo por política o por religión. Lo asombroso del texto es que Jesús no los persigue ni los condena. Se acerca, camina con ellos, los escucha. Solo después les dice: «¡Qué poco entendidos son ustedes y qué lentos para creer todo lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera eso y así entrara en su gloria?» (Lc 24,25-26). Es decir: no todo se derrumbó; lo que pasaba era parte del plan. Luego, «empezando por Moisés y por todos los profetas, les explicó en todas las Escrituras lo que se refería a él» (Lc 24,27). Y al final, «cuando estaba sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron» (Lc 24,30-31). Para los que hoy están lejos, la Iglesia no puede ser un tribunal que juzga. Tiene que ser ese compañero de camino que se sienta a escuchar sin imponer, que explica las Escrituras con paciencia, y que al final parte el pan. Porque el reconocimiento no viene por argumentos, sino por el corazón que arde: «¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?» (Lc 24,32). Jesús no resucitó para ganar un debate. Resucitó para encontrarse con los que se van.

El mundo nos grita que todo es violencia, olvido, absurdo. Que los desaparecidos no vuelven. Que los suicidas tenían razón al rendirse. Que la fe es un cuento. Que la Iglesia está dividida y muerta. Pero estas tres lecturas del Tercer Domingo de Pascua dicen lo contrario. La primera lectura dice que Dios resucita a los crucificados y que la muerte no puede retener a los suyos (Hch 2,24). La segunda lectura dice que tu vida no fue rescatada con oro ni plata, sino con la sangre preciosa de Cristo (1 Pe 1,18-19). El evangelio dice que Jesús camina con los que se rinden, les abre las Escrituras y se da a conocer al partir el pan (Lc 24,27-31). No todo termina en un ataúd. No todo termina en una fosa común. No todo termina en una nota de suicidio. Porque hay una piedra removida y un sepulcro vacío. Esa es la fe que necesita el mundo roto de hoy. No una fe ingenua que niega el dolor, sino una fe que lo enfrenta con la única certeza que puede sostenerlo: Cristo ha resucitado. Y con él, toda nuestra esperanza.

Pregunta para la reflexión personal: ¿Cuál de estos tres dolores —la violencia que desaparece (Hechos 2), la pérdida del sentido que lleva al suicidio (1 Pedro 1), o la desilusión que aleja de la fe (Lucas 24)— resuena más con tu vida o con la de alguien a quien amas, y qué necesitarías escuchar o vivir para volver a creer que no todo termina en un ataúd?

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