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Pedro Viveros Viveros SX

«Paz en medio del miedo: lo que la primera Iglesia puede enseñar a México hoy»

Una reflexión desde las lecturas del II Domingo de Pascua

Las puertas estaban cerradas. No por temor a un enemigo externo solamente, sino por ese miedo difuso que paraliza cuando la muerte ha pasado demasiado cerca. Así describe el evangelio de Juan la noche del primer día de la semana (Jn 20,19). Los discípulos, a pesar de haber escuchado que el Señor había resucitado, seguían encerrados. Tomás, ausente, se convertiría después en el símbolo de quien no puede creer sin tocar las heridas (Jn 20,25).

Este relato no es un cuento antiguo. Es la fotografía de muchas comunidades en México hoy.

En el II Domingo de Pascua, la liturgia nos regala tres textos fundamentales: «Acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones» (Hch 2,42); «Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que por su gran misericordia nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva» (1 Pe 1,3); y el encuentro del Resucitado con los discípulos atemorizados (Jn 20,19-31). Leídos desde la realidad mexicana, estos textos se convierten en un espejo y una profecía.

La radiografía del México actual es dolorosamente familiar. Vivimos en un país donde el miedo ha instalado sus puertas cerradas en millones de hogares. El miedo a la violencia criminal, a la desaparición, al despojo de la tierra, a la impunidad. Según datos recientes, más del setenta por ciento de la población siente inseguridad en su propio estado. Las puertas con doble chapa, las rejas, los grupos de autodefensa, los silencios cómplices: todo eso son nuestras puertas cerradas. Como Tomás, muchos mexicanos han dejado de creer porque han visto demasiados cadáveres, demasiadas promesas incumplidas, demasiadas llagas que nadie quiere tocar.

Sin embargo, el mensaje central de las lecturas pascuales no es ingenuo. Hch 2, nos muestra una comunidad que, lejos de encerrarse, «tenían todo en común; vendían sus posesiones y sus bienes y los repartían entre todos según la necesidad de cada uno» (Hch 2,44-45). No tenían pobreza entre ellos. No era un ideal romántico: era una necesidad real ante la presión del imperio y la marginación. La enseñanza de los apóstoles, la comunión, la fracción del pan y la oración no eran ritos vacíos, sino la savia que permitía a aquellos cristianos «comer juntos con alegría y sencillez de corazón» (Hch 2,46) en medio de un mundo hostil.

La carta de Pedro añade una clave teológica fundamental: la esperanza viva. El autor escribe a comunidades que sufren calumnias y marginación, y les dice: «ahora, si es necesario, tengáis que sufrir por un tiempo breve diversas pruebas; así el valor genuino de vuestra fe, más precioso que el oro perecedero, aunque aquel sea probado por fuego, redundará en alabanza, gloria y honor cuando se manifieste Jesucristo» (1 Pe 1,6-7). No una esperanza ingenua que niega el dolor, sino una certeza pascual de que el sufrimiento, aunque real y aunque duela, no es eterno. En México, la fe de los mártires —campesinos asesinados por defender su tierra, migrantes devorados por el desierto, madres que buscan a sus hijos desaparecidos— esa fe probada es más preciosa que cualquier riqueza. Pedro no justifica el sufrimiento como voluntad divina, sino que lo reconoce como parte de un proceso donde Dios está gestando una vida nueva. Por eso pueden «alegrarse con gozo inefable y glorioso» (1 Pe 1,8) incluso en medio de las pruebas.

Y Juan 20 nos regala la teología más potente: el Resucitado trae paz, pero no una paz cualquier. «La paz sea con ustedes» (Jn 20,19.21) es el saludo que repite dos veces. Es la paz que nace de mostrar las llagas. Jesús no se presenta como un espíritu triunfante que ha borrado el pasado. Se presenta con las manos agujereadas y el costado abierto: «les mostró las manos y el costado» (Jn 20,20). Eso significa que la resurrección no es un olvido de la cruz. Al contrario, es su transformación. En términos latinoamericanos, el Resucitado sigue llevando las marcas de los pobres, de los torturados, de los ejecutados. Y las muestra como señal de identidad. Por eso el Espíritu que sopla sobre la comunidad es el mismo que permite «perdonar los pecados» o «retenerlos» (Jn 20,23): es decir, reconstruir relaciones rotas y no encubrir la injusticia. Y finalmente la bienaventuranza para nosotros: «Dichosos los que no han visto y han creído» (Jn 20,29).

Frente a esta teología, ¿qué propuesta concreta podemos hacer? La primera es personal, pero tiene consecuencias comunitarias: salir del encierro. No podemos seguir siendo cristianos de puertas cerradas. El miedo es real, pero la paz de Cristo no es la ausencia de amenazas, sino la certeza de que la vida es más fuerte. Cada uno puede empezar por construir pequeñas redes de solidaridad en su colonia, su pueblo o su parroquia: compartir lo que tiene con quien tiene necesidad, como la primera Iglesia que «vendía sus posesiones y las repartía según la necesidad de cada uno» (Hch 2,45). No se trata de grandes gestos heroicos, sino de recuperar la lógica del pan partido y la mesa común.

Segundo: aprender a tocar las llagas de Jesús en los crucificados de hoy. No desde la compasión paternalista, sino desde el acompañamiento respetuoso. Visitar a las familias de desaparecidos, apoyar a los migrantes en su camino, defender a los defensores de derechos humanos. Eso es meter el dedo en las heridas del Señor, como hizo Tomás (Jn 20,27). Y tercero: celebrar la fracción del pan no como un rito individualista, sino como escuela de fraternidad. La eucaristía dominical debería ser el lugar donde renovamos el compromiso de poner en común nuestros bienes, nuestros tiempos y nuestros talentos, recordando que «el Señor añadía cada día a la comunidad a los que se iban salvando» (Hch 2,47).

El II Domingo de Pascua es también el Domingo de la Divina Misericordia. La misericordia que Jesús ofrece a Tomás no es un regaño, sino la oportunidad de tocar sus heridas. Así es la misericordia de Dios con México: no nos saca del peligro mágicamente, sino que se mete en nuestras heridas colectivas y nos da el Espíritu para transformarlas.

Pregunta para meditar esta semana: ¿Qué puertas cerradas —miedo, indiferencia, cansancio— sigues teniendo en tu vida, y cómo podrías abrirlas, aunque sea un poquito para dejar entrar al Resucitado y salir al encuentro de los Tomás que te rodean?

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