En México, la muerte nos resulta familiar. La vemos en las noticias cada mañana, la escuchamos en el relato de quienes han perdido a un ser querido, la palpamos en las ausencias que dejan los desaparecidos, la sufrimos en los jóvenes que caen en la espiral de la violencia. Pareciera que la muerte se ha instalado entre nosotros como una vecina más, una presencia cotidiana ante la cual muchas veces solo atinamos a encogernos de hombros. Pero la palabra de Dios irrumpe en esta realidad con una pregunta que no podemos eludir: ¿crees que yo puedo dar vida donde solo ves muerte?
Tres textos bíblicos, distantes entre sí por siglos de historia, convergen en una misma promesa que interpela nuestro presente. El profeta Ezequiel, en medio del exilio, recibe una palabra para un pueblo que se sentía sepultado: «Yo abro vuestros sepulcros, pueblo mío, y os haré subir de vuestros sepulcros, y os traeré a la tierra de Israel. Pondré mi Espíritu en vosotros, y viviréis» (Ez 37,12-14). Los huesos secos, símbolo de una esperanza agotada, reciben el aliento de Dios. Lo que parecía definitivamente muerto comienza a revivir.
San Pablo retoma esta promesa siglos después y la profundiza a la luz de la resurrección de Cristo. En la carta a los Romanos, el apóstol nos dice que hay dos maneras de existir: una según la carne, que es vivir bajo el dominio del pecado y la muerte, y otra según el Espíritu, que es vivir en Cristo. «Vosotros no estáis en la carne sino en el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios habita en vosotros» (Rm 8,9). Y añade algo que nos llena de esperanza: «El Espíritu de aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros; aquel que resucitó a Cristo dará vida también a vuestros cuerpos mortales» (Rm 8,11). La resurrección no es solo un acontecimiento futuro; es una realidad que comienza ahora porque el Espíritu del Resucitado habita en nosotros.
Pero es en el Evangelio de Juan donde esta promesa adquiere rostro concreto. Jesús llega a Betania, donde su amigo Lázaro ha muerto y lleva cuatro días en el sepulcro. Marta sale a su encuentro con una fe herida pero sincera: «Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto» (Jn 11,21). Y Jesús le responde con una de las declaraciones más profundas de todo el Evangelio: «Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá» (Jn 11,25). Luego, frente al sepulcro, clama a gran voz: «¡Lázaro, ven fuera!» (Jn 11,43). Y el muerto sale, atado todavía con las vendas y el sudario. Entonces Jesús ordena: «Desátenlo y déjenlo ir» (Jn 11,44).
Cuatro verbos atraviesan estos textos y nos invitan a hacerlos vida en nuestra realidad mexicana: creer, morir, resucitar y desatar.
Creer no es cerrar los ojos ante la muerte, sino sostener la mirada frente a ella con la certeza de que Dios puede abrir cualquier sepulcro. Creer es confesar, como Marta, que Jesús es el Hijo de Dios, aunque todo parezca indicar lo contrario. En un país donde el escepticismo se ha vuelto moneda corriente, creer es un acto de resistencia.
Morir es reconocer que sin Cristo estamos atrapados en una condición que nos separa de Dios y de los hermanos. Es mirar con honestidad las estructuras de pecado que nos aprisionan: la corrupción, la violencia, la desigualdad, el miedo que nos paraliza. No podemos resucitar si antes no aceptamos que estábamos muertos.
Resucitar es dejarnos tocar por el Espíritu que resucitó a Jesús. No es solo esperar un futuro lejano, sino permitir que la vida de Cristo irrumpa en nuestro presente. Lo vemos en las madres buscadoras que salen al desierto a encontrar a sus hijos, movidas por una fuerza que no proviene de ellas. Lo vemos en las comunidades que se organizan para construir paz en medio de la violencia. Esa fuerza es el Espíritu del Resucitado actuando en la historia.
Desatar es la misión que nos ha sido confiada. Lázaro salió del sepulcro, pero aún necesitaba que otros quitaran las vendas. Nosotros hemos sido liberados para liberar. Desatar es quitar las ataduras que impiden a nuestros hermanos caminar con dignidad: las adicciones que esclavizan a los jóvenes, el machismo que silencia a las mujeres, la indiferencia que abandona a los pobres, la impunidad que corrompe nuestras instituciones.
La voz de Jesús resuena hoy en nuestra tierra: «Ven fuera». No es un llamado ingenuo que ignore la violencia y el dolor, sino una invitación a creer que la vida es más fuerte que la muerte, que el Espíritu habita en medio de nosotros y que estamos llamados a ser instrumentos de liberación.
Al terminar esta reflexión, cada uno puede preguntarse en el silencio de su corazón: ¿Qué sepulcro necesito que Jesús abra hoy en mi vida, y a quién estoy llamado a ayudar a desatar para que pueda caminar en libertad?




