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Pedro Viveros Viveros SX

La mirada que nos devuelve la dignidad: Una reflexión para quienes han aprendido a ser invisibles

"No juzguéis por las apariencias; juzgad con juicio justo" (Jn 7,24)

Hay una escena que se repite a diario en las calles de nuestras ciudades mexicanas. Una mujer mayor, con las manos encallecidas por años de trabajo doméstico, se sienta en la banqueta del centro a vender chicles. Los jóvenes oficinistas pasan a su lado como si fuera parte del mobiliario urbano. Las señoras bien vestidas desvían la mirada y aprietan el paso. Los niños preguntan: "Mami, ¿por qué esa señora está sentada en el suelo?" Y la respuesta suele ser: "No mires, sigue caminando".

No mirar. Esa es la regla no escrita que hemos aprendido para sobrevivir en un país donde duele demasiado ver. Pero este cuarto domingo de Cuaresma —el Domingo Laetare, domingo de la alegría— viene a rompernos los esquemas con una noticia incómoda: Dios sí mira. Y nos invita a hacer lo mismo.

La tragedia de ser invisible en tu propio país

México es un país de invisibles. Aprox. de 94.1 (*) millones de personas viven en situación de pobreza, pero los hemos vuelto estadísticas, no rostros. Los 68 pueblos originarios conservan lenguas y cosmovisiones milenarias, pero seguimos llamándoles "inditos" con un desprecio que disfrazamos de cariño. Las madres que buscan a sus hijos desaparecidos —más de cien mil en la última década (*) — caminan con sus pancartas por plazas y ministerios públicos, y muchas veces la respuesta es un silencio cómplice o un "déjelos, ya ni los va a encontrar".

Y luego está la violencia. La que mata a más de treinta personas al día sin que nos duela más que un par de minutos mientras desayunamos. La que ha vuelto fosas comunes las tierras de cultivo. La que convierte a las niñas en botín de guerra. La que hace que en algunas colonias de Tepito o Ecatepec los jóvenes sepan antes cómo esquivar balas que cómo multiplicar tablas.

Frente a todo esto, la tentación más grande es dejar de mirar. Porque si miramos de verdad, tenemos que hacer algo. Y hacer algo duele, complica la vida, nos mete en problemas.

Pero las lecturas de este domingo no nos dejan escapatoria.

Samuel: Cuando el profeta también se equivoca

El profeta Samuel llega a Belén convencido de que sabe elegir. Ve al hijo mayor de Jesé, Eliab, y piensa: "Este es el indicado". La descripción del texto es reveladora: Eliab tenía buena presencia y gran estatura. Era el tipo de persona que en cualquier empresa contratarían de inmediato, el que en cualquier colonia sería "el vecino respetable", el que en cualquier familia sería "el orgullo".

Pero Dios frena a Samuel en seco. «No mires su apariencia ni su gran estatura... Dios no ve como los hombres: el hombre ve las apariencias, pero Dios ve el corazón» (1 Sam 16,7).

Esta corrección divina es para nosotros también. Porque hemos construido todo un sistema basado en las apariencias. Los noticieros nos muestran a los políticos con trajes impecables declarando su amor por el pueblo, mientras muchos empujan a más familias a la pobreza. La publicidad nos vende la idea de que valemos por lo que tenemos, por la marca de nuestros tenis, por el filtro que usamos en las fotos. Y nosotros compramos el engaño.

Dios, en cambio, pasa de largo frente a siete hijos que eran perfectos candidatos según los estándares humanos. Y elige al que nadie consideró digno de presentar. David estaba en el campo, cuidando ovejas. Era el más pequeño, el que no contaba, el que no fue invitado a la fiesta. Pero Dios lo vio.

¿Cuántos David hay hoy en México esperando ser vistos? El albañil que sube a la tarima cada mañana con la esperanza de que alguien le dé trabajo. La trabajadora del hogar que viaja tres horas para llegar a la casa donde la explotan y la tratan como parte del mobiliario. El joven de la prepa que quiere estudiar pero sabe que en su familia no alcanza ni para el camión. La madre que sostiene sola a sus hijos porque el papá se fue al otro lado o se fue para siempre.

A todos ellos la sociedad les ha dicho: "Ustedes no importan. Ustedes son invisibles". Pero Dios dice: "Levántate y úngelo, porque éste es".

Pablo: La luz que no puede dormirse

Pero no basta con que nosotros aprendamos a mirar. También tenemos que convertirnos en alguien digno de ser mirado. La carta a los Efesios nos lanza una declaración que es un terremoto interior: «En otro tiempo erais tinieblas, mas ahora sois luz en el Señor. Andad como hijos de luz» (Ef 5,8).

Fíjense bien: no dice que vivían en tinieblas, como quien está en una habitación oscura. Dice que eran tinieblas. Es decir, su propia existencia era parte del problema. Y eso nos duele porque nos obliga a preguntarnos: ¿yo soy parte de la oscuridad o parte de la luz?

En un país donde la corrupción se ha vuelto el aire que respiramos, esta pregunta es incómoda. Porque todos nos escandalizamos con los desvíos millonarios de los funcionarios, pero ¿qué hacemos cuando el policía nos detiene y nos sugiere un "arreglo" para no llevar el coche al corralón? ¿Qué hacemos cuando en el trabajo nos piden facturar algo que no compramos? ¿Qué hacemos cuando vemos que en la colonia están conectando "diablitos" para robarse la luz?

Y luego está la indiferencia. El texto habla de «las obras infructuosas de las tinieblas» (Ef 5,11). ¿Cuáles son esas obras en nuestro contexto? La omisión. El silencio. El "para qué me meto". El "no fue mi problema". El "ya ni la busques porque está muerta". Esas son las obras de tiniebla que nos envuelven como una niebla espesa.

Pablo dice que la luz tiene frutos: bondad, justicia y verdad (Ef 5,9). Tres palabras que deberían avergonzarnos como nación. Porque la bondad parece debilidad en un país de vivos. La justicia parece un lujo cuando los jueces se venden al mejor postor. La verdad parece un chiste cuando los gobernantes mienten con la misma naturalidad con que respiran.

Pero el texto no nos deja en la queja. Termina con un grito: «Despiértate, tú que duermes, y levántate de entre los muertos, y te alumbrará Cristo» (Ef 5,14).

Despertar. Esa es la invitación. Despertar del sueño de la indiferencia. Despertar de la parálisis del miedo. Despertar de la muerte en vida que significa vivir sin comprometerse con nada ni con nadie.

¿De qué necesitas despertar tú esta semana? ¿De la rutina que te impide ver el dolor a tu alrededor? ¿De la desesperanza que te susurra que nada va a cambiar? ¿Del egoísmo que te hace pensar que mientras a ti te vaya bien, lo demás no importa?

Juan: El ciego que vio más que todos

El evangelio de Juan nos regala el relato más conmovedor y completo sobre este proceso de aprender a mirar. Un hombre ciego desde su nacimiento. No perdió la vista: nunca la tuvo. Es decir, nunca había visto un amanecer, ni el rostro de su madre, ni el color del maíz. Y los discípulos, con esa crueldad teológica que a veces tenemos los creyentes, preguntan: «Rabí, ¿quién pecó, éste o sus padres, para que haya nacido ciego?» (Jn 9,2).

Es la misma pregunta que hoy hacemos cuando vemos a una familia en la calle: "¿Por qué no trabajan?" La misma que hacemos cuando asesinan a una mujer: "¿Por qué andaría sola a esa hora?" La misma que hacemos cuando desaparecen a un joven: "Algo habría hecho". Necesitamos creer que la víctima es culpable para no sentirnos amenazados. Porque si a ellos les pasó por algo, a nosotros no nos pasará.

Jesús rompe esa lógica de un golpe: «Ni él pecó ni sus padres; es para que las obras de Dios se manifiesten en él» (Jn 9,3). El que sufre no es un castigado. La pobreza no es un castigo divino. La violencia que padecen tantos no es porque Dios los haya abandonado. Al contrario: en ellos, Dios quiere mostrarse. El pobre es sacramento. La víctima es lugar teológico. El que sufre es el rostro de Cristo.

Luego viene el proceso. Jesús hace barro con la tierra —la misma tierra que pisamos, la tierra de la que venimos y a la que volveremos—, unta los ojos del ciego y lo envía a lavarse a Siloé, que significa "el Enviado". El hombre obedece, se lava y comienza a ver.

Pero lo más hermoso no es el milagro físico, sino el camino interior que recorre este hombre. Al principio, cuando los vecinos dudan de que sea él, él simplemente dice: "Yo soy". Luego, cuando los fariseos lo interrogan, declara: "Me puso barro en los ojos, me lavé y veo". Cuando lo presionan sobre quién es Jesús, arriesga: "Es un profeta". Cuando lo acusan de ser discípulo de ese pecador, responde con una lógica impecable: "Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, pero si éste no viniera de Dios, no podría hacer nada". Finalmente, cuando lo expulsan de la sinagoga por atreverse a pensar distinto, Jesús lo busca personalmente y se revela: "El que habla contigo, ese es". Y el hombre cae de rodillas y dice: "Creo, Señor".

Este hombre pasó de no ver nada a verlo todo. Pasó de ser un mendigo a ser un testigo. Pasó de estar sentado a las orillas del camino a estar de rodillas ante el Hijo de Dios. Y todo porque alguien se fijó en él, lo tocó, lo envió y lo buscó cuando todos lo abandonaron.

¿Cuántos como él hay hoy en nuestras calles, esperando que alguien los mire con ojos de compasión y no con ojos de juicio? ¿Cuántos están esperando un poco de barro —algo tan sencillo como una palabra amable, una mano tendida, una oportunidad— para comenzar a ver?

Un país que necesita recuperar la mirada

México está herido. Duele decirlo, pero es verdad. Duele ver las cifras de desaparecidos que ya no caben en los informes oficiales. Duele escuchar a las madres que buscan a sus hijos con la misma fe con que otras madres buscan a sus hijos en las mañanas para despertarlos. Duele saber que en muchas comunidades las niñas no van a la escuela porque el camino es demasiado peligroso. Duele aceptar que la impunidad supera el 90 (*) por ciento y que los criminales caminan tranquilos mientras las víctimas se esconden.

Pero también duele otra cosa: duele nuestra indiferencia. Duele que nos hayamos acostumbrado. Duele que la violencia sea parte del paisaje. Duele que veamos a un niño en la calle y pensemos "qué lástima" mientras seguimos caminando.

Las lecturas de este domingo nos confrontan con esa dureza de corazón. Nos dicen que Dios no se ha acostumbrado. Dios sigue viendo a cada uno de sus hijos con una mirada de amor infinito. Dios sigue eligiendo a los pequeños, a los invisibles, a los descartados. Dios sigue siendo luz en medio de tanta oscuridad. Dios sigue buscando a los que han sido expulsados.

Y nos invita a hacer lo mismo.

Una propuesta para cambiar la mirada

Este Domingo Laetare es un llamado a recuperar la mirada. No la mirada superficial que juzga por las apariencias, sino la mirada profunda que ve el corazón. Te propongo tres ejercicios para esta semana:

Primero, mira a los que nadie mira. Cuando salgas a la calle, detente verdaderamente a ver a la persona que pide limosna, al que barre la banqueta, al que cuida coches, a la mujer que trabaja en tu casa. Míralos a los ojos. Pregúntales su nombre. Escucha su historia. Te sorprenderá descubrir que existen.

Segundo, conviértete en luz en tu entorno. Pregúntate: ¿en mi trabajo, en mi colonia, en mi familia, soy parte de la oscuridad o parte de la luz? ¿Contribuyo a la corrupción con mi silencio o mi complicidad? ¿Defiendo la verdad aunque me cueste? ¿Practico la bondad aunque parezca ingenua? ¿Exijo justicia aunque me meta en problemas?

Tercero, no expulses a los que ven distinto. El ciego fue expulsado por atreverse a pensar diferente. ¿A quién has excluido tú porque no piensa como tú, porque no vota como tú, porque no cree como tú? La luz de Cristo no se impone, se ofrece. Y a veces viene de donde menos lo esperamos.

La pregunta que puede cambiarlo todo

Para terminar, te dejo una pregunta que no te soltará fácilmente si te atreves a hacerla en serio:

Si Dios hoy te pidiera que lo acompañaras a mirar México con sus ojos, ¿qué cosas verías que ahora no quieres ver? ¿Qué personas se volverían visibles para ti? ¿Qué injusticias te dolerían de verdad? ¿Y qué estarías dispuesto a hacer después de haber visto?

Porque la mirada de Dios no deja indiferente. Una vez que aprendes a mirar como él, ya no puedes seguir viviendo como antes. Algo se rompe dentro, algo se quiebra, algo se abre. Y duele. Pero también alegra. Porque descubres que tú también eres mirado por él con esa misma mirada de amor incondicional.

Alégrate, te dice hoy la liturgia. No porque todo esté bien, sino porque a pesar de todo, Dios te sigue mirando con ternura. Y esa mirada puede devolverte la vida.

 

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(*) Cifras tomadas de: https://imco.org.mx/los-otros-datos-de-la-pobreza-en-mexico/

(*) Cifras recuperadas de: https://imdhd.org/redlupa/informes-y-analisis/informes-nacionales/informe-nacional-de-personas-desaparecidas-2025/

(*) Cifras ponderadas de: https://www.impunidadcero.org/impunidad-en-mexico/#/

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