El tiempo litúrgico de cuaresma, es un tiempo muy importante en que nos preparamos para la fiesta de Pascua. En estos cuarenta días, el verdadero cristiano comprometido toma su tiempo para acercarse más a Dios, volverse en sí mismo para pedir perdón a Dios misericordioso y asumir su compromiso de conversión. En la tentación, Jesús nunca fue vencido. Esa fuerza la ofrece al hombre actual también para luchar y vencer en las tentaciones del mal que hace trampa sobre el dominio del cuerpo, sobre la confianza en Dios y sobre el apego a las riquezas del mundo.
Jesús, con las Sagradas Escrituras pudo vencer a Satanás. El tiempo de cuaresma es un tiempo en que es urgente darle importancia a la palabra de Dios. Para no dejarse en conversación con Satanás, es bueno quedarse en la conversión con Dios a través de su palabra y de la oración personal y en la familia. Habrá pues distintas maneras de practicar la penitencia para mantener firme la relación con Dios. Así que la oración intensa ayuda a fortalecer la confianza y la esperanza en Dios; en el compartir con el prójimo en la limosna, se aprende a dejarse tocar el corazón desprendiéndose del egoísmo; y el ayuno fortalecerá el hombre que tiene fe en Dios, en dominar su cuerpo.
A través de su cruz, Jesús afirma su amor por la humanidad. Y más nos dice: “El que quiera seguirme que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz y me siga. El que quiera salvar su vida la perderá, pero quien pierda la vida por mi causa la conservará” (Mt 16, 24 – 25). La cruz que se pediría llevar en este tiempo de pandemia que desestabiliza todo el mundo, sería la de amar al prójimo, aceptar al otro en la igualdad, porque Cristo al salvar al mundo no privilegió a otros que los más débiles, pobres y despreciados de la sociedad. El hombre tiene que volverse a Dios, convirtiéndose para creer en el Evangelio y llevar a los demás un mensaje de esperanza. Es lo que quiere y exige Jesús, cuando un día antes de morir en la cruz dice a los Apóstoles que va a prepararles un lugar en la casa del Padre. Así mismo en la practica de ese amor, Jesús deja un mandamiento más grande de la ley, en torno del cuál gira efectivamente la conversión de cada persona que quiere vivir junto con Dios y sin más. Cita las palabras de la ley mosaica: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el precepto más importante, pero el segundo es equivalente: Amarás al prójimo como a ti mismo” (Mt 22, 37-39).
La palabra conversión, en hebreo, viene de la metáfora volverse: volver a dar la cara cuando uno ha vuelto la espalda, volver a un puesto del que uno se ha alejado. Eso quiere decir que el hombre está invitado a la conversión porque es pecador. El arrepentimiento que recuerda este tiempo de cuaresma, es un proceso en que Dios mismo posibilita la conversión de cualquiera sin excepción ninguna que quiere regresar al Padre y que Dios mismo acerca para perdonar. Cuando la persona ya cae en la culpa de algo que le acusa, de su pecado, después de su examen de consciencia, es importante recurrir a la confesión y pedir perdón a Dios que siempre perdona. A cada persona, no faltan las resistencias a la palabra de Dios, así que el arrepentimiento es importante en el tiempo que Dios mismo ofrece para que el hombre pueda volver a Él, convertirse, cambiar por completo su vida para caminar en las huellas de Jesús, siguiéndole en sus pasos hacia el Padre. Por fin, es su gracia la que puede mover al hombre y hacer que cambie completamente.




