Cuaresma es un tiempo que nos prepara a la gran fiesta de Pascua. Fiesta de nuestra reconciliación definitiva con Dios. Para preparar esta fiesta, esta reconciliación, la Iglesia nos propone un camino de cuarenta días que invitan a una preparación de nuestros corazones, a través de la oración, el ayuno y el compartir. Este camino inicia con el miércoles de ceniza, un día en el que manifestamos nuestro deseo personal de reconciliación.
Ha llegado el momento de reenfocarnos, la oportunidad de poner a Dios de nuevo en el centro de nuestras vidas, de dar tiempo a la oración.
La Cuaresma es, desde luego, un tiempo de renovación espiritual a través de un compromiso más profundo, es un tiempo de meditación y conversión del corazón. Esta renovación se logra a través de prácticas cuaresmales que nos propone la Iglesia:
El ayuno durante la Cuaresma no es sólo dejar la comida, pero también un gesto de solidaridad. El ayuno consiste en provocar en sí la sed y hambre de Dios y de su palabra.

La oración puede resultarnos más familiar. Quizá comprendemos con más facilidad que sin ella no es posible convertirse a Dios, permanecer en unión con Él, en esa comunión que nos hace madurar espiritualmente. Esto hace de la cuaresma una oportunidad de madurar en la vida del espíritu mediante la oración.

El Compartir no sólo consiste en dar el pan al hambriento; es también compartir nuestro tiempo con los que sufren la soledad, los ancianos, los enfermos. Es disminuir nuestro tiempo de diversión en nuestros celulares o redes sociales para regalarlo al que lo necesita. Es abrir nuestros corazones; es hacerlos fuentes de amor, es romper nuestro corazón de piedra y dar lugar al amor.

La Cuaresma es ante todo un compromiso personal ante Dios. El tiempo de Cuaresma es un momento para hacer el bien y dejar que el Señor haga el bien en nosotros. Con las prácticas de oración, ayuno y el compartir, el Señor nos acompaña, hace camino con nosotros durante nuestra marcha hacia la Pascua.
Así pues, vivir la cuaresma tiene una sóla finalidad, amar más (a Dios y al prójimo); aprender a amar como Jesús ama. De esta manera también nos permite mirar con nuevos ojos a los hermanos y sus necesidades. Por ello la Cuaresma es un tiempo propicio para convertirse al amor al prójimo; un amor que sepa hacer propia la actitud de gratuidad y de misericordia del Señor.
El tiempo de cuaresma constituye un periodo de ejercicios, de ponernos en forma para lo que estamos llamados a vivir toda nuestra vida y no sólo durante los cuarenta días que iniciamos hoy.
¿Estamos dispuestos a comprometernos a vivir la Cuaresma como ese momento providencial para cambiar el rumbo de nuestra vida, para recuperar la capacidad de reaccionar ante la realidad del mal que siempre nos desafía?
Este miércoles de ceniza, al celebrar el rito de imposición de la ceniza pidamos al Señor que nos toque el corazón para poder estar atentos a nosotros mismos y a nuestros prójimos. Que esta cuaresma renueve en nosotros la conciencia de nuestra unión con Jesucristo.




