“Yo soy la raíz y el descendiente de David” (Ap 22, 16)
Estamos a las puertas de la navidad y, por lo tanto, la Iglesia nos pide que nos preparemos con amor, devoción, penitencia y alegría la espera de la llegada del Emmanuel. Nos encontramos con el tercer gran texto mesiánico de Isaías. Ese texto bíblico es siempre proclamado en el II domingo del adviento del ciclo A. La ocasión y fecha del anuncio podría ser el período de la guerra sirio-efraimita, después de haber predicho tiempos oscuros para la casa real (cfr. Is 7,17) se abre esta puerta de esperanza:
“1 Saldrá un vástago del tronco de Jesé, y un retoño de sus raíces brotará.
2 Reposará sobre él el espíritu de Yahvé:
espíritu de sabiduría e inteligencia,
espíritu de consejo y fortaleza,
espíritu de ciencia y temor de Yahvé.
3 Y se inspirará en el temor de Yahvé.
No juzgará por las apariencias,
ni sentenciará de oídas.
4 Juzgará con justicia a los débiles
y sentenciará con rectitud a los pobres de la tierra.
Herirá al hombre cruel con la vara de su boca,
con el soplo de sus labios matará al malvado.
5 Justicia será el ceñidor de su cintura,
verdad el cinturón de sus flancos.
6 Serán vecinos el lobo y el cordero,
y el leopardo se echará con el cabrito,
el novillo y el cachorro pacerán juntos,
y un niño pequeño los conducirá.
7 La vaca y la osa pacerán,
juntas acostarán sus crías,
el león, como los bueyes, comerá paja.
8 Hurgará el niño de pecho en el agujero del áspid,
y en la hura de la víbora
el recién destetado meterá la mano.
9 Nadie hará daño, nadie hará mal
en todo mi santo Monte,
porque la tierra estará llena de conocimiento de Yahvé,
como cubren las aguas el mar.”
El texto comienza con el anuncio de la descendencia davídica del rey (1), del que se describen las dotes carismáticas (2) y su justo gobierno (3-5). En la segunda parte del párrafo se esboza un cuadro idílico del nuevo reino, que implica el retorno al estado paradisíaco inicial en el que reinaba la perfecta armonía y concordia (6-8). Finalmente se habla sobre el verdadero culto tributado a Dios sobre el monte santo pero con perspectiva universalista (9).
El tronco
“Saldrá un vástago del tronco de Jesé, y un retoño de sus raíces brotará”. Recordamos quien es Jesé, el anciano padre de David, quien a su vez recibe la promesa que uno de su descendencia se sentará en su trono y será un reinado eterno, el verdadero Mesías de Israel. El vástago (Hö†er) significa aquí, como el retoño (wenëcer), lo que brota de un tronco cortado pero no arrancado. El tronco es presentado, en paralelismo, como raíz, que recuerda la imagen de Is 6,13.
Con las imágenes que siguen a continuación, el profeta pretende decir que la casa davídica se encontrará en lamentables condiciones, destinada a la ruina, pero de la misma manera que David fue llamado un día de modo maravilloso desde la oscura familia de Jesé hasta la dignidad real, así también de la misma raíz, surgirá un estandarte o vástago, un nuevo rey, por medio del cual la casa será regenerada.
Jerónimo interpretó el texto del Mesías aplicado a Jesús y vio en el tronco de Jesé a la Virgen María. En las antífonas mayores de Navidad el Mesías es llamado Radix Iesse.
“Oh Renuevo del tronco de Jesé, que te alzas como un signo para los pueblos, ante quien los reyes enmudecen y cuyo auxilio imploran las naciones, ven a librarnos, no tardes más”.
El espíritu (2-3a)
“Reposará sobre él el espíritu de Yahvé:
espíritu de sabiduría e inteligencia,
espíritu de consejo y fortaleza,
espíritu de ciencia y temor de Yahvé.
y se inspirará en el temor de Yahvé”.
Se trata de la investidura espiritual del nuevo rey, que se reduce a la posesión del espíritu de Yahvé. Reposará indica que el don del Espíritu no es transitorio, sino permanente. El Espíritu de Yahvé es la potencia divina concedida a personas destinadas a realizar éxitos extraordinarios. Se comunica a los jueces, a los reyes y a los profetas del AT. Por ejemplo: Balaan (Num 24,2), Gedeón (Jue 6,34), Jefté (Jue 11,29), Sansón (Jue 13,25; 14,6-8), Saúl (1 Sam 10,6), David (1 Sam 16,3), profetas en general (61,1; Zac 7,12), siervo de Yahvé (42,1).
Los dones carismáticos se enumeran en tres parejas:
Los dos primeros, como fundamento de la armadura espiritual del monarca son: sabiduría (Hokmâ) e inteligencia (ûbînâ). Estas dos cualidades se encuentran juntas también en otros textos de Isaías (10,13; 29,44) y de Proverbios (4,5; 23,23). La sabiduría significa habilidad para obrar según las circunstancias y la inteligencia significa el conocimiento claro de la situación. Son los dones que se alaban en José (Gen 41,33,39) y Salomón (1 Re 3,12). El monarca será un nuevo padre del pueblo, como José, y un recto administrador de justicia.
El segundo par de dones son: consejo (`ëcâ) y fortaleza (ûgübûrâ). El primero consiste en la habilidad para hacer proyectos y el segundo en la fuerza para llevarlos a cabo. Estas cualidades las tuvo en grado el rey David.
Finalmente, el rey estará armado de ciencia (a`at) y de temor (wüyir´at) de Yahvé. Son dos cualidades que se refieren a la vida religiosa. Desde la predicación del profeta Oseas (Os 2,22; 4,16; 6,6), el conocimiento expresa la actitud del hombre con respecto a Dios en plan de obediencia y de amor. El temor de Dios, que en los términos antiguos significaba el respeto reverencial ante las teofanías, significa después la actitud religiosa del fiel con respecto a Dios. El futuro rey tendrá un espíritu profundamente religioso, estará íntimamente unido a Yahvé y podrá desempeñar un papel de mediador religioso como Abraham (cfr. Gn 20,1) y Moisés (cfr. Ex 20,20).
El gobierno (3b-5)
“No juzgará por las apariencias, ni sentenciará de oídas.
Juzgará con justicia a los débiles
y sentenciará con rectitud a los pobres de la tierra.
Herirá al hombre cruel con la vara de su boca,
con el soplo de sus labios matará al malvado.
Justicia será el ceñidor de su cintura,
verdad el cinturón de sus flancos”.
En estos versículos se describe el gobierno del futuro rey. Su tarea esencial será la de hacer justicia y hacer que se cumpla a la perfección, según la realidad de los hechos. En v. 3bc la administración de justicia se describe en sentido negativo y en el v. 4 en sentido positivo. La monarquía había provocado un gran cambio social desde el siglo X al VII; los funcionarios se aprovechaban de los privilegios de la administración concedida por el rey, la corte estaba corrompida por los intereses personales de los reyes. En tiempos de Isaías la injusticia en perjuicio de los pobres y de los que nada tenían era común (Is 1,20.23; 3,14s; 5,7.23; 10,1s; también Am 4,1; 5,12). Así pues, en el tiempo del rey futuro ya no habrá injusticias contra los pobres y verán respetados sus derechos.
La paz universal (6-9)
“Serán vecinos el lobo y el cordero,
y el leopardo se echará con el cabrito,
el novillo y el cachorro pacerán juntos,
y un niño pequeño los conducirá.
La vaca y la osa pacerán,
juntas acostarán sus crías,
el león, como los bueyes, comerá paja.
Hurgará el niño de pecho en el agujero del áspid,
y en la hura de la víbora
el recién destetado meterá la mano.
Nadie hará daño, nadie hará mal
en todo mi santo Monte,
porque la tierra estará llena de conocimiento de Yahvé,
como cubren las aguas el mar”.
La paz universal será la consecuencia del gobierno del nuevo rey. La analogía está tomada del reino animal. Las fieras salvajes y los animales domésticos cohabitarán formando un único rebaño que será pastoreado por un niño. Esta idea de la armonía entre los animales recuerda al paraíso de Gen 2. Para un hebreo la obra de la salvación está estrechamente vinculada a la suerte de la naturaleza. La lucha y el desorden fueron introducidos en el mundo por la rebelión, es decir, el pecado del hombre contra Dios (cfr. Gn 3,17ss). Este cuadro ha de entenderse en sentido poético-simbólico: la armonía entre los hombres y los animales se ha restablecido y los hombres no tienen nada que temer de la naturaleza y de sus semejantes.
En el v. 9 el horizonte parece restringirse a Palestina (en todo mi santo Monte, puede referirse a toda la zona montañosa que caracteriza al país). El concepto de paz y bienestar se presenta en forma negativa: ausencia de iniquidad y de rapiña. Aunque su razón de ser positiva (cfr. Is 2,3ss; 30,21; 32,17s) se debe al culto y a la obediencia tributados a Dios en todo el país: porque la tierra estará llena de conocimiento de Yahvé.
Síntesis mesiánica
En Isaías 7,14 se anuncia la venida del Emmanuel que va a nacer de un descendiente de David, salvador de Judá. En 9,1-6 se repite aún más explícitamente la promesa del nacimiento de un descendiente de David que tiene nombres extraordinarios e instaura un reino de paz que durará para siempre. En 11,1-9 la imagen se proyecta aún más hacia el futuro: de la dinastía davídica humillada surgirá un nuevo rey, que lleno de los dones divinos establece el reino de justicia y prosperidad, al mismo tiempo que el país se entrega al culto a Yahvé. Los tres oráculos se refieren a la misma persona.
Jesús ha verificado en sí mismo la esperanza mesiánica regia de Israel en un sentido distinto del que ofrecen estas anticipaciones veterotestamentarias. Efectivamente, Isaías ofrece un cuadro triunfal del rey futuro y de su reino. El Mesías se presenta como garantía de la protección de Yahvé sobre la casa davídica (7,14); está movido y ayudado por el Espíritu Santo (11,1-5) para realizar una obra duradera de liberación y de paz (9,1-6) en el ejercicio del derecho y de la justicia. Él personifica las mejores cualidades de los grandes de su pueblo: la religiosidad de Moisés y de los Patriarcas, la fuerza de David y la sabiduría de Salomón.
Jesús, sin embargo, aunque se presentó como Mesías no insistió ni en la descendencia davídica ni en el aspecto regio de su dignidad. Fue Mesías en un sentido tan propio e inesperado que sus contemporáneos no lo reconocieron. Por otra parte, el significado mesiánico de la obra y de la predicación de Jesús fue suficientemente claro para que sus enemigos pudieran intentar procesarle como falso Mesías y para inducir a sus discípulos a aceptar su dignidad mesiánica, cuando su resurrección y exaltación revelaron su aspecto glorioso.
Ojalá que como este viejo tronco nosotros nos dejemos renovar por el verdadero Espíritu de la Navidad que no es el consumismo, ni las luces, ni los regalos, ni la comida, sino más bien que estos lindos elementos deben reflejar el único y verdadero sentido de la Navidad que es Jesucristo el Señor.




