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Jean-Claude Bisimwa Banyanga

La aventura misionera de san Francisco Xavier: un patrimonio de la humanidad y de la vida religiosa

Nacido en Navarra en 1506 y murió en 1552 a los 46 años en la Isla de Sancián en China, San Francisco Xavier siguió a Cristo, sin hesitar, sin remordimientos en una donación plenaria de sí.  En su vida misionera San Francisco Xavier no temía el peligro.  De hecho, descubriremos en su vida espiritual el Señor actuando, porque la obra de Dios se manifestó en los tejidos de su existencia.  El Señor se revela gradualmente, irrumpe en diferentes momentos de la existencia de San Francisco Xavier.

Devorado por el celo misionero, consumió su vida para salvar almas. «En doce años, con los escasos medios de la época, Xavier recorrió casi cien mil kilómetros, se expuso a la muerte a manos de los feroces alforos y echó los fundamentos del cristianismo en las tierras paganas. Su aventura pertenece al patrimonio cultural de la humanidad, al menos con los mismos títulos que los de Alejandro Magno o de Cristóbal Colón, y marca un cruce de caminos en la historia religiosa del mundo. Para encontrarle un punto digno de comparación, es necesario evocar la obra de San Pablo»[1].   Cuando hablamos de la vida misionera de San Francisco Xavier podemos resaltar estas actitudes: su ardor misionero con el que siguió a Cristo en la obediencia al Espíritu Santo hasta la ofrenda de su propia vida, el profundo amor a Jesucristo; un amor que lo llevó a enfrentarse a los mares sin preocuparse por los peligros para el anuncio del Evangelio. La intensa amistad con Cristo en la oración personal ha sido una fuente inagotable de su fuerza en la misión, que lo empujó a dar todo, a ser radical y disponible.

Como la Palabra de Dios es un fuego que consume todo lo que quema, el alma de Francisco no puede resistir a la fuerza del Espíritu Santo que le habló en su siervo Ignacio. Es sólo la Palabra de Dios que, a través de la voz de Ignacio, penetra su corazón: “¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida?” (Mt16,26). Esta frase ha conquistado el alma de Francisco Xavier. Así, su camino espiritual se convierte en una muerte, despertando en él un hombre nuevo. De hecho, Francisco dirá que sólo en Dios descansará su vida y que la verdadera sabiduría está en Jesucristo.  Tener toda la riqueza del mundo, ser muy sabio, sin Jesús no es nada.  El Bien necesario está sólo en Jesús. El joven maestro de la Sorbona escuchó la voz de Cristo a través de Ignacio de Loyola. Habiendo conocido a Cristo, renunció a todo lo que tenía, todo lo que podía tener (honor y riqueza) y siguió a Cristo. Se ha despojado de todo el lujo del mundo y su vida se ha vuelto más estimulante. Su vida fue un viaje, la Odisea Oceánica, perduró  por la gloria de Dios. Fue un hombre de audacia[2] .  Francisco, muerto a toda ambición terrenal, Cristo despierta en él deseos del tamaño del mundo. Esta nueva vida en Jesucristo cambia profundamente toda su vida, su alma se quema de fuego espiritual, pensando en transformar y evangelizar todos los estratos sociales, el campo, y luchar contra las nacientes herejías.

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Cristo llamó a San Francisco Javier como Pedro, Andrés y Juan: "¡Ven, sígueme!"[3] .  A partir de ahora su amor será la flama del mundo y no preservará ni su cuerpo ni su fuerza física.  Atrae a muchas personas, les habla de Cristo y las alienta a convertirse. Se siente movido por el celo y compasión por las almas que Cristo salvó y que aún están lejos de la redención.  De ahí resulta la urgencia de predicarles el mensaje de salvación. «Muchos cristianos se dejan de hacer en estas partes por no haber personas que en tan pías y santas cosas se ocupen. Muchas veces me mueven pensamientos de ir a los estudios de esas partes, dando voces, como hombre que tiene perdido el juicio, y principalmente a la Universidad de París, diciendo en la Sorbona... ¡cuántas ánimas dejan de ir a la gloria y van al infierno por la negligencia de ellos!»[4]

Nunca había tenido miedo del sufrimiento, las dificultades y la pobreza en el camino. Todos los desafíos misioneros hicieron a San Francisco Xavier semejante a Cristo. Al no haber tenido nunca miedo de los peligros ni de ser persuadido, Francisco Xavier dijo: "Tengo miedo de una sola cosa: carecer de confianza en mi Dios. Siento que debo hacer el sacrificio de mi vida material por el bien espiritual de mi prójimo".  Es decir, todo a Dios, todo a nuestro prójimo y todo a nosotros mismos.

               La vida misionera de San Francisco es hoy en día para la Iglesia y para los misioneros un ejemplo destacado de vida cristiana y religiosa. San Francisco Xavier es un misionero que ha sido elegido y lleno de la gracia de Dios para estar en la Iglesia y para la humanidad signo luminoso del amor de Cristo. Tenemos que apropiarnos de su estilo de vida para llevar a cabo el anuncio del Evangelio a todos los hombres. Al ejemplo de San Francisco Xavier que nos preocupemos por la salvación de todos los hombres teniendo el mismo amor ardentísimo a Dios y a las almas.  

 

[1] XAVIER LEON DUFOUR, Saint Francois Xavier, Paris 1953, p.78.

[2] Hugues Didier, Profesor de la Universidad de Jean-Moulin-Lyon, Little Life of St. Francis Xavier, pág. 8.

[3] Augusto Luca, Monseñor Conforti, CSAM, 2010, pp.121-123.

[4] F. ZUBILLAGA, Cartas y escritos de S. Francisco Javier, Madrid 1953, p.371.

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