La caridad debería ser la principal característica de los seguidores de Cristo, es la señal más segura de que el discípulo ha entendido el mensaje del maestro. Sin embargo, para el cristiano caridad no rima con publicidad.
Es verdad que en tiempos de pandemia todos queremos ser héroes. Surge, sin quererlo, nuestro instinto protector: ayudar, aliviar, corregir y rebelarse ante la injusticia y el sufrimiento. ¡Qué bien que lo hagamos! ¡Qué bien que los otros estén en nuestro horizonte!
Pero también es cierto, que, a veces, sin quererlo, nos engañamos. Los valores se pervierten, sin que lo notemos. Detrás de esos gestos nobles, altruistas, liberadores, rompedores de cadenas, se esconde el virus letal, que lo arruina todo: la sobrexposición mediática, profanadora de derechos.
Cuando ello pasa, entonces ese gesto reivindicador y justiciero se torna en opresor, burlador y hasta canalla. Si hiciéramos caso al Señor Jesús: «Pero tú, cuando des limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha…».
Muchos samaritanos generosos, después de hacer su gesta épica, para certificar su hazaña, cuelgan fotografías en sus redes sociales, sin ningún criterio. Es decir, pasan por alto el derecho a la imagen, al honor y a la intimidad, de los «pobrecillos» redimidos por sus gestos. ¿Los pobres necesitan pagar tan alto precio? Es un terrible trueque. Porque quedarán expuestos a todo el mundo, en las redes sociales y toda la vida.
Sin darnos cuenta, caemos en el pozo hondo del clientelismo, la demagogia y la cosificación de los pobres. Fabricamos pobres para sentirnos no pobres y buenos. E ingenuamente, colaboramos para mantener la espiral injusta, que tutela a los pobres y los hace más pobres.

Este mismo juego deshumanizador y opresor, lo hemos visto durante la pandemia del COVID-19. Las redes sociales estaban llenas de fotografías y vídeos de sospechosos personajes que, más que a madre Teresa o Robin Hood, olían a políticos estrategas, inversionistas pacientes. También había otro grupo de neófitos aventureros, sedientos de fama y muchos héroes de nada, ávidos de publicidad.
Hay que tomar en cuenta que una de las premisas básicas de la comunicación y del periodismo riguroso es: «Los pobres tienen derechos». No se puede pisotear su dignidad. Los pobres son seres humanos. Poseen el derecho a la imagen, al honor y a la intimidad. Estos están avalados por nuestra Constitución: son derechos fundamentales de la persona. Nada puede canjear estos derechos: tampoco la solidaridad pandémica.
Se trata, pues, de una cuestión de dignidad. Los pobres no son animales de zoológico ni seres exóticos para presumir. Si les damos comida, ¡qué bien!, pero no les pidamos como factura su imagen.
Los «pobres», amados de Jesucristo, más que regalillos, necesitan ser redimidos. Hay que darles el mejor regalo para su vida: educación y cultura, hábitos de superación económica e inteligencia emocional. Sería una utopía que los samaritanos posmodernos se decanten por hacer este tipo de campañas. Que profesionales, cristianos o no, regalen sus vacaciones y vengan a romper el tópico de «pobre». Y que lo hagan todos los días del año, sin pandemia. ¡Esto sí sería significativo y digno!
Sin duda, regalaríamos las mejores armas para que los «pobres» transformen su entorno, encaren su realidad y logren un cambio profundo y duradero. Con esfuerzo, trabajo propio y sin cámara. Los «pobres» no deben ser más objeto de narcisismo digital. La generosidad no necesita publicidad.




