Domingo de la Misericordia Divina
Jn 20,19-31
“Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo”
Queridos hermanos nuevamente estamos reunidos para meditar la Palabra de Dios y proclamar nuestra fe en Cristo Resucitado; hace apenas una semana escuchamos con alegría el anuncio de su resurrección y durante toda la semana nos hemos dejado contagiar por el testimonio de los testigos oculares de la resurrección. Hoy, segundo domingo de Pascua, nuevamente la Palabra de Dios nos invita a la fe y a la esperanza: “se escribieron estos signos para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el hijo de Dios, y para que, creyendo, tengan vida en su nombre”.
El texto del evangelio de hoy comienza narrando una realidad muy semejante a la que estamos viviendo nosotros, en este tiempo de confinamiento, y no solo por el hecho de las “puertas cerradas” sino por el acto de re creación que Dios hizo en ese momento y que quiere hacer de nuevo, a través de nosotros, la generación de la pandemia del siglo 21, la “generación covid-19”, insisto, como lo hizo con sus discípulos, pues la historia de la humanidad “recomenzó”, si así puedo decirlo, con la resurrección de Jesús; nada fue igual después que Jesús se apareció a sus discípulos y les “sopló” el Espíritu Santo.
El texto del evangelio nos narra ese acto de re creación: “al anochecer del día de la resurrección”, dice el texto, “estando las puertas cerradas”, los discípulos sumidos en el miedo, Jesús irrumpe y afirma: “La paz esté con ustedes”, enseguida les muestra las manos y el costado, es decir les muestra los signos de su amor extremo, ese amor, a través del cual quiere regenerar toda la humanidad, la creación entera. Enseguida “sopló sobre ellos” y los envió a continuar su obra, la obra del Padre de salvar, redimir, regenerar esta humanidad: “Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo”. El "soplo" sobre los discípulos recuerda acciones bíblicas que nos hablan de la nueva creación, de la vida nueva, por medio del Espíritu. Recordemos el Génesis 2,7 o Ezequiel 37. El espíritu del Señor Resucitado inicia un mundo nuevo, y con el envío de los discípulos a la misión se inaugura un “nuevo Israel”, una “nueva humanidad” que cree en Cristo y testimonia la verdad de la resurrección. El “Israel viejo”, al que temen los discípulos, está allá fuera, fuera de la casa donde están reunidos los discípulos (si bien éstos tienen las puertas cerradas). Será el Espíritu del resucitado el que rompa esas barreras y abra esas puertas para la misión. Ellos pues, con la ayuda del Espíritu, continuarán la acción del Dios creador que quiere reconstruir la humanidad, salvada por su Hijo y ahora pronta a tener vida “en su nombre”.
Hermanos, a partir de hoy y hasta Pentecostés estamos llamados a reflexionar, a soñar, a idear esa “nueva humanidad” recreada bajo la luz del Espíritu de Cristo resucitado. Como los apóstoles, a pesar de haber recibido este “soplo”, estamos llamados a quedarnos aún “con las puertas cerradas” en espera de la llegada de Pentecostés, y a los 50 días, con su presencia, salir y con valentía anunciar la Resurrección y recomenzar esta nueva humanidad. Hermanos, quizá es coincidencia, quizá es un signo de la gracia de Dios, pero este año la fiesta de Pentecostés cae el 31 de mayo, un día después de la fecha fijada por las autoridades sanitarias para terminar la cuarentena.
¿Qué mundo queremos reconstruir? ¿Cuáles son las características de la “nueva humanidad” que el Espíritu Santo quiere que reconstruyamos bajo su soplo? Estas preguntas quieren provocar respuestas valientes en nuestros corazones durante estos días de espera; respuestas a encontrar en la Palabra de Dios y en el encuentro personal con Cristo durante estos días hasta Pentecostés.
¿Qué respondemos hoy? Les comparto algunas características que yo encuentro en las lecturas de hoy, ese deseo que ellas me inspiran para imaginar esta nueva humanidad. Te invito a buscar también tu respuesta y a compartirla, es tiempo de dialogo, de búsqueda, de soñar antes de salir, cuando el Espíritu abra de par en par nuestras puertas y nos lance a la misión.
De mi parte, yo sueño una nueva humanidad que:
- Viva de solidaridad y de comunión fraterna. Donde el nuevo ser humano sabe “vivir unido y tiene todo en común”, donde “los productos son distribuidos entre todos, según las necesidades de cada uno”. La primera lectura del libro de los Hechos (Hch 2,42-47) nos enseña que el ideal de comunidad cristiana está en crear «hogar», diríamos hoy, una “casa común”. Un hogar donde se construya comunión y, por consiguiente, se construyan personas. Que sean lugares de encuentro y no de paso; que sean lugares donde se vive y se siente, donde se comparte, se reza y se celebra. Lugar donde se vive de solidaridad y donde se manifiesta la comunión también material, económica, social. Lugar donde lo más importante es la persona y no lo material, la persona y no la economía, sino la comunión.
- Persevere en la escucha de la Palabra de Dios, en la fe y en la alabanza a Dios. No una humanidad guiada por ideologías e intereses, sino por el Proyecto de Dios que es la vida en plenitud del ser humano y de toda la humanidad. Solo dándole nuevamente a Dios su lugar en nuestra historia podremos reconstruir nuestro mundo y darles futuro pleno a las nuevas generaciones. “Sin mí, nada pueden hacer” dice el Señor.
- Que viva de la paz de Cristo. En tres ocasiones Jesús dirigió estas palabras a los discípulos reunidos: “La paz esté con ustedes”. La paz que les desea Jesús es el fruto de la presencia poderosa de Dios. Con la Resurrección de Jesús ha comenzado la nueva y definitiva etapa de la historia. El Reino ya está aquí. Si los apóstoles se sienten perseguidos y atemorizados, si nos sentimos nosotros de esa manera, no hay razón para ello. La paz de Dios está con nosotros y ella nos da esperanza, nos da fuerza para reconstruir la humanidad bajo el signo de su amor. La paz de Jesús no es la ausencia de conflictos, sino la manifestación y concretización del amor manifestado en la cruz que nos hace vencer el odio con el perdón, la maldad con el bien. Por algo Jesús les muestra las manos y el costado inmediatamente después de saludarlos con estas palabras de Paz. La paz de Cristo es pues el amor, el perdón, la misericordia, la bondad. Sueño pues una humanidad “pacificada” por este amor.
Hermanos, Cristo ha resucitado y se “ha aparecido” a nuestros corazones. No seamos como Tomás, abramos antes que nada las puertas que tengamos cerradas en nosotros mismos y sintamos cómo se despierta el amor de quien nos ama, Jesús resucitado, y el amor que nos brota ante quienes amamos. Sintamos en estos días de espera cómo el amor nos “reblandece”, nos modela, nos figura humanamente, nos sitúa como constructores de paz, hacedores de un mundo nuevo, de nuevas situaciones y de circunstancias renovadas. Es tiempo para participar, bajo el soplo del Espíritu, de la nueva creación que Dios está por hacer. “Tú crees porque me has visto, decía Jesús a Tomás, dichosos los que creen sin haber visto”.
Que Dios nos conceda la gracia de soñar una nueva humanidad y que nuestra fe en él nos haga participes gozosos de esta acción creadora de Dios en su hijo Jesucristo.




