DOMINGO DE PASCUA DE RESURRECCIÓN DEL SEÑOR
(Jn 20, 1-9)
Resucitó el Señor como había dicho.
No hay fecha que no se cumpla. Hemos acompañado al Señor, por cuarenta días, en el ‘desierto’ cuaresmal hacia su Pascua y, finalmente, hoy, se cumple lo que había anunciado. Por lo tanto, es inútil buscar, entre los muertos, al que está vivo. Nuestra esperanza ha llegado a su cumbre. Sabíamos que el Mesías, el Hijos de Dios, el Salvador del mundo no podía morir para siempre. En efecto, hoy, ha resucitado para nunca jamás morir. No se trata de una resurrección más, como las que nos había acostumbrado presenciar el Señor en su tránsito por nuestro mundo. Todos los resucitados, por cierto, volvieron a morir, pero Él: no. Su resurrección es para siempre y lo será también para quienes serán juzgados dignos de ella.
El Maestro, de hecho, ha cumplido con su promesa: ‘resurrexit sicut dixit’, es decir, ‘ha resucitado como nos lo había dicho’. No podía haber muerte definitiva para el Hijo de Dios; no podía habernos engañado, aquel que entregó vida y derramó sangre por nuestra salvación y por la del mundo. Gran buena noticia, la de hoy, porque la muerte ha sido vencida y nada ha terminado. Al contrario, todo comienza. Jesús está vivo y para siempre. Después del trauma de la pasión, lo que estamos invitados a presenciar, hoy, constituye un bocado de aire fresco, una inyección de luminosa esperanza.
El primer día después del sábado.
El gran evento de la resurrección aconteció el primer día de la semana y la piedra removida del sepulcro ha sido una prueba más: “Estando todavía obscuro, fue María Magdalena al sepulcro y vio removida la piedra que lo cerraba”. La mujer, que todo mundo había despreciado; la que bañó los pies del Maestro con sus lágrimas; la que lo untó, con el perfume más precioso, había sido elegida para ser la primera testigo de la resurrección de Jesús. ¡Qué hermosa suerte! ¡Qué dicha! De veras, la predilección de Jesús, cuando se trata de amor, no tiene límites. Sin embargo, la magnitud del misterio no pudo ser captado, de inmediato, por la dichosa mujer. Corriendo inquieta, leemos en el evangelio, llegó a la casa de los amigos del Señor, de Pedro y Juan, a quien Jesús amaba, y dio la noticia: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo habrán puesto”. Santa inocencia de humilde mujer, todavía dudosa, acerca del destino de Jesús. No había comprendido, todavía, que Jesús había resucitado. Inexplicable misterio, éste, de la resurrección de un muerto. En efecto, todavía hoy, hay quienes dudan de ello y crispan la belleza de la fe.
Los lienzos puestos en el suelo.
También Pedro y Juan, emocionados por la revelación de la mujer y convencidos de que se trataba de un asunto de gran trascendencia, después de una veloz carrera, llegan al sepulcro y constatan la verdad de su testimonio. A las mujeres, en los tiempos del Señor, no se les prestaba fe a lo que decían. Si alguien quería engañarnos, sin embargo, no iba ciertamente a utilizar a las mujeres para convencernos acerca de la autenticidad de un hecho tan trascendente.
Los lienzos, que los amigos de Jesús encontraron puestos en el suelo, reforzaron la autenticidad del anuncio de la mujer. Los ladrones, normalmente, no se quedan con un cadáver, sino con lo que lo reviste ricamente. Pero, en esta ocasión, todo estaba allí, ordenadamente: “Contempló –Pedro, el último llegado al sepulcro- los lienzos puestos en el suelo y el sudario, que había estado sobre la cabeza de Jesús, puesto no con los lienzos en el suelo, sino doblado en sitio aparte”. Demasiadas son las coincidencias y varios los signos que, aun sin hacer ruido, revelan la presencia de un gran misterio: la resurrección de un muerto. Juan, delante de tanta elocuencia visual, ‘vio y creyó’. No era para menos, desde luego. Además, los discípulos de Jesús se acordaron de las Escrituras “según las cuales Jesús debía resucitar de entre los muertos”. La fe en Juan, pero, no se dio por las Escrituras, sino por la ‘vista’ de la tumba abierta y vacía. Su testimonio, por cierto, sigue siendo contundente y su fe es el alma del relato.
Que Juan, más joven y veloz, deje entrar primero a Pedro en el sepulcro, no es cuestión de respeto, sino de ‘reconocimiento’ del papel primario que el mismo Jesús le había ya otorgado. Ahora, también sobre la autoridad de los dos apóstoles y no únicamente sobre el testimonio de la mujer, reposa la certeza de esa tumba vacía. Desde el mundo silencioso de la muerte Jesús, en fin, ‘volvió’ entre los vivos. Su muerte y resurrección, en efecto, abren el horizonte de la vida eterna para aquellos que creyeron, creen y creerán en Él. Nosotros, en efecto, creemos en Jesús resucitado, a través de la fe de los discípulos y el testimonio de quienes lo han visto, han hablado y han comido con Él. La resurrección de nuestro Señor es, en fin, la raíz y la razón de nuestra fe. Ahora, nos corresponde imitar a los discípulos: dar testimonio, con la vida, de que Jesús no ha muerto, sino vive para siempre.
No nos conformemos, entonces, con los bienes de barro; aspiremos, más bien, a los bienes del Espíritu: los de arriba, los superiores y definitivos como los valores de Jesús. Hoy, gocemos la resurrección del Señor, de ese Cristo que, con su gloria, ha alegrado el mundo entero. Pidámosle, además, que fortalezca nuestra fe y nos aumente la esperanza de poder compartir su triunfo. Y resucitar con Él.




