El 5 de febrero, como Iglesia recordamos el martirio de Fray Felipe de Jesús (1572-1597). Un hombre que, para quienes vivimos la vida consagrada, es un ejemplo de vida no sólo por su entrega misionera en Asia, sino por fomentar, al interior como al exterior de su comunidad, lazos de hermandad y fraternidad.
Felipe nació en la Cd. de México en el año 1572. Su padre Alonso de las Casas y su madre Antonia Martínez, de proveniencia española, educaron a Felipe cristianamente.
A una edad temprana, Felipe ingresó a la orden de los franciscanos en la Cd. de Puebla, pero tiempo después regresó a su casa.
A sus 18 años, su padre, Alonso de las Casas, le enviaba a las Islas Filipinas a probar fortuna, ya que la familia se dedicaba al comercio. Estando en Manila, Felipe, sintiendo nuevamente la llamada vocacional, ingresó a la orden de los franciscanos donde tomó consigo el nombre de Felipe de Jesús. Era un chico dedicado a sus estudios, al servicio de los enfermos y a los servicios comunitarios.
En 1596, Felipe obtuvo la aprobación de sus superiores para recibir el ministerio del presbiterado, pero como en Filipinas no había Obispo para realizar dicha ordenación, entonces, se le pidió a Felipe que se embarcara a México para recibir dicho ministerio.
Felipe de Jesús y varios de sus cohermanos, se embarcaron en el Galeón San Felipe en noviembre de 1596, pero una gran tempestad desvió el barco hacia la isla de Japón.
En Japón, catorce años antes, 1582, el altísimo señor Taikosama, habiendo tomado el control de todo el territorio japonés, formó un imperio. A partir de esos años, pero en especial en 1587, el emperador decretó la expulsión de los misioneros y la demolición de los templos cristianos, órdenes que se llevaron cabalmente en los años siguientes.
Cuando Felipe de Jesús desembarcó en Japón, la situación política permeaba frente a la situación religiosa, por ello, Felipe se refugió en Meaco, lugar donde los franciscanos tenían una escuela y un hospital.
Lo inesperado llegó, el 30 de diciembre, todos los frailes fueron hechos prisioneros junto con un grupo de cristianos japoneses, ahí comenzaba su martirio. El día 3 de enero de 1597, tanto a los frailes como a los cristianos japoneses se les cortó la oreja izquierda y enseguida emprendieron una marcha en pleno invierno de Tokyo a Nagasaki. La intención del emperador con la ejecución de dicho acto, era infundir el horror y miedo a los cristianos nativos.
Ya en el lugar, el 5 de febrero de 1597, los veintiseis cristianos fueron colgados sobre cruces en una colina en las afueras de Nagasaki. Éstos fueron fijados a las cruces con argollas de hierro sobre el cuello, las manos y las piernas, poco después, todos fueron atravesados con lanzas. El primero fue Felipe, quien poco antes de morir repetía el nombre de Jesús. Enseguida le clavaron dos lanzadas en el pecho que le abrieron las puertas de la Gloria de Dios.
Felipe de Jesús y sus compañeros fueron beatificados el 14 de septiembre de 1627 y canonizados, por el papa Pio IX, el 8 de julio de 1862.
Frente a este gran testimonio de vida, quienes vivimos la vida consagrada, ¿qué podemos aprender de este gran misionero?
Primeramente, como consagrados estamos llamados a responder con sinceridad, alegría y generosidad, a la invitación que Jesús nos hace de seguirle más de cerca, así como lo hizo Felipe de Jesús estando no sólo en México a una edad temprana sino estando ya en las Filipinas en edad adulta.
Segundo, como consagrados estamos llamados a ponernos al servicio de nuestro prójimo sin importarnos las condiciones de vida en las cuales éste se encuentre, siguiendo el ejemplo de Felipe de Jesús quien se acercaba a todos sin importarle su estatus social, pues en ellos reconocía no sólo su dignidad sino la presencia de Dios.
Y tercero, los consagrados estamos llamados a crear un ambiente de vida comunitaria agradable, respetuoso, familiar y fraterno, tanto al interior como al exterior de nuestras comunidades, así como lo expresaba y vivía Felipe de Jesús no sólo en su comunidad sino con las personas con quienes se relacionaba.
Así pues, hoy que como Iglesia recordamos a San Felipe de Jesús, pidámosle que siga iluminando y bendiciendo a todas las familias, para que, a ejemplo de su buen testimonio familiar, susciten numerosas vocaciones sacerdotales, religiosas y misioneras. De igual modo pidámosle por todos aquellos quienes hemos abrazado la vida religiosa, para que, a partir de su testimonio de vida, seamos luz en nuestra sociedad y logremos así construir un mundo en el que se haga presente la paz, la justicia y el amor no sólo al interior de nuestras comunidades religiosas, sino en nuestros diversos apostolados. Así sea.
Buena fiesta a todos.
Cfr. En línea: https://www.corazones.org/santos/felipe_jesus.htm (28 de enero 2020).




