“Por tanto, estén despiertos, porque no saben el día ni la hora” (Mateo 25, 13)
La Biblia, que es “Sagradas Escrituras” por medio de cual escuchamos la palabra de Dios, la revelación y la historia de la salvación, nos marca una línea del tiempo que se abre desde el primer libro (Génesis 1,1): “En el principio, cuando Dios creó los cielos y la tierra,…” y se cierra en el último libro (Apocalipsis 22, 20): “… si, vengo pronto”. En un tiempo y espacio dado, Dios se manifiesta a cada uno; y en el momento de recibir el mensaje de Dios, el hombre toma el tiempo suficiente buscando la respuesta adecuado a dar a Dios Todo Poderoso. Eso se pasa en el tiempo subdividido que llamamos Kronos, el tiempo que nos permite revisar nuestro día, nuestro año, saber lo que logramos en nuestra fe y lo que todavía nos falta para seguir caminando en el buen camino hacia la santidad. Sin embargo, el valor que tendrá este tiempo, el tiempo necesario para que la voluntad de Dios se cumpla, lo llamaremos Kairos, el momento oportuno.
El proyecto de Dios (de salvarnos), se realiza a través del tiempo; y nosotros como seres humanos, creados a la imagen de Dios, logramos nuestros proyectos a través del tiempo: una hora, un día, un mes, un año, un siglo, un milenio,… Dos fiestas se celebran sucesivamente, el fin de Año y Año Nuevo para agradecer sinceramente a Dios que nos acompaña durante todos esos 365 días, y empezar el año nuevo con otros esfuerzos. Mucha pena, muchas dificultades, problemas, acompañan el hombre en su proceso y trabajo hasta realizar el proyecto que se fijó. Es en este tiempo que unos dirán, “…mira que me faltó más tiempo para hacer eso…”, como si el hombre fuera el garante del tiempo. ¡Ojo! El hombre se descubre viviendo en un tiempo que le da Dios Eterno, el Dios que gobierna sobre los tiempos de los hombres. A su turno, el hombre aprende a organizarse y a ir realizando su proyecto día tras día.
La vida que nos comparte Dios, no se focaliza en un tiempo cronológico en donde nos ubicamos como si fuera el nuestro. Al contrario, nos encontramos en este tiempo oportuno, inesperado, que se ofrece como don, como gracia, este tiempo que marca realmente la vida de cada persona en su encuentro con Dios, en su dialogo personal con Dios, en su entrega y su volver a tomar compromisos para mejorar la relación con Dios y el resto de la creación. Es ahí en donde el hombre se recupera, toma conciencia de su fe, hace coincidir su proyecto con el de Dios y se deja conducir según la voluntad de Dios. Normalmente, se requiere discernimiento y comunión con Dios para conocer el tiempo de Dios. En nuestras vidas, hay muchas oportunidades que nos da Dios, pero que no aprovechamos, y por falta de discernimiento se nos escapan. Durante la historia, podremos volver a tener esa gracia, estas oportunidades, pero lo que dejamos ir ya lo perdimos.
Al final de año, e inicio del nuevo, es aún más importante el discernimiento del proyecto de Dios sobre nosotros para saber manejar lo que Él nos regala en nuestras vidas, en nuestra historia. Como seres humanos, el ayer, hoy y mañana, cada día cuenta con 24 horas. En esta medida de tiempo, “cantidad”, (lapso de tiempo, duración de tiempo), Dios se manifestó y se sigue manifestando; estableciendo con la creación del sol, la luna y las estrellas la medida de los tiempos terrenales (Génesis 1, 14 - 18).
El proyecto de Dios y su gracia en nuestra vida se realizan, por fin, a través del tiempo Kairos, “cualidad”; el tiempo de Dios, en qué vivimos con esperanza y confianza. El Kairos, la medida correcta, el tiempo oportuno, el tiempo favorable, es el momento en que tenemos que velar. Nadie sabe la voluntad de Dios antes que se realice, ni los cambios de Dios en nuestra vida. El fin de año nos pone en espera con confianza hasta que recibimos la gracia de Dios, de hacer coincidir nuestros proyectos y los suyos; poner todo en sus manos y dejarnos conducir. El tiempo de Dios llega en el momento adecuado, no se tarda o ni se adelanta. “Fíjense cómo Cristo murió por los pecadores, cuando llegó el momento, en un tiempo en que no servíamos para nada”. (Romanos 5,6).




