Así empiezan nuestras constituciones: “El Espíritu del Señor, que anima la Iglesia y renueva continuamente en ella la conciencia de su misión en el mundo, inspiró al Obispo Guido M. Conforti a entregarse para la evangelización de los no cristianos…” (Const. n°1). Nuestras constituciones nos llevan a tomar conciencia de que es el Espíritu Santo el verdadero protagonista de la misión, es él que anima, suscita y lleva adelante la misión de la Iglesia. En todos los tiempos la presencia del Espíritu es esencial para el desempeño de la misión evangelizadora. San Ireneo resalta tres actividades del Espíritu: inspiró a los profetas, dio la gracia a los justos y escribió la Ley de la Alianza. El Nuevo Testamento revela con mucha claridad la actividad salvífica del Espíritu en: la vida de Cristo, la vida de la Iglesia y la vida escatológica.
Encontramos de modo muy claro el protagonismo del Espíritu Santo en el libro de los Hechos de los Apóstoles. A partir del capitulo 2 vemos su protagonismo en la iglesia naciente. El término y el tema del Espíritu son omnipresentes en la obra lucana. Se menciona 106 veces, de las cuales 70 corresponde al libro de Hechos.
Lucas nos presenta a Jesús como el inspirado por el Espíritu, ya que, durante su ministerio terrestre, toda inspiración está concentrada en su persona. Después de Pentecostés, Lucas nos presenta el Espíritu como aquél que inspira las palabras y las obras de los apóstoles. Antes de Pentecostés son hombres miedosos y cerrados en si mismos, aun teniendo contacto directo con el Resucitado siguen con miedo, después de Pentecostés notamos de inmediato un cambio radical en la vida de ellos, de miedosos y cerrados, a hombres valientes, con palabras audaces, capaces de entregar su vida por el mensaje de salvación que les fue transmitida. Lucas muestra cómo el Espíritu empuja a la comunidad a salir de las fronteras de Israel, a salir de los limites de la ley, a cruzar las fronteras de Asia para llegar a Roma (cf. Hch 16, 10). Los primeros cristianos estaban seguros de que el Espíritu Santo actuaba en sus vidas.
Esa efusión del Espíritu es concedida a los apóstoles por el Resucitado en Jerusalén (cf. Lc 24, 49). Lucas insiste que la efusión del Espíritu es un requisito esencial para la misión de la iglesia y para sus misioneros que llevan a cabo la orden del Resucitado: anunciar la Buena Nueva a todas las naciones. Después de Pentecostés, el Espíritu de Dios conduce a los apóstoles a evangelizar y a bautizar a los primeros creyentes y esto presenta un giro decisivo en la historia de la salvación. Por lo tanto, la Iglesia no es una ONG, sino obra del Espíritu Santo que la funda como obra misionera por definición, anima la Iglesia, la hace crecer (cf. Hch 9,31) dándole el poder de testimoniar a Jesús. Los misioneros deben actuar “llenos del Espíritu Santo” (cf. Hch 4, 8).
Los apóstoles predican, pero lo hacen por impulso del Espíritu Santo y la predicación apostólica por consiguiente genera la fe en los corazones de sus oyentes, logrando su conversión al evangelio, luego, el Espíritu no conduce al éxtasis sino a la comunicación de la Palabra. Leyendo el libro de los Hechos no estamos invitados a pensar en el Espíritu sino a vivirlo, y a discernir su recorrido en la historia. El Espíritu sigue su obra en la Iglesia capacitándonos a ser testigos del Señor resucitado: anunciándolo por medio de nuestro testimonio y palabras.
“Sin el Espíritu Santo, Dios es lejano,
Cristo permanece en el pasado,
el Evangelio es una letra muerta,
la Iglesia una simple organización,
la autoridad un poder,
la misión una propaganda,
el culto un arcaísmo
y la actuación moral
una conducta de esclavos.
En Cambio, en Él:
el cosmos se encuentra ennoblecido
y movilizado para la generación del reino,
Cristo resucitado se hace presente,
el Evangelio se vuelve potencia y vida,
la Iglesia realiza la comunión trinitaria,
la autoridad se transforma
en un servicio liberador,
la acción humana es deificada”. ( Patriarca Atenágoras)




