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SERGE CLOVIS KENNIE KOWA

¿QUÉ ES LA SANTIDAD? PUNTOS TEOLÓGICOS

 

Cada 1 de noviembre, la Iglesia nos invita a celebrar a todos los santos. Dicha celebración es un llamado, sin duda ninguna, a reflexionar sobre la santidad que es nuestra vocación primera como cristianos, sobre sus fundamentos y la manera con la que podemos responder a esta llamada desde la situación histórica en la que vivimos y nos movemos.


Sed santos, porque yo, el Señor, Dios vuestro, soy santo (Lv 19, 2)
La palabra santidad, en hebreo qodesh, significa separación, transcendencia. En la tradición veterotestamentaria, el término “santo” expresa una cualidad exclusiva de Yahvé; sólo Dios puede ser llamado Santo. Todo en él es santo: su ser, su voluntad, sus acciones, su palabra… Este Dios Santo ha querido acercarse al hombre y se ha hecho presente en la historia de la humanidad, entrando en relación con el hombre. La santidad es cualidad dinámica que, fluyendo del ser divino, se comunica a la criatura. Dios quiso ligarse con el hombre mediante la alianza cuyos imperativos legales, por proceder de él, son prescripciones de santidad (Cf Lv 19, 2). Las leyes y los preceptos, las reglas de comportamiento pertenecen a la esfera de lo santo y el camino de su cumplimiento es camino de santificación.
Esta comunicación de Dios llega a su culmen en Jesús de Nazaret, quien, conforme al Evangelio de Juan, es el Hijo que el Padre santificó y envió al mundo (Jn 10, 36). A partir de Jesús, esta santidad llega a la humanidad entera; pues la obra redentora de Jesús llevada a cabo en cada instante de su vida, y de forma especial en los momentos de su muerte y resurrección, se constituye en la fuente de la cual brota la santidad.
Cabe resaltar aquí las hermosas palabras de Jesús a su auditorio en el sermón de la montaña: “Sed vosotros perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto.” (Mt 5, 48). Jesús habla así a sus discípulos de todos los tiempos y los invita a ser santos como Dios. En efecto, más que hacer una mera invitación, Jesús es el Santo de Dios (Jn 6, 69), modelo por excelencia y portador de santidad y la comunica a los hombres constituidos Hijos de Dios mediante la acción del Espíritu (Cf Rm 1,4). El cristiano está llamado a santificarse cada día uniéndose de manera más estrecha con Dios y con toda la humanidad. La experiencia de fe de los primeros discípulos de Jesús brota desde el primer momento de esta llamada a la santidad.
De lo dicho anteriormente, se puede afirmar lo siguiente:
- la santidad es un don y un compromiso. Como don, se entrega en el bautismo y se debe pedir a Dios cada día porque sin Él, nada podemos hacer (Jn 15, 5). Pero este don se plasma en un compromiso que ha de dirigir toda nuestra vida. Y este compromiso incumbe a todos ya que “todos los cristianos, de cualquier clase o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección del amor” (LG 40).
- la santidad es un camino de toda la existencia cristiana, siguiendo el modelo de Jesucristo hombre. En este camino, se intenta encarnar los valores que Jesús vivió y por los que entregó toda su vida tales como el amor, la justicia, la misericordia… La santificación es por tanto un proceso esencialmente cristocéntrico.
- La santidad es un proceso dinámico de cristificación (es decir de conformación progresiva con Cristo hombre y con su existencia) en el que el creyente se deja mover por el Espíritu Santo, quien imprime en su corazón la caridad y lo configura a imagen de Cristo como Hijo de Dios.
- La santidad es una vocación estrechamente unida a nuestro bautismo, y como tal, exige de parte nuestra una respuesta que se convierte en fidelidad diaria.


La vocación universal a la santidad
El concilio Vaticano II destacó con fuerza lo que es nuestra primera vocación en estos términos: “Todos los fieles, cristianos, de cualquier condición y estado, fortalecidos con tantos y tan poderosos medios de salvación, son llamados por el Señor, cada uno por su camino, a la perfección de aquella santidad con la que es perfecto el mismo Padre.” (LG 11)
El llamado hecho por Jesús a ser santos (Mt 5, 48) es para todos sin excepción y se hace más fuerte el día e nuestro bautismo. Ser santo no es asunto exclusivo de los obispos, sacerdotes o religiosos. A veces se tiende a pensar que la santidad está reservada sólo a aquellos que tienen la posibilidad de tomar distancias de las ocupaciones ordinarias, para dedicar mucho tiempo a la oración. Todos estamos llamados a ser santos viviendo con amor y ofreciendo el propio testimonio en las ocupaciones de cada día. El cristiano no puede pensar en su propia misión en la tierra sin concebirla como un camino de santidad, porque “ésta es la voluntad de Dios: vuestra santificación” (1 Ts 4,3). Cada santo es una misión; es un proyecto del Padre para reflejar y encarnar, en un momento determinado de la historia, un aspecto del Evangelio. (Cf GE 19)
En su exhortación apostólica Gaudete et exultate, el papa Francisco invita a no tener miedo de la santidad porque el camino de santificación es un camino de humanización: “No te quitará fuerzas, vida o alegría. Todo lo contrario, porque llegarás a ser lo que el Padre pensó cuando te creó y serás fiel a tu propio ser. Depender de él nos libera de las esclavitudes y nos lleva a reconocer nuestra propia dignidad.” (GE 32) La vida de santa Josefina Bakhita refleja muy bien esta realidad; ella fue secuestrada y vendida como esclava a la tierna edad de siete años, sufrió mucho en manos de amos crueles. Pero llegó a comprender que Dios, y no el hombre, es el verdadero Señor de todo ser humano, de toda vida humana. Esta experiencia, se transformó para ella en una fuente de gran sabiduría. En la medida en que se santifica, cada cristiano se vuelve más fecundo para el mundo.


Llamados a ser santos cada uno por su camino (LG 11)
Jesús nos invita a ser santos cada quien desde el lugar donde se encuentre. La Lumen Gentium, al hablar de la vocación a la santidad, recuerda que se debe buscar cada uno por su camino. No se trata de copiar exactamente lo que hicieron los santos, sino de discernir su propio camino, siguiendo los ejemplos de Jesús y de los santos. “¿Eres consagrada o consagrado? Sé santo viviendo con alegría tu entrega. ¿Estás casado? Sé santo amando y ocupándote de tu marido o de tu esposa, como Cristo lo hizo con la Iglesia. ¿Eres un trabajador? Sé santo cumpliendo con honradez y competencia tu trabajo al servicio de los hermanos. ¿Eres padre, abuela o abuelo? Sé santo enseñando con paciencia a los niños a seguir a Jesús. ¿Tienes autoridad? Sé santo luchando por el bien común y renunciando a tus intereses personales” (GE 14) Esta santidad a la que el Señor nos llama irá creciendo con pequeños gestos concretos.


Rodeados por tantos modelos de santidad
La carta a los Hebreos nos pone enfrente una nube de testigos (Heb 12,1). La tradición de la Iglesia nos ha propuesto los testimonios de tantas personas que nos alientan y nos estimulan a seguir caminando hacia la santidad. Y entre ellos, están familiares, amigos, vecinos y conocidos que, aunque sus vidas no hayan sido siempre perfectas, pero aun en medio de imperfecciones y caídas, siguieron adelante y agradaron al Señor (cf. GE 3). En ellos se puede observar signos de santidad que deberían impulsarnos cada día más.
De ellos, aprendemos que la santidad no consiste en hacer grandes cosas o cosas extraordinarias, sino más bien a hacer las cosas más pequeñas e insignificantes de la vida de manera extraordinaria como San Guido María Conforti solía recordar a sus misioneros. Ellos supieron dejar crecer en ellos el amor de Dios y el amor por el prójimo.

Ser santo es mi compromiso
Los santos entendieron que, si no se vive para ser santos, de nada sirve vivir. Celebrar a todos los santos es reconocer que tantas personas se han dejado transformar por el Señor, moldeando cada día su vida a partir de Jesús y de los valores del Evangelio; es también despertar o alentar en nosotros este deseo de la santidad; por último, es comprometernos a dar pasos cotidianos para conformar nuestra vida al proyecto salvador de Dios encarnado en la persona de Jesús. Dejémonos estimular por los signos de santidad que el Señor nos presenta a través de los santos y de las más humildes personas de nuestro pueblo que participan también de la función profética de Cristo, difundiendo su testimonio vivo sobre todo con la vida de fe y caridad (LG 12).

LG: Lumen Gentium
GE: Gaudete et exultate

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