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Pedro Viveros Viveros sx

La autoridad que construye comunidad: una propuesta teológica para la sociedad del siglo XXI

Cuando el poder olvida su misión: un diagnóstico desde la fe

La liturgia del vigésimo primer domingo del tiempo ordinario nos enfrenta a una pregunta incómoda y necesaria: ¿para qué sirve el poder? En una sociedad donde la autoridad se ha convertido con demasiada frecuencia en instrumento de opresión, en privilegio que separa, en escalera que aplasta, las lecturas de hoy irrumpen como un profético llamado a la conversión estructural. No se trata de un mensaje espiritualista que consuela almas sin tocar el cuerpo social, sino de una propuesta radical para repensar nuestras comunidades, nuestras instituciones y nuestra convivencia.

Isaías nos muestra el rostro del poder que se ha vuelto ídolo. Shebna, el mayordomo de la casa de David, había hecho de su cargo un proyecto personal. Su tumba excavada en la roca, su preocupación por la posteridad, su desvinculación del sufrimiento del pueblo, todo ello revela una patología que conocemos demasiado bien en el siglo XXI: el líder que construye su propio monumento mientras el pueblo espera pan, justicia y dignidad. La palabra de Dios es lapidaria: "Te depondré de tu cargo, y te derrocará de tu puesto"(Is 22,19). Pero hay más: en su lugar, Dios suscita a Eliakim, un hombre que será "padre para los habitantes de Jerusalén" (Is 22,21). La autoridad auténtica no es un privilegio sino una paternidad. No es un cetro sino una mano tendida. No es un título que engrandece sino un servicio que humaniza.

¿Qué pasaría si aplicáramos este criterio a nuestras sociedades? Si los gobernantes, los empresarios, los líderes religiosos, los padres de familia, los educadores entendieran su autoridad como una paternidad que cuida, protege y da vida, muchas de las heridas de nuestro tiempo comenzarían a cicatrizar. La corrupción no es solo un delito económico, es una traición a la paternidad. La desigualdad no es solo una injusticia estadística, es un fracaso del servicio. La violencia institucional no es solo un abuso de poder, es la negación de ser padre.

San Pablo nos conduce más adentro, al corazón de la fe. Después de reflexionar sobre el misterio de la salvación, el apóstol estalla en una doxología que es el antídoto contra toda soberbia: "¡Oh profundidad de las riquezas, de la sabiduría y del conocimiento de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios e inescrutables sus caminos!" (Rm 11,33). Pablo nos dice: la fe no es una ideología que lo explica todo, la teología no es un manual de control, la salvación no es un cálculo humano. Hay un abismo en el corazón de Dios que nuestra razón no puede sondear. Y esa humildad epistemológica es la base de toda convivencia auténtica.

En una sociedad que cree tener respuestas para todo, que reduce la verdad a lo que puede demostrar, que excluye todo lo que no encaja en sus categorías, Pablo nos devuelve a la humildad del que sabe que no sabe. El diálogo social, el respeto al diferente, la capacidad de escuchar al otro, todo ello nace de la convicción de que la verdad es más grande que nuestra capacidad de comprenderla. Cuando una sociedad pierde esta humildad, se vuelve totalitaria, excluyente, violenta. Cuando recupera la conciencia de su límite, se abre a la posibilidad de construir juntos.

Pero es el Evangelio de Mateo el que propone la solución, no solo el diagnóstico. Jesús llega a Cesarea de Filipo, un lugar de culto imperial y pagano, y pregunta: "¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?"(Mt 16,13). Las respuestas son diversas: Juan Bautista, Elías, Jeremías, un profeta. La gente tiene opiniones, pero no encuentra el centro. Entonces Jesús interpela directamente: "Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?" (Mt 16,15). Pedro, movido no por la carne y la sangre sino por el Padre, confiesa: "Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo" (Mt 16,16).

Y sobre esta confesión, Jesús edifica su Iglesia. "Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia" (Mt 16,18). La comunidad de los que confiesan a Jesús como el Cristo no se construye sobre estructuras humanas, ni sobre estrategias pastorales, ni sobre poder económico, ni sobre alianzas políticas. Se edifica sobre una roca que es la fe en el Señor. Y Jesús promete que "las puertas del Hades no prevalecerán contra ella" (Mt 16,18). La muerte, el odio, la injusticia, la corrupción, todo el poder del abismo no podrá con esta comunidad, porque su fundamento no es humano sino divino.

Pero hay una advertencia que no podemos ignorar. Inmediatamente después de esta promesa, Jesús llamará a Pedro "Satanás" (Mt 16,23). ¿Qué significa esto? Que incluso el fundamento de la Iglesia, incluso el primer papa, puede caer en la tentación de usar el poder para sí mismo, para apartar a Jesús de la cruz. La autoridad eclesial no es un cheque en blanco; es un servicio frágil y humilde que debe estar siempre a la escucha del Señor. Pedro es la roca, pero también es el escándalo. La Iglesia es santa, pero también pecadora. Esta paradoja es la que nos impide idolatrar nuestras propias instituciones.

¿Qué propuesta social surge de estas lecturas? Tres caminos concretos para nuestro tiempo:

Primero: recuperar la autoridad como paternidad. No podemos seguir aceptando líderes que construyen su propio monumento mientras el pueblo sufre. Necesitamos gobernantes que sean padres, empresarios que sean cuidadores, educadores que sean formadores, religiosos que sean servidores. La autoridad que no sirve es una tiranía disfrazada.

Segundo: abrazar la humildad epistemológica como base del diálogo. Una sociedad que cree tener todas las respuestas es una sociedad que no escucha, que excluye, que mata. Recuperar la conciencia de que la verdad es más grande que nuestra razón es el fundamento de la convivencia pacífica y del respeto al diferente.

Tercero: construir comunidad sobre fundamentos no humanos. La Iglesia, la familia, la sociedad no pueden sostenerse sobre el poder, el dinero o la influencia. Solo pueden sostenerse sobre la roca de la fe, la confianza en el Dios vivo, la esperanza que no defrauda. Cuando olvidamos esto, nuestras comunidades se vuelven frágiles y corruptibles.

Hoy, queridos hermanos y hermanas, estas lecturas nos interpelan no solo como creyentes sino como ciudadanos, no solo como miembros de la Iglesia sino como constructores de sociedad. La pregunta de Jesús resuena en nuestro tiempo con una urgencia renovada: "Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?" No se trata de una pregunta teórica. Es una pregunta que define nuestra identidad, nuestras relaciones, nuestra manera de ejercer el poder y de construir comunidad.

Si la autoridad auténtica es paternidad y servicio, ¿por qué seguimos tolerando líderes que construyen tumbas para su propia gloria?

Quizás el vigésimo primer domingo del tiempo ordinario sea una oportunidad para volver a la roca, para redescubrir el fundamento de nuestra fe y de nuestra convivencia. Y allí, despojados de todo poder que no sirve, aprender de nuevo a confesar con Pedro: "Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo."

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