Un mundo sacudido por tormentas
No es necesario ser profeta para darnos cuenta de que vivimos tiempos convulsos. La inseguridad, la polarización política, la crisis económica, el deterioro del planeta, la soledad que crece en medio de la hiperconexión digital... El "viento contrario" es la experiencia cotidiana de millones de personas. Y como los discípulos en la barca, muchos se preguntan: ¿Dónde está Dios? ¿Por qué permite todo esto? ¿Acaso se ha dormido?
Las lecturas que la liturgia nos ofrece este XIX Domingo del Tiempo Ordinario (Ciclo A) —1 Reyes 19,9a.11-13a; Romanos 9,1-5; y Mateo 14,22-33— no son relatos piadosos del pasado. Son textos proféticos que interpelan nuestra realidad, porque hablan de lo que ocurre cuando el poder humano se desmorona, cuando las certezas se agrietan y cuando la fe es puesta a prueba en medio del caos.
Como misionero, quiero invitarte a leer estos textos no como consuelo barato, sino como herramientas de resistencia y esperanza para un mundo que se hunde. Porque, aunque las olas sean altas, hay Alguien que camina sobre ellas.
Cuando el éxito no garantiza nada
Elías acababa de ganar la batalla más importante de su vida. En el Carmelo, el fuego de Dios había consumido el sacrificio y los profetas de Baal habían sido derrotados. Era el momento cumbre de su ministerio. Pero al día siguiente, la reina Jezabel lo amenazó de muerte y el profeta, lejos de mantener la firmeza, huyó al desierto y pidió morir (1 Re 19,4).
La escena es desconcertante. Un hombre que vio el poder de Dios de manera tan espectacular, un hombre que hizo descender fuego del cielo, ahora se esconde en una cueva en el Horeb, derrotado y temeroso. ¿Qué nos dice esto?
La teología de este relato es brutalmente realista: el éxito ministerial, los carismas, los milagros, no garantizan la fortaleza interior. Elías experimenta lo que hoy llamaríamos "burnout" o "síndrome del profeta quemado". Y sucede en la vida de muchos creyentes, pastores, agentes de pastoral y personas comprometidas: un día estás en la cima, al siguiente en el abismo.
Pero allí, en la cueva, Dios no lo abandona. Primero lo alimenta (vv. 5-8), luego lo confronta con una pregunta ("¿Qué haces aquí, Elías?"), y finalmente se manifiesta no en el viento, el terremoto o el fuego, sino en un susurro apacible y delicado (1 Re 19,11-12).
El mensaje teológico es revolucionario para una sociedad adicta al ruido y al espectáculo: Dios no está en el poderío estruendoso que rompe montañas. Está en la brisa. Está en lo pequeño, en lo frágil, en lo que no impone ni violenta. En un mundo que idolatra el poder y la inmediatez, el profeta es llamado a escuchar en el silencio. Y esa escucha no es pasiva: después del susurro, Elías recibe una misión concreta (ungir a nuevos reyes y a su sucesor). La contemplación no es evasión; es el preámbulo de una acción renovada.
El dolor por los que se han ido
El apóstol Pablo, en Romanos 9,1-5, nos sitúa ante otra tormenta: la incredulidad de su propio pueblo. Con una solemnidad que no admite dudas, jura diciendo la verdad en Cristo, que no miente, y que su conciencia en el Espíritu Santo le da testimonio (Rom 9,1). Y luego confiesa: "Tengo gran tristeza y continuo dolor en mi corazón" (Rom 9,2). Es más: desearía ser él mismo anatema (separado de Cristo) por amor a sus hermanos según la carne (Rom 9,3).
Pablo, el gran apóstol de los gentiles, no es un hombre frío que ha superado sus raíces. Es un judío que ama a su pueblo con un amor capaz de dar la vida. Enumera los privilegios de Israel: la adopción, la gloria, las alianzas, la Ley, el culto, las promesas, los patriarcas y, como culmen, el Mesías, de quien afirma que es "Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos" (Rom 9,5).
¿Qué nos dice este texto a nosotros, que vivimos en sociedades fracturadas por la indiferencia y el odio? La teología paulina nos enseña que la fe cristiana no es una religión de triunfalismo que desprecia a los que no creen. Es una fe que sufre con los que sufren, que se duele por los que se han ido, que no renuncia a la esperanza de que, misteriosamente, Dios sigue siendo fiel a su pueblo.
En un mundo donde las comunidades se rompen, donde las familias se distancian, donde las iglesias se vacían, Pablo nos recuerda que el amor no es estadística. El amor es capacidad de llorar con el que llora, de cargar el peso del otro, de no resignarse al fracaso. Y también nos recuerda que Cristo no es un extraño para Israel, sino su culminación. La fe cristiana no es una ruptura con el judaísmo; es su cumplimiento. En tiempos de confrontación religiosa, esta es una verdad que nos obliga al diálogo, al respeto y a la humildad.
La fe como riesgo y la duda como escuela
Llegamos al evangelio de Mateo 14,22-33. Jesús obliga a los discípulos a subir a la barca y cruzar el lago, mientras Él sube al monte a orar (Mt 14,22-23). La barca es sacudida por el viento contrario, y en la cuarta vigilia (entre las 3 y las 6 a.m., el momento más oscuro de la noche), Jesús se acerca caminando sobre el mar. Los discípulos creen que es un fantasma y gritan de miedo (Mt 14,26). Jesús les dice: "Ánimo, soy yo, no temáis" (Mt 14,27).
Entonces Pedro, el impulsivo, pide: "Señor, si eres tú, mándame ir a ti sobre las aguas" (Mt 14,28). Jesús le dice: "Ven". Y Pedro camina. Pero al ver la fuerza del viento, tiene miedo, comienza a hundirse y grita: "¡Señor, sálvame!" (Mt 14,30). Jesús extiende la mano, lo sostiene y le dice: "Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?" (Mt 14,31). Suben a la barca y el viento cesa. Los discípulos, entonces, lo adoran y confiesan: "Verdaderamente eres Hijo de Dios" (Mt 14,33).
Desde una lectura teológica y social, este relato es una radiografía de nuestra experiencia colectiva e individual:
- La barca es la Iglesia, la comunidad, el grupo humano que intenta navegar en medio de la historia. El viento contrario representa las fuerzas que se oponen a la fe: la persecución, el escándalo, la incredulidad, la corrupción, el desaliento.
- Jesús sube al monte a orar. Esto significa que el poder de Jesús no viene de sí mismo, sino de su comunión con el Padre. La Iglesia solo tiene autoridad si está enraizada en la oración. Sin oración, la comunidad se hunde.
- Pedro es el paradigma del creyente. Su fe le permite caminar sobre las aguas, pero su duda lo hunde. La fe no es un estado estático; es un movimiento constante entre la confianza y el miedo. Pedro grita, y Jesús lo salva. La salvación no depende de la perfección de la fe, sino de la fidelidad de Jesús.
- La confesión final: "Hijo de Dios". Los discípulos, que antes temblaban, ahora reconocen la divinidad de Jesús. La tormenta no ha sido eliminada por arte de magia, pero ha sido atravesada. Y ese tránsito genera una confesión más profunda.
El Dios que viene en la tormenta
Si unimos los tres textos, emerge una teología vigorosa para nuestro tiempo:
- Dios no se identifica con el poderío humano. No está en el viento, el terremoto o el fuego de la política, la economía o la fuerza militar. Su manifestación es discreta, humilde, frágil. En un mundo que confunde poder con ruido, el creyente está llamado a buscar a Dios en el susurro: en el rostro del pobre, en la palabra que consuela, en el silencio de la oración, en la justicia hecha sin estridencia.
- La crisis no es ausencia de Dios, sino escenario de su presencia. Elías en la cueva, Pablo con el corazón roto, Pedro hundiéndose: todos ellos están en el límite. Y es precisamente allí donde Dios actúa. No esperemos a que el mar esté tranquilo para encontrarlo. Él viene a nosotros en medio de la tormenta. La pregunta no es "¿por qué hay tormenta?", sino "¿qué me está diciendo Dios a través de ella?".
- La fe no es certeza, sino confianza en la mano extendida. Pedro caminó mientras miraba a Jesús; se hundió cuando miró las olas. Pero Jesús no lo dejó ahogarse. Nuestra vida cristiana será un continuo caminar y hundirnos, un continuo gritar "¡Señor, sálvame!" y un continuo ser salvados por su mano. La comunidad cristiana no es un grupo de superhéroes, sino de heridos que se sostienen mutuamente mientras aprenden a confiar.
- El dolor por los que no creen no debe convertirse en juicio, sino en intercesión. Pablo nos enseña a amar incluso a quienes rechazan el evangelio. En una sociedad marcada por el tribalismo y la exclusión, el cristiano está llamado a ser puente, no muro. A no alegrarse por la caída del otro, sino a llorar con él, esperando el misterio insondable de la misericordia divina.
¿Te atreves a salir de la barca?
Vivimos en una época de profundas incertidumbres. El sistema se tambalea, las ideologías chocan, las certezas se disuelven. Para muchos, la fe es una carga más, no una fuente de vida. Pero el evangelio de este domingo nos dice que en medio del mar agitado, Jesús camina. Y nos invita a salir de la barca.
Salir de la barca significa atreverse a dar pasos que no controlamos, confiar en su palabra cuando todo dice lo contrario, arriesgarse a caminar sobre el caos de nuestra historia personal y social. Significa también aceptar que caeremos, que dudaremos, que gritaremos de miedo. Pero significa, sobre todo, saber que la mano de Jesús siempre se extiende.
No necesitamos una fe perfecta. Necesitamos una fe que grita. Porque el que camina sobre las aguas no se cansa de tendernos la mano. Y cuando subamos a la barca, cuando la tormenta haya pasado, podremos decir, con los discípulos y con toda la Iglesia: "Verdaderamente eres Hijo de Dios".
En medio de este mundo que se hunde, Él sigue diciendo: "Ánimo, soy yo, no temáis". ¿Te atreves a escucharlo? ¿Te atreves a caminar?




