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Pedro Viveros Viveros SX

LA LUZ QUE BAJA AL LLANO: Una reflexión cuaresmal desde el México crucificado y esperanzado

En esta tierra nuestra, donde los muertos llevan nombres y apellidos, donde las madres buscan entre fosas clandestinas y los migrantes cruzan desiertos con la muerte pisándoles los talones, la Palabra de Dios no llega como un consuelo barato. Llega como llegó a Abraham: exigiendo que nos pongamos de pie y caminemos. Llega como llegó a Timoteo: llamándonos a meter las manos en la historia. Llega como llegó a Pedro, Santiago y Juan: mostrándonos que la gloria de Dios no está en las nubes, sino en el rostro de un hombre que va a ser crucificado.

I. "Dios no quiere resignados, quiere caminantes"

(Génesis 12, 1-4a)

Dios le dice a Abraham: "Sal de tu tierra, de tu parentela y de la casa de tu padre, hacia la tierra que te mostraré" .

Salir, desinstalarse, romper con lo seguro. Esa es la primera palabra de Dios a quien quiere ser su pueblo. Y Abraham, un nómada sin tierra y sin hijos, escucha y se pone en camino. No sabe a dónde va. Sabe solamente quién lo llama.

Gustavo Gutiérrez, en su libro clásico Hablar de Dios desde el sufrimiento del inocente, nos recuerda que la fe de Abraham es una fe en movimiento, una fe que no se queda en templos y seguridades, sino que se atreve a caminar hacia lo desconocido porque cree en la promesa. Y la promesa no es para él solo: "Con tu nombre se bendecirán todas las familias del mundo" .

Aquí, en el México de hoy, esa palabra es durísima y esperanzadora a la vez. Porque millones han tenido que salir de su tierra: los desplazados por la violencia en Guerrero, los migrantes centroamericanos que cruzan nuestro país, las familias que huyen de la extorsión en Michoacán. Ellos son los Abraham de nuestro tiempo. No salen por gusto, salen porque la vida los expulsa. Pero Dios camina con ellos.

La Cuaresma nos pregunta: ¿De qué tierra tienes que salir tú? ¿De qué comodidades, de qué privilegios, de qué indiferencias? Porque mientras no salgas de tu tierra —mientras no te muevas de donde estás cómodo viendo el sufrimiento ajeno— no podrás ser bendición para nadie.

II. "No hay Evangelio sin compromiso con los crucificados"

(2 Timoteo 1, 8b-10)

San Pablo escribe desde la cárcel. No desde un púlpito, no desde una universidad, no desde una posición de poder. Escribe desde el lugar de los perseguidos, de los que pagan con su vida el haber anunciado la verdad.

Y le dice a Timoteo: "Participa en los duros trabajos por el Evangelio, según la fuerza de Dios" .

Participar. No mirar desde afuera. No ser espectador. Meter las manos. Ensuciarse. Correr la misma suerte que los pobres, que los perseguidos, que los que cargan la cruz de la historia.

Jon Sobrino, el teólogo jesuita de la Universidad Centroamericana, nos enseñó algo que duele, pero libera: "El lugar del Dios cristiano son los pobres, y el lugar de los pobres es la cruz" . Por eso Pablo puede hablar de "participar en los duros trabajos" desde la cárcel: porque ha entendido que el seguimiento de Jesús no es una religión de domingo, sino un compromiso con los crucificados de la historia.

Y luego añade: "Dios nos salvó y nos llamó con una vocación santa, no por nuestras obras, sino según su propio propósito y gracia. Esta gracia se nos dio en Cristo Jesús antes de los tiempos eternos, pero ahora se ha manifestado por la aparición de nuestro Salvador Jesucristo, que destruyó la muerte y sacó a la luz la vida y la inmortalidad por medio del Evangelio" .

O sea: la salvación no es un premio para los que se portaron bien. Es un regalo. Pero ese regalo hay que encarnarlo aquí y ahora. Y encarnarlo significa luchar contra la muerte donde la muerte se enseñorea: en la violencia, en la injusticia, en la impunidad, en el sistema que produce pobres y descartables.

Ignacio Ellacuría, también mártir de la UCA, decía que "la civilización de la pobreza no es la resignación a ser pobres, sino la construcción de un mundo donde nadie tenga que ser pobre porque todos compartan". Participar en los trabajos del Evangelio es eso: trabajar para que la muerte no tenga la última palabra.

Aquí en México, eso significa pararse al lado de las madres buscadoras. Significa denunciar la corrupción. Significa organizarse en comunidades de base. Significa no callarse cuando matan a un periodista, cuando desaparecen a un estudiante, cuando explotan a un jornalero.

III. "El Tabor no es para quedarse, es para bajar al calvario del pueblo"

(Mateo 17, 1-9)

Jesús sube al monte con Pedro, Santiago y Juan. Y ahí, delante de ellos, "se transfiguró: su rostro se puso brillante como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz" .

Aparecen Moisés y Elías. Moisés, el liberador. El que sacó a su pueblo de la esclavitud de Egipto. El que enfrentó al faraón más poderoso de su tiempo. Elías, el profeta. El que denunció a los reyes corruptos y defendió a los pobres. La Ley y los Profetas conversan con Jesús. ¿De qué hablan? Lucas nos dice: hablan de su "éxodo", de su partida, que iba a cumplirse en Jerusalén.

Hablan de la cruz. Porque la Ley y los Profetas no señalan a un mesías glorioso y triunfante. Señalan a un mesías que pasa por la muerte para derrotar a la muerte desde dentro.

Y Pedro, bendito Pedro, dice: "Señor, ¡qué bien se está aquí! Si quieres, haré aquí tres tiendas" .

Leonardo Boff, el gran teólogo brasileño, comenta este pasaje con una lucidez que duele: "Pedro quiere instalarse en la gloria sin pasar por la cruz. Quiere el Tabor sin el Gólgota. Quiere la resurrección sin la muerte. Y eso no es seguir a Jesús, eso es idolatrar un mesías a nuestra medida”.

Por eso la voz desde la nube interrumpe a Pedro. No lo deja terminar. Le dice: "Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escúchenlo”.

Escúchenlo. No "quédate aquí". No "haz una capillita". Escúchenlo. Porque cuando bajen del monte, Él va a hablar claro. Va a decir que hay que ir a Jerusalén a sufrir. Va a decir que el que quiera seguirlo tiene que tomar su cruz. Va a decir que el Hijo del Hombre será entregado y crucificado.

Y los discípulos, al oír la voz, "cayeron sobre su rostro, llenos de miedo”. Miedo de lo sagrado, sí. Pero también miedo a lo que viene. Porque saben que bajar del monte significa meterse en el lío.

Jesús los toca y les dice: "Levántense, no tengan miedo”. Y al levantar los ojos, “ya no vieron a nadie más que a Jesús, solo”.

Solo Jesús. Ya no Moisés. Ya no Elías. Ya no la nube. Solo Él. El que va a bajar al valle. El que va a encontrarse con un muchacho endemoniado y unos discípulos impotentes. El que va a sanar, a enseñar, a enfrentarse a los poderosos. El que va a ser arrestado, torturado y ejecutado.

Jon Sobrino, desde su experiencia en El Salvador, escribió algo que aquí nos toca el alma: "En el Tabor, Jesús muestra su gloria a los discípulos para que, cuando lo vean en la cruz, sepan que esa cruz no es fracaso, sino entrega. Y para que cuando ellos mismos sean crucificados por anunciar el Reino, sepan que también ellos participan de su gloria".

Monseñor Romero, el mártir salvadoreño, decía: "La gloria de Dios es que el pobre viva". Y esa gloria no se construye quedándose en el monte, sino bajando al llano a luchar por la vida de los pobres.

Aquí, en México, el Tabor tiene muchos nombres. Se llama Ayotzinapa, cuando las madres buscan a sus hijos entre la indiferencia. Se llama Palmarito, cuando la comunidad se organiza para resistir a la minería depredadora. Se llama Cherán, cuando el pueblo se levanta para defender su bosque y su dignidad. Se llama Estación Migrante, cuando los hermanos centroamericanos reciben un plato de comida y una palabra de esperanza.

En todos esos lugares, Jesús se transfigura. No con luz de sol, sino con la luz de la dignidad que no se rinde, de la lucha que no claudica, de la esperanza que no se apaga.

Vivir entre el monte y el valle

México es un país de contrastes brutales. Tenemos una fe popular hermosa, llena de devoción, de veladoras, de peregrinaciones. La Virgen de Guadalupe, la Morenita, nos recuerda que Dios se aparece a los pobres, que habla náhuatl, que se pone del lado de los indios, que prefiere a los sencillos.

Pero también tenemos un país donde matan sacerdotes que defienden a sus comunidades, donde desaparecen estudiantes, donde las mujeres son asesinadas con una crueldad que clama al cielo, donde los pobres son cada vez más pobres y los ricos más ricos.

¿Dónde está la transfiguración en todo esto?

La transfiguración está en el rostro de la madre buscadora que, después de horas de excavar bajo el sol, encuentra un hueso y dice: "Puede ser mi hijo, pero aunque no sea, ayudo a otra madre a encontrar el suyo". Eso es amor crucificado y glorioso.

La transfiguración está en el jornalero agrícola que, después de 12 horas de trabajo infrahumano, aún tiene fuerzas para organizarse y exigir un salario justo. Eso es el Reino de Dios.

La transfiguración está en la comunidad eclesial de base que se reúne a leer la Palabra y descubre que esa Palabra les dice que tienen derecho a la tierra, a la salud, a la vida digna. Eso es Tabor en el llano.

Como dice Gustavo Gutiérrez: "El lugar teológico de la esperanza cristiana no es el más allá, sino el más acá transformado por la justicia". Por eso la transfiguración no es un escape de la realidad. Es un anticipo de lo que esta realidad puede ser cuando el Reino de Dios se haga presente.

La pregunta que nos desinstala

Tú que te llamas cristiano, que vas a Misa los domingos, que rezas el rosario, que prendes veladoras a los santos... Cuando bajas de la iglesia, cuando sales de tu oración, cuando cierras los ojos después de comulgar... y te encuentras con Jesús en el rostro del migrante que pide ayuda, en el rostro de la madre que busca a su hijo, en el rostro del joven que no encuentra trabajo, en el rostro de la mujer golpeada, en el rostro del indígena discriminado...

¿De verdad lo reconoces, o nomás pasas de largo?

Porque la Cuaresma, en esta tierra nuestra, no es para quedarse en el monte. Es para bajar al llano. Y bajar al llano significa meterse en la lucha de los pobres. Significa ensuciarse las manos. Significa arriesgar algo. Significa, como decía Monseñor Romero, "estar dispuesto a dar la vida para que los pobres tengan vida".

Ahí, en el llano, entre el polvo y la sangre, entre el sudor y las lágrimas, entre la cruz y la esperanza, con el pueblo sufriente y luchador... ahí se juega la transfiguración verdadera.

Y ahí, como los discípulos, un día levantaremos los ojos y ya no veremos nada más que a Jesús. Pero no en una nube lejana, sino en el rostro de los pobres, de los crucificados, de los que luchan.

Y ese día, si hemos bajado con Él al valle, también subiremos con Él a la resurrección.

Amén.
¿Y usted, hermano, hermana, de qué baja?

 Que la Virgen de Guadalupe, la que se apareció a Juan Diego, un indio pobre, y le dijo "¿No estoy yo aquí que soy tu madre?", nos enseñe a ver a su Hijo en el rostro de los pobres. Y que nos dé el valor de bajar del monte y meternos en el llano, donde nuestro pueblo sufre y espera. Así sea.

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