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Pedro Viveros Viveros SX

La tentación de los atajos: el desierto donde México decide su rumbo

El primer domingo de Cuaresma la Iglesia nos coloca frente a un espejo incómodo: Jesús en el desierto, tentado por el maligno. Pero este relato no es una historia antigua ni un hecho exclusivo de la vida del Señor. Es, en realidad, la radiografía de nuestra alma mexicana, el mapa de nuestras heridas más profundas y, al mismo tiempo, la brújula que puede orientarnos hacia la esperanza. La liturgia de este domingo nos regala tres lecturas que, como tres focos de luz, iluminan nuestra realidad y nos señalan el camino de regreso a casa.

La primera lectura, del libro del Génesis, nos sitúa en aquel jardín donde todo comenzó a torcerse. "La serpiente era el más astuto de todos los animales del campo que Yahveh Dios había hecho. Y dijo a la mujer: '¿Con que Dios os ha dicho: No comáis de ningún árbol del jardín?'" (Gén 3,1). El tentador no aparece con rostro amenazador, sino con pregunta insidiosa. Su estrategia es siempre la misma: sembrar duda sobre la bondad de Dios, hacerlo parecer mezquino y restrictivo. La mujer responde, pero su respuesta ya muestra una grieta: añade al mandato divino la prohibición de "tocar" el fruto, endureciendo lo que Dios había dicho. Y entonces viene la mentira frontal: "No, no moriréis. Es que Dios sabe que el día en que comáis de él, se os abrirán los ojos y seréis como Dios, conocedores del bien y del mal" (Gén 3,4-5). El pecado original no fue simplemente desobedecer una norma arbitraria. Fue la pretensión de construir un mundo donde el ser humano se coloca en el centro, donde cada uno decide por sí mismo lo que está bien y lo que está mal, donde Dios estorba porque sus mandatos limitan nuestra autonomía. Y las consecuencias son inmediatas: "Entonces se les abrieron los ojos a ambos y descubrieron que estaban desnudos. Y cosiendo hojas de higuera se hicieron unos taparrabos" (Gén 3,7). Vergüenza, ocultamiento, ruptura. El paraíso se convierte en escondite.

¿No es acaso eso lo que vivimos diariamente en nuestro México? Grupos criminales que deciden quién vive y quién muere como si fueran dioses de la muerte. Funcionarios que confunden el bien común con el beneficio personal, construyendo sus propios criterios de justicia. Una sociedad que muchas veces prefiere el atajo fácil al camino honesto, que justifica la corrupción "porque todos lo hacen", que aplaude al vivo en lugar de reconocer al honesto. La tentación original es la misma: querer construir un mundo con nuestras propias reglas, un mundo sin Dios. Y las consecuencias también son las mismas: vergüenza, ocultamiento, muerte. Nos escondemos detrás de excusas, de indiferencia, de complicidades que nos permiten mirar hacia otro lado mientras el país se desangra.

Pero la Cuaresma no es solo para constatar el pecado. Es el tiempo de la gracia, el tiempo del combate espiritual que nos ofrece Cristo. Por eso san Pablo, en su carta a los Romanos, nos da la clave para entender lo que está en juego: "Así pues, como por un solo hombre entró el pecado en el mundo y por el pecado la muerte, y así la muerte alcanzó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron" (Rom 5,12). Y más adelante añade: "Pues si por el delito de uno solo murieron todos, ¡cuánto más la gracia de Dios y el don otorgado por la gracia de un solo hombre, Jesucristo, se han desbordado sobre todos!" (Rom 5,15). El apóstol establece un paralelismo que es también un contraste: Adán fue figura del que había de venir, pero mientras aquel trajo condenación, este trae justificación. "Así pues, como el delito de uno solo atrajo sobre todos los hombres la condenación, así también la obra de justicia de uno solo atrae sobre todos los hombres la justificación que da la vida" (Rom 5,18). La buena noticia es que el pecado es real, pero la gracia es más real. La descomposición social es grave, pero el poder transformador de Dios es infinitamente mayor. Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia.

El Evangelio de Mateo nos muestra a Jesús enfrentando en el desierto las mismas tentaciones que nosotros enfrentamos. El texto es claro: "Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo. Y después de ayunar cuarenta días con cuarenta noches, al fin sintió hambre" (Mt 4,1-2). No es un accidente ni una derrota. Es el mismo Espíritu que descendió sobre él en el bautismo el que lo conduce al lugar de la prueba. La primera tentación apela al hambre: "Y acercándose el tentador, le dijo: 'Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes'" (Mt 4,3). Es la tentación de reducir la vida a la satisfacción de las necesidades materiales, de usar los dones de Dios para el propio beneficio. Jesús responde con una palabra del Deuteronomio: "No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios" (Mt 4,4). En un país donde muchos carecen de lo necesario, donde el hambre y la pobreza son realidades cotidianas, esta tentación nos golpea de frente. Pero también nos tienta a pensar que, mientras haya para comer, todo lo demás sobra. Que el crecimiento económico justifica cualquier sacrificio. Que la dignidad humana se negocia por un plato de comida. Jesús nos enseña que el pan es necesario, sí, pero no es lo único. Necesitamos verdad, necesitamos justicia, necesitamos dignidad.

La segunda tentación ocurre en el pináculo del Templo: "Entonces el diablo le lleva consigo a la Ciudad Santa, le pone sobre el alero del Templo y le dice: 'Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque escrito está: A sus ángeles te encomendará y en sus manos te llevarán, para que no tropiece tu pie en piedra alguna'" (Mt 4,5-6). El diablo también cita la Escritura, pero la tergiversa. Es la tentación del éxito fácil, de la popularidad sin cruz, del Dios que hace todo lo que le pedimos. Es la tentación de manipular a Dios, de ponerlo a nuestro servicio, de exigirle señales espectaculares para creer. En nuestro México, buscamos líderes mesiánicos que nos prometan soluciones mágicas. Preferimos la propaganda al programa, la imagen a la sustancia. Y también, en lo personal, pretendemos a veces una religión de atajos: pedimos milagros sin conversión, buscamos bendiciones sin compromiso. La respuesta de Jesús es contundente: "También está escrito: No tentarás al Señor tu Dios" (Mt 4,7). No podemos manipular a Dios. La fe no es un amuleto; es una alianza, un camino, un compromiso.

La tercera tentación es la del poder: "Todavía le lleva consigo el diablo a un monte muy alto, le muestra todos los reinos del mundo y su gloria, y le dice: 'Todo esto te daré si postrándote me adoras'" (Mt 4,8-9). Es la tentación más descarada, la que deja al descubierto la verdadera intención del maligno: quiere ser adorado, quiere ocupar el lugar de Dios. Y ofrece el poder a cambio de esa idolatría. En un país donde el crimen organizado seduce a jóvenes con dinero fácil a cambio de lealtad, donde la política a veces exige renunciar a los principios para "hacer carrera", esta tentación nos golpea con fuerza demoledora. Jesús responde con autoridad: "Apártate, Satanás, porque está escrito: Al Señor tu Dios adorarás y solo a él darás culto" (Mt 4,10). Hay límites que no se negocian. Hay líneas que no se cruzan. El poder sin Dios, el poder obtenido mediante la injusticia, no es camino de vida, sino de muerte.

La conversión que necesita México no ocurrirá solo en los palacios de gobierno. Ocurrirá cuando tú y yo decidamos, en lo concreto de cada día, vivir con honradez, rechazar los atajos, no callar ante la injusticia. Ocurrirá cuando recordemos quiénes somos: hijos de Dios, no súbditos del maligno. Al final del Evangelio, después de la victoria de Jesús, "el diablo entonces le deja, y he aquí que se acercaron unos ángeles y le servían" (Mt 4,11). La victoria de Cristo abre la posibilidad de nuestra victoria. Esta Cuaresma, el desierto nos espera. No para destruirnos, sino para fortalecernos. El cambio que México necesita comienza en ti. Comienza hoy. En tu casa, en tu trabajo, en tu colonia, en tu parroquia. ¿Aceptas el desafío?

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