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Pedro Viveros Viveros SX

El Bautismo que nos UNE: Un sueño de Dios más fuerte que nuestras divisiones

Imagina un río poderoso que nace en lo alto de las montañas. En su descenso, el terreno lo fractura en múltiples canales. Unos fluyen veloces por pendientes pronunciadas, otros serpentean lentamente por llanuras, algunos incluso se ven interrumpidos por rocas que parecen detener su curso. A simple vista, son corrientes distintas, separadas, que siguen caminos diferentes. Pero si viajas en avión y miras desde la altura, descubres la verdad: todas esas aguas provienen de la misma fuente, están hechas de la misma agua viva, y todas, sin excepción, se dirigen hacia el mismo océano.

Esta imagen es un espejo de nuestra realidad como cristianos. Durante siglos, la historia, la cultura, las interpretaciones teológicas y hasta los conflictos humanos han ido fracturando el gran río del cristianismo en múltiples corrientes: católicos, ortodoxos, anglicanos, protestantes de diversas tradiciones… A nivel del suelo, nuestras diferencias parecen insalvables. Nos separan estructuras, liturgias, énfasis, palabras. Pero si ascendemos a la mirada de Dios —si nos remontamos a lo esencial— descubrimos algo que debería conmovernos hasta las lágrimas: todos, absolutamente todos los bautizados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, hemos sido sumergidos en el mismo río de gracia. Hemos nacido de la misma fuente: el costado abierto de Cristo en la cruz. Y nos dirigimos, con esperanza, hacia el mismo océano infinito del amor trinitario.

La herida que grita al cielo

Las divisiones entre cristianos no son un “problema administrativo” de la Iglesia. Son una herida en el Cuerpo de Cristo, una contradicción viviente que debilita nuestro testimonio ante el mundo. San Juan Pablo II lo dijo con dolorosa claridad: “La desunión de los cristianos es un escándalo para el mundo y un obstáculo para la proclamación del Evangelio”. ¿Cómo podemos anunciar al Dios que es Comunión, que es Amor Unificador, si nosotros mismos vivimos fragmentados? ¿Cómo podemos ser signo creíble de reconciliación para un mundo dividido por odios raciales, económicos y políticos, si no logramos reconciliarnos entre nosotros, hermanos que compartimos la misma fe en el mismo Señor?

El mundo nos mira y, con razón, se pregunta: “Si el Bautismo los hace uno con Cristo y entre ustedes, ¿por qué viven como extraños? Si tienen un solo Señor, ¿por qué obedecen a voces tan discordantes?”. Nuestra desunión es quizás el mayor obstáculo para la evangelización en el siglo XXI.

Redescubrir lo que ya somos: Un sólo pueblo, un sólo Bautismo

La unidad cristiana no es un “proyecto” que debamos inventar desde cero. No es una utopía futura. Es, ante todo, un don ya recibido, una realidad espiritual objetiva que debemos reconocer, agradecer y hacer visible. El apóstol Pablo lo proclamó con fuerza: “Un solo cuerpo y un solo Espíritu, como una sola es la esperanza a la que han sido llamados. Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos” (Efesios 4,4-6).

Fíjate en el tiempo verbal: es. No dice “habrá” un solo bautismo, sino que hay un solo bautismo. Es un hecho. El Bautismo que tú recibiste —sea en una pila bautismal católica, en un río en una comunidad evangélica, o en una piscina bautismal ortodoxa— si fue hecho en el nombre de la Trinidad, es el mismo sacramento. Te incorporó al mismo Cristo. Te hizo hijo del mismo Padre. Te selló con el mismo Espíritu. Es un vínculo ontológico, más profundo que cualquier separación histórica. Es un sello espiritual que ninguna división eclesial puede borrar.

Por eso, el otro bautizado no es mi “adversario teológico”. Es mi hermano, mi hermana. Comparte conmigo la misma dignidad radical de hijo de Dios. Ha sido lavado con la misma sangre de Cristo. Camina, como yo, hacia la misma Patria.

Un camino concreto hacia la unidad soñada por Cristo

Reconocer esta verdad debe traducirse en una conversión del corazón y de la mirada. Te propongo tres actitudes concretas que pueden transformar nuestra relación con otros cristianos:

1. De la sospecha a la curiosidad reverente. En lugar de empezar preguntándonos “¿en qué se equivocan los otros?”, podemos comenzar preguntando: “¿Qué tesoros de fe, de espiritualidad, de amor a Cristo, ha guardado esta tradición cristiana? ¿Qué puedo aprender de su forma de orar, de leer la Biblia, de servir a los pobres?”. Cada tradición ha conservado gemas preciosas del Evangelio. Los ortodoxos nos enseñan la belleza transformadora de la liturgia y la contemplación. Muchas comunidades evangélicas nos muestran un amor apasionado y personal por la Palabra de Dios. Los anglicanos a menudo han sido pioneros en la articulación entre fe y razón, y en el compromiso social. Apreciar estos dones no significa renunciar a las propias convicciones, sino reconocer que el Espíritu Santo ha estado y está activo en todos los que confiesan a Cristo como Señor.

2. De la ignorancia al encuentro personal. La unidad no se construye en abstracto. Se teje en la amistad concreta. ¿Conoces a cristianos de otras confesiones? ¿Has compartido una comida con ellos? ¿Has escuchado su historia de fe, sus luchas, su amor por Jesús? Cuando ponemos rostro y corazón a “los otros”, los estereotipos se desvanecen. Descubrimos que, más allá de las diferencias, compartimos las mismas preguntas existenciales, las mismas esperanzas, el mismo anhelo de Dios. La unidad crece de rodillas, en la oración común, y de pie, en el servicio común a los más necesitados.

3. De la pasividad a la “conspiración de la unidad”. Podemos convertirnos en agentes de unidad en nuestros círculos. Corregir con caridad los chistes o comentarios despectivos sobre otros cristianos. Celebrar lo que nos une cuando surja la conversación. Participar, cuando sea posible, en eventos ecuménicos de oración o servicio. Apoyar iniciativas que ayuden a superar prejuicios. Ser, en definitiva, puentes en lugar de muros.

Termino con una pregunta que te invito a llevar en el corazón esta semana: ¿Qué pequeño paso —tal vez incómodo, tal vez audaz— puedo dar yo, personalmente, para honrar el vínculo indestructible del “un solo bautismo” que ya me une a millones de hermanos y hermanas en Cristo, a quienes aún no conozco de vista, pero con quienes compartiré la eternidad?

Porque al final de los tiempos, cuando estemos todos ante el trono del Cordero, no habrá secciones separadas para católicos, ortodoxos o protestantes. Habrá un único coro, de una única voz, cantando un único canto de alabanza al Dios Uno y Trino que nos reunió de toda tribu, lengua, pueblo y nación. Nuestra tarea hoy es empezar a afinar nuestras voces para ese gran día, aprendiendo a reconocer y amar, ya aquí, a quienes serán nuestros compañeros de eternidad.

La unidad es nuestro destino. Vivámosla ya como una profecía.

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