La Palabra que habita donde duele
México es una tierra de contrastes violentos: una geografía de luminosidad solar atravesada por las sombras de la desaparición; un pueblo de una riqueza cultural inagotable que sufre las heridas de la exclusión y la división. En este suelo donde la vida es, a la vez, fiesta exuberante y duelo silenciado, la Biblia no es un libro antiguo, sino un espejo profético que refleja nuestro rostro desgarrado y nuestra esperanza tenaz. Los textos de Is 8, 23b-9, 3, 1 Cor 1,10-13.17 y Mt 4,12-23, entretejidos, nos ofrecen más que una enseñanza religiosa: nos brindan un mapa espiritual para navegar el desconsuelo y una brújula ética para reconstruir el tejido social desde las periferias del dolor. Esta no es una teología de escritorio, sino una teología escrita con la tinta de las lágrimas y la terquedad de la fe popular.
- Dios en el territorio del olvido: La opción irrevocable por las periferias sangrantes
El evangelista Mateo, con una precisión teológica reveladora, sitúa el inicio de la misión pública de Jesús no en el centro del poder religioso (Jerusalén), sino en la periferia despreciada: “Al enterarse de que Juan había sido arrestado, se retiró a Galilea. Y dejando Nazaret, fue a residir en Cafarnaúm, junto al mar, en el territorio de Zabulón y Neftalí” (Mt 4, 12-13). Esta elección no es casual, sino programática. Para explicarla, Mateo recurre a la profecía de Isaías sobre “Galilea de los gentiles”, el “pueblo que habitaba en tinieblas” que “vio una luz grande” (Mt 4,15-16; Is 9:1).
¿Dónde está hoy nuestra “Galilea de los gentiles”? Es el mapa múltiple del dolor mexicano. Es la tierra de los desaparecidos, donde madres y familiares caminan en la tiniebla más espesa: la de no saber, la de la incertidumbre que devora el alma. Es la periferia urbana olvidada por el Estado, donde la violencia es ley y la esperanza, un bien escaso. Es la comunidad indígena despojada de su territorio y su cultura. Es la frontera norte y sur, convertida en trampa para migrantes. Es el cuerpo y el corazón de quienes son excluidos por amar diferente, señalados por prejuicios que niegan su dignidad humana. En todas estas “Galileas”, reina una “oscuridad” concreta: la de la impunidad, la desigualdad estructural, el abandono y el miedo.
Dios, en Jesús, hace aquí una opción fundamental: se instala en el epicentro del dolor. Cafarnaúm era una ciudad de frontera, de aduanas y mestizaje, un lugar de tránsito y conflicto. Allí, donde la vida era más frágil y compleja, Jesús plantó su tienda. Esta es la primera palabra del Evangelio para México: Dios no observa nuestro drama desde la distancia. Él habita, de manera preferencial y solidaria, en las fosas clandestinas que claman al cielo, en las marchas silenciosas de los buscadores, en la resistencia cotidiana de los excluidos. Él es la “Luz grande” que decide brillar primero y con más fuerza precisamente donde la noche es más cerrada. Su presencia es un acto de insurgencia contra el olvido.
- Romper el yugo, sí; pero primero, romper nuestras divisiones: Unidad en el valle de lágrimas
La promesa de Isaías es contundente: “Tú has roto el yugo que lo oprimía, la barra que pesaba sobre sus hombros” (Is 9, 3). El texto evoca la liberación de una opresión militar y social. El “yugo” en México tiene muchos nombres: el de los cárteles que siembran terror; el de la corrupción estructural que enriquece a unos y empobrece a muchos; el del machismo que asesina mujeres; el del poder político que todo lo quiere comprar y controlar, “cueste lo que cueste”, incluso la vida y la dignidad del pueblo.
Sin embargo, el camino para romper este yugo colectivo se ve obstruido por otro yugo igualmente destructivo: el de nuestras divisiones internas. San Pablo, dirigiéndose a una comunidad fracturada en Corinto, lanza un grito que atraviesa los siglos: “Les ruego, hermanos, en nombre de Cristo Jesús, que se pongan todos de acuerdo y que no haya divisiones entre ustedes” (1 Cor 1,10). La realidad corintia nos habla directamente. En México, nos dividen las etiquetas políticas que convierten al otro en enemigo; la brecha abismal entre ricos y pobres que nos hace vivir en países distintos; la indiferencia de quienes, desde una falsa seguridad, dicen “eso no me toca a mí”. Incluso dentro de las iglesias y comunidades de fe, a veces priman los personalismos, los pleitos por el poder eclesial o las diferencias ideológicas que nos paralizan (“Yo soy de Pablo, yo de Apolo, yo de Cefas…” 1 Cor 1, 12).
Pablo hace tres preguntas que son un juicio de Dios a nuestro sectarismo: “¿Acaso está dividido Cristo? ¿Fue crucificado Pablo por ustedes? ¿Fueron bautizados en el nombre de Pablo?” (1 Cor 1, 13). La respuesta, obvia, nos confronta. Si Cristo no está dividido, su Cuerpo -que es el pueblo, especialmente los pobres y crucificados- tampoco puede estarlo. Ante la magnitud del dolor que vive el país, las divisiones entre cristianos son un escándalo que “vacía la cruz de Cristo de su sentido” (1 Cor 1, 17). La unidad que necesitamos no es uniformidad, sino comunión en la misión. Es la unidad de las organizaciones de familias de desaparecidos que se apoyan entre sí más allá de credos; es la red de comedores comunitarios y refugios que nacen de distintas parroquias, pero sirven al mismo necesitado; es el diálogo ecuménico e interreligioso que se pone al servicio de la paz. Solo una comunidad creyente unida, humilde y centrada solo en Cristo -no en siglas o líderes- puede ser signo creíble y fuerza efectiva para ayudar a romper los yugos que oprimen a México.
- “Pescadores de hombres” en el mar de la deshumanización: La misión integral
Desde esta Galilea herida y desde una comunidad llamada a la unidad, Jesús lanza su llamada. Lo hace a gente común, trabajadores del mar: “Vengan detrás de mí, y los haré pescadores de hombres” (Mt 4,19). El simbolismo es potente. El mar, en la cultura bíblica, representa a menudo el caos y la muerte. Ser “pescadores de hombres” hoy, en México, significa sumergirse en el mar de la deshumanización para rescatar vidas. Es la vocación de sacar a la luz a los que el sistema ha “desaparecido” en el anonimato de la estadística, la pobreza o el desprecio. Es rescatar la dignidad de los migrantes tratados como mercancía, de las mujeres víctimas de violencia, de los jóvenes sin oportunidades, de las personas que aman diferente y son estigmatizadas.
Esta pesca milagrosa no es solo un acto de caridad asistencial. Mateo resume la actividad de Jesús con tres verbos inseparables que definen una misión integral: “Recorría toda Galilea, enseñando en sus sinagogas, proclamando la Buena Nueva del Reino y sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo” (Mt 4, 23).
- Enseñar: En México, es urgente enseñar una fe que no sea opio sino liberación. Una catequesis que, desde las bienaventuranzas, denuncie los ídolos del dinero, el poder y la violencia, y que forme conciencias críticas y solidarias.
- Proclamar: Es anunciar, como Jesús, que “el Reino de los Cielos está cerca” (Mt 4, 17). Este anuncio es subversivo: significa que el proyecto de Dios -de justicia, verdad y fraternidad- es posible aquí y ahora, y se opone frontalmente a los “reinos” de crimen, impunidad y corrupción. Es la Buena Noticia para los pobres.
- Sanar: La sanación debe ser tan integral como el dolor. Implica curar las heridas psíquicas y espirituales de las víctimas (acompañamiento, escucha, terapia comunitaria), y al mismo tiempo sanar las estructuras sociales enfermas que producen víctimas. Significa trabajar por un sistema de justicia que funcione, por una economía que incluya, por una política que sirva.
La alegría rebelde de los que siembran luz
Isaías concluye su oráculo con una imagen de una alegría desbordante: la alegría de la cosecha y del reparto del botín (Is 9, 2). Esta no es la alegría ingenua de quien ignora el mal. Es la alegría rebelde y esperanzada de quien, a pesar de todo, ha visto asomar la Luz y lucha por ella. Es la alegría cansada pero persistente de las madres buscadoras, que en su dolor han encontrado una hermandad más fuerte que la muerte. Es la alegría solidaria de los jóvenes que se organizan por la paz, de los defensores de derechos humanos que no claudican, de las comunidades de fe que convierten sus templos en refugios.
Para la Iglesia y para todos los creyentes en México, el camino está claro. Estamos llamados a descender con valentía a nuestras Galileas concretas, a construir puentes de unidad sobre los abismos de la división, y a ejercer una misión integral que enseñe la verdad, proclame la esperanza y sane las heridas. El sueño de Dios para nuestro país no es una utopía lejana. Es una semilla que ya está plantada en el corazón de los que, desde abajo y desde el dolor, se niegan a aceptar que la oscuridad tenga la última palabra. La Luz, nos dice el Evangelio, ya brilló en las tinieblas. Y las tinieblas no la han podido apagar (Jn 1, 5). Nuestra tarea es reflejarla, hasta que en toda “Galilea” amanezca.




