En la ribera del Jordán sucedió algo que desbarata toda lógica humana. Juan el Bautista predicaba un bautismo de conversión, un gesto humilde para quienes reconocían su pecado y anhelaban pureza. Y en esa fila de humanidad herida, entre publicanos y soldados, aparece Jesús, el Santo de Dios, pidiendo ser sumergido (Mt 3, 13). El gesto es tan chocante que el propio Juan se resiste: “Soy yo el que necesita que tú me bautices, ¿y tú vienes a mí?” (Mt 3, 14). La respuesta de Jesús es la clave que nos abre a un misterio que transforma nuestra visión de Dios y, sobre todo, de nosotros mismos: “Déjame ahora, pues conviene que así cumplamos toda justicia” (Mt 3, 15).
Este “cumplir toda justicia” (δικαιοσύνη) no es un mero trámite ritual. Es el núcleo de la Teofanía –la irrupción de Dios– que sigue. Al salir de las aguas, los cielos se rasgan, el Espíritu desciende y una Voz resuena: “Este es mi Hijo, el Amado; en quien me complazco” (Mt 3, 17). Esta escena fundacional no es solo la investidura mesiánica de Jesús. Es la revelación del proyecto de Dios para la humanidad: la justicia plena se alcanza cuando Dios se solidariza con los que nadie quiere tocar, y al hacerlo, les declara una dignidad inquebrantable.
En México, nuestras “orillas del Jordán” están llenas de filas. Filas de migrantes en las fronteras, de madres buscando a sus desaparecidos, de campesinos defendiendo su tierra, de jóvenes sin oportunidades, de personas cuyo amor o identidad son rechazados y que, en el silencio, preguntan: “¿Dios me quiere a mí?”. Frente a esta realidad, el Bautismo de Jesús grita: ¡Sí!. Porque Jesús no se quedó en la orilla dando sermones. Se puso en la fila. Se identificó con los últimos. San Pablo lo entendería más tarde: “Por nosotros Dios lo hizo pecado, siendo sin pecado, para que nosotros fuésemos justicia de Dios en él” (2 Corintios 5, 21).
Isaías lo había anunciado: el Siervo de Dios “no quebrará la caña cascada, ni apagará la mecha que aún humea” (Is 42, 3). Esta es la justicia de Dios: no aplastar al débil, sino restaurarlo; no apagar la última chispa de esperanza en un corazón herido, sino avivarla. Es una justicia que, como dice el libro de los Hechos, no hace “acepción de personas” (Hch 10, 34). No pregunta por nacionalidad, estatus, historial o identidad. Dios ve al hijo, a la hija amada. Punto.
Aquí radica la revolución de la dignidad. Nuestra dignidad no es un logro, ni una concesión social, ni depende de que el mundo nos acepte. Es un don previamente dado. Es una declaración que precede a cualquier acción nuestra. Antes de ser “mexicano”, “profesionista”, “jornalero”, “éxito” o “fracaso”, somos “Hijo, hija amada de Dios”. En nosotros Él se complace. Esta verdad, grabada en el alma en nuestro propio Bautismo, es un escudo contra toda cultura del descarte, la violencia o el prejuicio. Cuando la sociedad reduce a las personas a estereotipos, a números o a problemas, la Voz del Padre sobre el Jordán clama: “¡Son mis amados!”. Esto incluye, con una fuerza especial, a quienes cargan el peso del rechazo por ser quienes son, a quienes la incomprensión les ha hecho dudar de su lugar en el corazón de Dios. Para ellos, la Palabra es directa: Tu identidad más profunda y verdadera no te la da el mundo. Te la da el Amor que te creó y que hoy te dice: “En ti me complazco”.
¿Cómo abrazar esta dignidad en un México marcado por la herida? El camino es el de Jesús: la solidaridad que restaura.
- Abrazar nuestra propia dignidad filial. Requiere un acto de fe diario: creer que la Voz que habló a Jesús habla también de nosotros. Implica rechazar las mentiras internas que nos dicen que no valemos, que no pertenecemos, que somos un error. Somos hijos, no huérfanos.
- Ponernos en la fila del otro. La fe bautismal no es solo para interiorizar de manera personal. Nos impulsa a buscar los “Jordanes” actuales y, como Jesús, integrarnos a la fila de los que sufren. Es visitar al migrante, escuchar al que piensa distinto, acompañar al que llora, defender al despojado. La justicia se cumple desde abajo.
- Construir comunidades que reflejen la “no acepción”. Nuestras parroquias y familias deben ser espacios donde la dignidad filial sea palpable. Donde nadie sea un “caso” o un “problema”, sino un hermano, una hermana, recibido con el mismo amor con que el Padre nos recibe. Donde cada persona, sin excepción, pueda escuchar el eco de su propio bautismo: “Tú eres mi amado”.
El agua del Jordán, consagrada por Cristo, hoy es el agua que corre por nuestros ríos y se mezcla con nuestras lágrimas. En ella, Dios nos recuerda que nuestra dignidad es indestructible porque Él la ha sellado. Al salir de las aguas bautismales de nuestra vida cotidiana, estamos llamados a ser teofanías andantes: signos vivos de que los cielos están rasgados, de que el Espíritu se mueve entre nosotros, y de que, en este México herido y esperanzado, cada rostro lleva el nombre secreto y glorioso de “Hijo Amado de Dios”.
¿Qué “orilla del Jordán” en tu vida personal o comunitaria está esperando que te pongas en fila, para desde allí, abrazar y defender la dignidad que Dios te ha regalado?




