Tradicionalmente referida como la Madre de la Merced o de las Mercedes, nos referimos a la Virgen María en una de sus tantas advocaciones, no obstante, está dotada de sentido y significado tanto en referencia a la figura de su Hijo Jesucristo como hacia cada uno de nosotros, fieles caminantes hacia un mismo destino: el Reino de Dios consumado en la tierra mediante la vivencia digna del Evangelio de Cristo.
Recurriendo a los instrumentos históricos, Nuestra Señora de la Merced es la que se apareció a San Pedro Nolasco hacia el año 1218, una época y años caracterizados por la expansión musulmana hacia África y Europa y, por ende, en medio de una lucha expansionista tanto a nivel geográfico como doctrinal contra la cristiandad. Pedro Nolasco fue en su juventud un Mercader, dedicado a la venta de telas y otros artículos de valor, por lo cual, era una persona que gozaba de estabilidad económica. Muerto su padre, cuando Pedro tenía aproximadamente unos 15 años, decide con agrado de su madre repartir sus bienes en favor de las obras santas que, en este contexto, se trataba tanto de la ayuda al necesitado como de la redención de esclavos.
Esta actitud de fe y caridad, conjugada con la situación crítica de saqueos y raptos de parte de los musulmanes hacia buena parte de cristianos de las costas del sur de España, formaron en Pedro Nolasco la urgente necesidad por ayudar, «rescatar», a todos aquellos fieles que además del peligro de esclavitud, su fe estaba puesta en peligro, así, comienza a formar un grupo de personas «hombres valientes, generosos y desinteresados» dispuesto a poner en común sus dones en favor de la redención de esclavos. Hasta que en 1235 con Gregorio IX como sumo pontífice es aprobada la orden Mercedaria, posteriormente llamada “Orden de la Virgen de la Merced de la redención de los cristianos cautivos de Santa Eulalia de Barcelona” gracias a la colaboración tanto de Pedro Nolasco, el Rey Jaime I de Aragón y San Raimundo de Peñafort.
Como se ha mencionado, la Virgen de la Merced, en su cualidad de inspiración, dota de significado un actuar particular, el de la redención, la ayuda y entrega completa por la causa del Evangelio, más precisamente por el cuidado y resguardo de la fe. Así pues, esta advocación de la Virgen María es el referente primero del actuar del cristiano, el cual, bajo los mandatos del amor, la misericordia y el perdón, llegan hasta el extremo de dar la vida por los hermanos. En una palabra, María en su advocación de la Merced (o de la misericordia) debe ser considerada como Madre, Fundadora, Maestra, modelo, fuente de misericordia, mujer libre y liberadora, madre de los cautivos y mujer al pie de la Cruz de los crucificados del mundo. Y esto, se ve plasmado de forma clara y concisa en el cuarto voto de la orden de la Merced: estar alegremente dispuestos a dar la vida, si es necesario, por un cautivo a punto de perder la fe.
Dicha advocación de la Virgen guarda una tremenda relación con la imagen de Cristo redentor, ya que, siguiendo las pautas y características de su ejemplo, evoca en nosotros una extrema, pero justificada forma de actuar bajo el mensaje, espíritu y carisma del Evangelio. El Cristo redentor, caracterizado por dar la vida en función de la salvación de todos, es el eje fundamental del que su Madre toma inspiración y lleva a plenitud en su persona, con notas claras de radical solidaridad, familiaridad y descentramiento de uno mismo.
Nuestra Señora de las Mercedes es patrona de diversas entidades, tanto federales como estatales a lo largo de Europa y América latina, pero también lo es, particularmente, de las cárceles e instituciones penitenciarias, esto es favorablemente circunstancial en ocasión de la Palabra de Dios que hemos venido escuchando estos últimos tres domingos (XXIII, XXIV y XXV del tiempo ordinario del ciclo A) por su consecución lógica, ya que, se ha hecho el imperante llamado hacia el perdón, el espíritu de acogida y la necesidad de compartir con los demás sin límite desde el amor. Ciertamente, el patronazgo de la Virgen de la Merced en aquellos que están en esas instancias de cárcel y cautividad resuene como locura en nuestro ser, sin embargo, ya en Isaías se nos dice que: los pensamientos del Señor “no son los pensamientos de ustedes, sus caminos no son mis caminos […] porque así como aventajan los cielos a la tierra, así aventajan mis caminos a los de ustedes y mis pensamientos a sus pensamientos” (Is 55,6-9) con lo cual, podemos decir que, si Dios mismo no hace una diferencia tajante o limita el goce de la misericordia ¿Por qué nosotros si lo hacemos, rechazando a todos aquellas personas, tildándolas de condenadas para siempre? Esta palabra de Dios y el ejemplo de la Virgen de la Merced deben ser muestra y ejemplo de que todos estamos llamados a la salvación, de que todos podemos gozar de las gracias de Dios, por ende, debemos de trabajar en favor de la unidad, la fraternidad, en una sola palabra, de la redención de todos.
¡Virgen de la Merced, Ruega por nosotros!
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