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La Respuesta a la gratuita llamada de Dios
Pascal Bimenyimana sx

La Respuesta a la gratuita llamada de Dios: La conversión para una sinodalidad renovada

La Iglesia en tiempo actual es una Iglesia sinodal o está configurando esta imagen de sinodalidad en todos los ámbitos de la vida. La Iglesia es dónde prima la comunidad y la fraternidad, la sinergia para poder llevar a cabo la misión que el Señor ha confiado a cada uno dentro de la misma comunidad. Se ve que el mundo va cambiando rápido, y este cambio implica unos compromisos de la parte de cada bautizado, para que el reino de Dios llegue a su plenitud a través del anuncio de la Buena Noticia. Sin embargo, es imposible el compromiso y la firmeza en esta labor, en el campo del Señor, si realmente no hay una fe firma y sólida, que emane de la conversión personal. Un cambio significativo en el estilo de trabajar dentro de la comunidad eclesial, en dónde el “nosotros eclesial” va tomando visiblemente primacía al individualismo del “yo”.

En la sinodalidad la comunión se hace concreta, se encarna en la historia real, tiene en cuenta la pluralidad, la variedad, la diversidad de los protagonistas; cada uno con su subjetividad y su sensibilidad. En la conmemoración del 50° aniversario de la institución del Sínodo de los Obispos en 2015, el Papa Francisco dijo: “El mundo en el que vivimos, y que estamos llamados a amar y servir también en sus contradicciones, exige de la Iglesia el fortalecimiento de las sinergias en todos los ámbitos de su misión. Precisamente el camino de la sinodalidad es el camino que Dios espera de la Iglesia del tercer milenio”. Una de las muchas renovaciones que se están dando en la estructura jerárquica de la Iglesia es el aggiornamento de la ministerialidad. Un este servicio de la Iglesia al mundo actual, que pasa por un testimonio de servicio y cuidado de los otros, primero dentro de la Iglesia y después extendiéndose a la sociedad como una manera singular y propia de este tiempo de hacer crecer el Reino de Dios.[1]

Según el Papa Francisco, la Iglesia no es otra cosa que el “caminar juntos” de la grey de Dios por los senderos de la historia que sale al encuentro de Cristo el Señor. “La sinodalidad no se puede identificar con (ni se puede reducir a) la participación de los laicos, pero no es menos cierto que sin el protagonismo y la madurez de todos los bautizados (el pueblo es sujeto) la sinodalidad carecería de contenido y de consistencia”[2]. En este sentido, es necesario reducir los espacios de discrecionalidad en distintos ámbitos de la Iglesia; pero también hay que recoger la sensibilidad actual sobre la libertad y la justicia, para que los cristianos vivan de modo armónico su condición de bautizados y de ciudadanos.[3]

Según Eloy de la Fuente, la eclesiología de comunión es el caldo de cultivo en el que brotará y se desarrollará la idea y la práctica de la sinodalidad. Ahora bien, la comunión estaba expuesta a interpretaciones diversas, algunas de las cuales se mueven en direcciones opuestas. Para algunos, resulta seductor entender la comunión como uniformidad y, por ello, como exigencia de que los bautizados se sitúen todos unidos siguiendo los pasos y las indicaciones de los pastores. Para otros resulta tentador orientar la comunión en el sentido de la democracia: la comunión reclama la participación de todos para determinar cuál es la opinión mayoritaria y actuar en consecuencia. En la sinodalidad la comunión se hace concreta, se encarna en la historia real, tiene en cuenta la pluralidad, la variedad, la diversidad de los protagonistas, cada uno con su subjetividad y su sensibilidad; hay diferencias, contraposiciones, incluso conflictos y confrontaciones.

La sinodalidad renovada es formación de la Iglesia centrada en la misericordia y el servicio al necesitado. Una reducción de distancia histórica entre jerarquía que decide, habla y enseña y los laicos que oyen, obedecen y aprenden. La conversión personal implica la participación activa, en dónde todos enseñan y todos aprenden, en dónde la jerarquía está al servicio del pueblo de Dios. La Comisión Teológica Internacional, en su obra (de referencia necesaria) sobre La sinodalidad en la vida y la misión de la Iglesia, publicado en 2018, en una sección dedicada a La conversión para una sinodalidad renovada, leemos: “La renovación sinodal de la Iglesia pasa indudablemente a través de la revitalización de las estructuras sinodales, pero ante todo se expresa en la respuesta a la gratuita llamada de Dios a vivir como su Pueblo que camina en la historia hacia la consumación del Reino”.

¿A qué nos invita la conversión en la Iglesia sinodal? No podremos hablar de sinodalidad si no estamos ejerciendo estos gestos de amor y de misericordia. Es importante dejarse interpelar por la realidad y discernir, dejarse guiar por el espíritu comunitario para poder enfrentar a la actual indiferencia e individualismo en mundo. Hay que desarrollar unas actitudes, características espirituales que en realidad ayude a cada cristiano a construir comunidad con los demás: la escucha, el diáogo, la empatía, el compartir, la libertad interior y la libertad de expresión. El camino de humildad, la búsqueda de la verdad, la fe y la confianza en Dios nos podría ayudar dentro de la Iglesia a alcanzar una sinodalidad renovada. Por el último, tenemos que confiar en el Espíritu que actúa en cada uno de nosotros, dando experiencia particular y en la comunidad.


[1] Cf. Silvia Martínez Cano, “Las mujeres en una ministeriedad sinodal. Una aproximación feminista”, en SINITE. Revista de Pedagogía Religiosa, 190 (2022), p. 236

[2] Eloy Bueno de la Fuente, “Sinodalidad y Derecho Canónico”, en Salmanticensis, 68 (2021), p. 302

[3] Cf. Eloy Bueno de la Fuente, p. 304

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