Breve escrito recopilatoria de la exhortación apostólica del Papa Francisco GAUDETE ET EXSULTATE
Hablar sobre santidad trae no pocas veces un sesgo cargado de dificultad, heroicidad, laboriosidad e inclusive sufrimiento sobre dichas personas. Es bien sabido que los santos elevados a los altares se les tiene en una distinción no menor sobre su ejemplaridad de vida, sin embargo, el papa Francisco con esta exhortación apostólica nos invita a no considerar la santidad como una instancia lejana, como una meta inalcanzable, sino, en una vivencia cotidiana, a la cual, estamos llamado a ir creciendo con pequeños gestos (GE16).
Mediante los ciento setenta y siete breves números, divididos en cinco capítulos de la exhortación, Francisco nos muestra y remarca las vicisitudes, las consideraciones y hasta el protocolo sobre la santidad. La intención central gira en torno al llamado a la santidad, externado a todos y cada uno de los hijos de Dios; el pueblo de Dios recibe la invitación a dejar a un lado las preocupaciones banales y atender al llamado por antonomasia del cristiano: la santidad, el padre y el prójimo.
Los santos “de la puerta al lado” (GE7) es la denominación que el papa nos otorga como funcionarios de Cristo en la actualidad, en medio de nuestras particulares situaciones o contextos, ya que “lo que interesa es que cada creyente discierna su propio camino y saque a la luz lo mejor de sí, aquello tan personal que Dios ha puesto en él” (cfr. 1 Cor 12,7) realizando en lo cotidiano, las acciones ordinarias, de manera ordinaria.
Tenemos así que la santidad debe representar no solo un vivir día tras día ensimismados, sino que, teniendo a Cristo resucitado como modelo y motor, nuestro existir se consuma en intentar ser copias fieles de Él, particularmente en la búsqueda “sobre todo del reino de Dios y su justicia” (Mt 6,33) brindando de sentido nuestro vivir, dejando a un lado las distracciones en entretenimientos efímeros, de los cuales, esta infestada nuestra actualidad.
Dicho Espíritu de santidad, nos menciona el capítulo segundo, esta particularmente enemistado con dos “falsificaciones de santidad” que nos alejan del plan divino: el gnosticismo y el pelagianismo, herejías de los primeros siglos cristianos, pero con tremenda actualidad. la primera que “quiere domesticar el misterio, tanto el de Dios y su gracia, como el de la vida de los demás” (GE40) centrándose en un conocimiento y datos que se vayan acumulando, incapaz de tocar la carne sufriente de Cristo en los otros; y la segundo, en la que “solo confían en sus propias fuerzas y se sienten superiores a otros por cumplir determinadas normas” (GE49) son en la actualidad, las principales barreras para dejarnos iluminar por la gracia divina y encaminarnos en la vereda de la santidad. No obstante, frente a esas trabas, el sumo pontífice, nos remarca la primacía de las virtudes, esencialmente la caridad, ya que, con ella, se nos abre un basto margen de acción, englobado particularmente en las figuras del Padre y del hermano, de las cuales, se desprenden los dos mandamientos fundamentales para el cristiano, y fungen como primordial destinatario.

Además, del número sesenta y seis al noventa y cuatro, se da a la tarea de aludir a las distintas bienaventuranzas del evangelio de Mateo (Mt 5,3-12) de las cuales, es necesario remarcar ciertos aspectos, tales como: la apertura indiferente hacia el prójimo; una actitud amorosa, justa, servicial, pacífica y comprensiva; un perdón sin medida, constante; y fundamentalmente, la permanente alusión a la cruz, ya que, encontramos en ella el sentido primigenio de nuestra fe: la compañía del Padre en nuestras aflicciones, socorriendo al otro en su dolor, es decir, tomando de ejemplo al crucificado, quien a pesar de su sufrimiento, nos muestra que el Padre acompaña incluso en el sufrimiento.
Ahora bien, para afianzar esto último, el sucesor de Pedro nos remarca el protocolo que Mateo nos presenta a tres capítulos del final de su evangelio: “porque tuve hambre y me diste de comer, tuve ser”… (Mt 25,35-36) de ello, debemos remarcar lo siguiente: Dios no se contenta con una exuberante inmersión en oraciones y llamativas formas de alusión a Él, si ello no trae consigo la misericordia y la compasión mostrada en obras, ya que esa entrega, siendo cotidiana, mediante gestos al grado de las posibilidades de cada uno, es la muestra más clara del espíritu del reino de Dios que se puede ofrecer como testimonio.
Así, pues, retomamos junto con esta exhortación del vicario de Cristo, las manifestaciones del amor hacia Dios y al prójimo que deben mantener influjo considerable en nuestro actuar. En primera instancia tenemos el aguante, la paciencia y la mansedumbre, notas visualizadas plenamente hacia el domino de la propia persona, que por medio de la gracia, afianzan a la persona en la firmeza interior; la alegría y el sentido del humor, herramientas para dotar de espíritu positivo y de esperanza a los que nos rodean; la audacia y el fervor, muestra clara de que la santidad debe estar impulsada y avivada día tras día, transformándose en un fervor apostólico que se reconozca y transmita; la comunidad, sin duda el espacio teológico primordial, sea en la familia, en el trabajo, en la comunidad religiosa, etc. los miembros forjan la unidad con base en los pequeños detalles; y la oración constante, ya que siempre es necesario mantener estrecha relación y comunicación con Dios, fuente de nuestras fuerzas.

En suma, podemos concluir con el pontífice, exhortando a no tener “miedo de apuntar más alto, de dejarte amar y liberar por Dios. A no tener miedo de dejarse guiar por el Espíritu Santo” (GE34) adoptando una postura siempre atenta, ya que el adversario, como león rugiente, ronda buscando a quien devorar (1 Pe 5,8) primando sobre todo el amor, tanto al padre como a los hermanos, mostrado en obras, caminando juntos como familia en este proceso de santificación llamado vida, y teniendo en cuenta de que “hay más alegría en dar que en recibir” (Act 20,35).
David Figueroa, sx




