Jesús está completamente decidido a cumplir la voluntad del Padre, toma la firme determinación de ir a Jerusalén, aunque eso le cueste la vida (Lc 9, 51). Sus discípulos actúan movidos por sus emociones, pero Él actúa según el Espíritu de Dios, continuando con la misión a la que ha sido enviado (Lc 9, 54-56).
En este camino hacia el cumplimiento de la misión del Padre, el evangelio según San Lucas nos muestra algunos momentos que expresan las dificultades del seguimiento de Jesús. En primer lugar la vida itinerante, pues aunque las zorras tengan madrigueras y los pájaros sus nidos, el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza (Lc 9, 58).
En segundo lugar el inicio de una vida nueva, pues llama muertos a los que no anuncian el Reino de Dios (Lc 9, 60), a los que se preocupan por las cosas del mundo. Y finalmente el desapego a la familia, pues el que ha decidido seguirlo y se arrepiente, no sirve para el Reino de Dios (Lc 9, 62), el que mira hacia atrás no está avanzando y puede llegar a caer.
Es fácil ponerse a disposición respondiendo al llamado de “sígueme”, sin embargo, no es suficiente con decir “si Señor, te seguiré donde quiera que vayas” porque Jesús no promete que seremos felices y todo será color de rosa, al contrario, el seguidor de Jesús recibe rechazo y persecución.
La felicidad que ofrece Cristo no es aquella transitoria, sino una más profunda que no consiste tanto en sonreír siempre, sino en la plenitud que experimenta el alma que está convencida de que es amada por Dios. El seguidor de Cristo es aquel que ha encontrado a Jesús y tiene la fuerza en la certeza de que Dios lo ama y camina junto a él.
El seguidor de Jesús, es aquel que toma la firme determinación de seguir sus huellas, aún en los momentos en que experimenta soledad y dolor, porque sabe que todo eso toma sentido en Aquel que entregó todo por amor.