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P. Rafael Aguilar Flores sx

Amable huésped del alma

¡Es Pentecostés!, una fiesta misionera por excelencia, el nacimiento de la Iglesia, la continuación de la obra de Dios. Han pasado cincuenta días desde la resurrección de Jesús y no podemos quedarnos contemplando la gloria de Dios, estamos llamados a compartirla.

En esta tarea evangelizadora no estamos solos, Jesús nos dona su Espíritu, el padre de los pobres, luz que penetra en las almas, fuente de todo consuelo, amable huésped del alma, paz en las horas de duelo, luz santificadora, renovador de los corazones…

Es nuestra guía que fortalece, inspira, ilumina y da sentido a la misión, es el soplo de Dios que vivifica nuestras obras y se hace presente en la comunidad, cuando nos congregamos (cf. Hech 2, 1) y pedimos su venida para que renueve la faz de la tierra (cf. Sal 104, 30).

Cuando hacemos la oración del Espíritu Santo, estamos entregando nuestro ser a Dios para que entre, para que sea nuestro huésped. Recuerdo con mucho cariño a mi difunto párroco René Palomares que en sus homilías siempre nos aconsejaba: “no ahuyentéis con el pecado a un huésped de tanta dignidad”. Me la aprendí porque él la repetía siempre, pero como era niño, pues no significaba mucho para mí. Ahora que soy adulto comprendo la sabiduría de esas palabras.

Por ello en esta ocasión, he tomado esta frase “amable huésped del alma” como título de esta breve reflexión. Invitando a los lectores a que preparen su corazón para que este amable huésped de tanta dignidad sea recibido con la mejor de las fiestas y alegrías de nuestra vida.

Olvidemos los rencores, amemos de corazón, y seamos como Dios que cuando sopla su aliento crea y construye un mundo mejor y más humano, un lugar donde renazca su Espíritu, ese que inspiró a las primeras comunidades y es la fuente perenne de la Iglesia del Señor.

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